Prim­er final

Aquella noche no salió la Luna. Al principio la gente pensó que la tapaba alguna nube. Pero el cielo estaba sereno, la noche estrellada. Y la Luna, por decirlo con una expresión manida, solamente brillaba por su ausencia.

Los astrónomos fueron los que la encontraron, tras minuciosa búsqueda, pequeñísima a causa de la distancia, en la zona de la constelación de Escorpio.

—¡Mira dónde ha ido a colocarse! ¿Cómo lo habrá hecho?

En ese momento se oyó la voz del doctor Terríbilis en todos los aparatos de radio de la Tierra.

—¡Atención, atención! Habla Terríbilis. Terríbilis llama a la Tierra. Como les será fácil constatar, me he apoderado de la Luna. Si quieren recuperarla tendrán que pagar su peso en oro. Los astrónomos saben su peso hasta el último gramo. Esperaré una respuesta veinticuatro horas. Si no aceptan mis condiciones haré explotar la Luna y no volverán a verla. ¿Han comprendido bien? ¡Nunca más! Atención, atención. Habla Terríbilis...

Y para estar seguro de que le habían comprendido, el diabólico cientifico repitió su mensaje dos veces más. Pues para aquel hombre ingeniosísimo interferir simultáneamente los programas radiofónicos de todo el globo terráqueo era como una broma.

Para su desgracia, en la Tierra nadie se preocupó gran cosa por la desaparición de la Luna. En realidad los Estados Unidos, la Unión Soviética, Italia, Francia, China, el Japón y otras muchas potencias comenzaron inmediatamente a enviar al espacio una gran cantidad de lunas artificiales, cada una más luminosa que la otra. Incluso había demasiada luz y la gente protestaba porque no podía dormir.

El doctor Terríbilis tuvo que quedarse con la vieja Luna y comerse las uñas de rabia.

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