Él era Carlos Alberto

 

             Aquella mañana.

             Era una mañana soleada típica del mes de noviembre. El cielo parecía caer sobre el suelo, además de querer tomar algún tipo de bebida isotónica. Soplaba una tramontana suave, casi inapreciable sino fuera por el tintineo de los monederos abiertos. Cualquiera diría que el tiempo andaba tramando algo, pues no parecía que se decidiese a actuar en una dirección u otra. En la ciudad, en las puertas del parque, había un cartel anunciando un zumo de melón que rejuvenecía a personas de todas las edades, incluso a las más jóvenes. Cerca de allí, un hombre vestido con un traje de color fuxia chillón repartía octavillas de color amarillo fosforescente que denunciaban la crueldad que la sociedad cometía al no considerar a la mosca efenthoa muscaria como un artrópodo reumático de la familia de las muscarias espoloides (contrariamente a lo que la biología oficialista considera).

             En realidad, Carlos Alberto no tenía ni idea de la cantidad ingente de información que contenía aquel panfleto que tenía en las manos. No obstante, algo le dijo que en un futuro más o menos inmediato aquello sería de vital importancia, así que se lo guardó en el bolsillo de la cazadora. No fue un gesto decidido, tampoco una acción temerosa, fue más bien el deseo de llegar a poder creer, volver a creer en algo. Y es que había llovido mucho desde entonces, los paquetes de cereales ya no venían con regalos estúpidos, y las salas de espera vacías de los hospitales públicos eran sólo un vago recuerdo.

             Retrocedió sobre sus pasos hasta la oficina de correos, donde preguntó de nuevo por la colección de discos que debería haber recibido hacía ya un par de semanas. No le interesaban los discos, tampoco los calamares en salsa americana, sino el hecho de tener que insistir tanto por un servicio que no funcionaba como debería. Era algo personal, un problema de orgullos suavemente contrapuestos, por un lado el suyo y por otro el del  empleado de correos, que insistía en peinarse con ralla al medio. Con eso Carlos Alberto no podía, pues era sin duda alguna un hipocondríaco de la simetría. Todo, absolutamente todo, era sospechoso de no guardar simetría, y la ralla del empleado de correos no escapaba a esta norma. Preguntó. Pero la música estaba demasiado alta como para poder entenderse. Al fin, el locutor de radio divulgó el número premiado en la lotería, y Carlos Alberto pudo dirigirse al empleado. La colección de discos no había llegado todavía. Carlos Alberto se alegró, eso significaba que tendría que volver al día siguiente. De forma casi inmediata, le comentó al empleado su conocimiento de que habían abierto una peluquería nueva, en la calle que hacía chaflán con la calle en la que estaba situada la oficina de correos. Además, añadió que probablemente harían descuentos a los trabajadores del barrio, pues su política era conseguir que la gente fuera a cortarse el pelo en el descanso del trabajo. De esta manera, la gente tendría más tiempo libre, y más dinero, y aquí es donde radicaba el negocio, pues en realidad se trataba de una asesoría fiscal encubierta. El empleado de correos contestó que le parecía interesante, casi tanto como las conversaciones entre su vecina del cuarto y la portera, pero que él acudía a la misma peluquería el primer lunes de cada mes desde hacía veintitrés años. A Carlos Alberto le resbaló una gota de sudor por la frente, fue como un manantial incontrolado revelando el poder desbordado de la naturaleza frente a cualquier cosa. Después de tanto tiempo estaba a punto de conocer cuál era la peluquería donde podían cortar el pelo de una manera tan ignomiosa. Le vinieron a la mente cien maneras distintas de hacer la pregunta definitiva, de rematar la faena, de poder pasar al siguiente nivel. No quería revelar sus verdaderas intenciones, ni tampoco su predilección por los discos de Los Chichos, no podía saber nadie su interés por aquella peluquería, pero tenía que preguntarlo ahora o nunca, era el momento. Así que se dio ánimos a sí mismo y dijo:

