Prime­r final

El perro corría. Llegó a un prado, en el que pacía tranquilamente una vaquita.

—¿Adónde corres?

—No sé.

—Entonces párate. Aquí hay una hierba estupenda.

—No es la hierba lo que me puede curar...

—¿Estás enfermo?

—Ya lo creo. No sé ladrar.

—¡Pero si es la cosa más fácil del mundo! Escúchame: muuu... muuu... muuuu... ¿No suena bien?

—No está mal. Pero no estoy seguro de que sea lo adecuado. Tú eres una vaca...

—Claro que soy una vaca.

—Yo no, yo soy un perro.

—Claro que eres un perro. ¿Y qué? No hay nada que impida que hables mi idioma.

—¡Qué idea! ¡Qué idea!

—¿Cuál?

—La que se me está ocurriendo en este momento. Aprenderé la forma de hablar de todos los animales y haré que me contraten en un circo ecuestre. Tendré un exitazo, me haré rico y me casaré con la hija del rey. Del rey de los perros, se comprende.

Bravo, qué buena idea. Entonces al trabajo. Escucha bien: muuu... muuu... muuu...

Muuu... —hizo el perro.

Era un perro que no sabía ladrar, pero tenía un gran don para las lenguas.

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