             - La verdad es que me figuro propiamente su actitud por acudir indistintamente a la misma peluquería de forma periódica, aunque sin ánimo de introducirme en campos que no pertenecen a mi incumbencia podría asegurar que tal vez la coyuntura del momento deja campo abierto a más de una interpretación sutil sobre el origen de esa costumbre, que sin menospreciar, ni mucho menos llevar a los altares, puede que se trate de un simple hábito de comodidad dudosa y gusto ninguno, sin por ello dejar de retomar el hilo de la pregunta que se me ha venido a la mente en el transcurso de la amigable charla que manteníamos acerca de los horribles peinados con la ralla en medio que ejecutan de forma tan sublime en la peluquería a la que usted con todo el derecho del mundo suele acudir para mancillar su honor con ofensas de un calibre nunca visto por estos lares, y que por tanto, me animan a proseguir con la realización de mi pregunta, que no es otra que el nombre y dirección de la peluquería a la que acude usted, sin que crea por esto que estoy ni tan solo ligeramente interesado por las magulladuras que las consecuencias de esta pregunta pudieran tener en el indescriptible mundo interior de mi gato.

             Claro, el empleado de correos había perdido un poco el hilo del asunto, así como la reina de tréboles de la baraja que solía tener entre los pies, como ejercicio de relajación. Pero no quería arriesgarse a que el cliente tuviera que repetir de nuevo la pregunta. Así que decidió suponer que se trataba de un comentario acerca de su corbata nueva, y en consecuencia, contestó:

             - Vaya, usted también. Pues, muchas gracias.

             El mundo se congeló para Carlos Alberto, no sólo se había dado cuenta de que él lo sabía, sino que además le amenazaba con la intervención de una o varias terceras personas. No sabía que hacer. Sentía como si todo estuviera parado, la gente no se movía, había dejado de hablar, la luz del día se había atenuado ligeramente de forma que la visión de aquella oficina de correos se hacía extremadamente extraña para un hombre que acudía a diario. La música que se podía escuchar por el transistor del encargado de los paquetes urgentes, que había cambiado por completo, ahora era rubio, alto, y parecía tener problemas para partir aquél pescado en dieciocho partes iguales. La música parecía una marcha fúnebre, quizás el réquiem de Brahms o el Sabor Mediterráneo de don Vicente Ramírez, pero se oía tan bajo que Carlos Alberto no se atrevió a asegurarlo. En todo caso, se dio cuenta de que el empleado de correos movía los labios. Sí, debía estar diciéndole algo, pero no podía oírle. Quizás apartando los auriculares del walkman de sus oídos conseguiría entender algo. Trató en vano de prestar más atención, pero las gotas de sudor le resbalaban a borbotes por la frente, y una fina capa de agua le pasaba por los ojos, sus cejas se veían desbordadas, no podían cumplir su misión, y prácticamente no veía nada salvo imágenes borrosas. Estaba al otro lado de la cascada, y no sabía como salir. Sólo había una salida, saltar atravesando la película de agua, pero era arriesgado, pues no sabía a que altura estaba ni qué encontraría allá abajo. De todas maneras, no había otra salida, dio unos pasos hacia atrás, tomó impulso, y se lanzó al vacío.

             Nunca volví a saber de Carlos Alberto. Quizás esté muerto. Quizás esté vivo. Quizás sea asesor fiscal. Pero Carlos Alberto me aseguró que dentro de su nevera había unos duendes que se dedican única y exclusivamente a encender y apagar la luz interior. Si, ya sé que eso ya lo sabíamos todos. Pero Carlos Alberto habla con ellos y les ha puesto nombre a todos y cada uno de ellas. Esto sin duda alguna se llama progreso, pues ha creado las definiciones y luego ha inventado como utilizarlas. Sócrates, Aristóteles, y Platón, podrían figurar como simples presentadores de concursos de sobremesa si en la enciclopedia natural de la vida los comparásemos con Carlos Alberto. Aunque esto ya lo sabía su abuela.
 


Darrera Actualització 15 de Gener de 2001.

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