Allá por Noviembre, llegó a mi bakala, dichoso bakala, un mensaje de una personita muy peculiar. No recuerdo su nick, no me hace falta. Pero si recuerdo sus fotos y el momento en el que hablé por primera vez con él. Un domingo era, bien entrada la tarde, cuando empezó nuestra historia. Me cayó bien, por eso, fui un flipado. Si no lo hubiera sido, es que no me interesaba. No sé cuánto duró la conversación, no me importa. Le dije, que tenía a diez más como él esperando a que les abriera la puerta. Qué equivocado estaba. Ahí empezaron las mentiras, pues él era especial.
Él se resistía a dejar de hablarme, pasaban las semanas, y lo intentaba. Yo, incrédulo de mí, a veces ni le contestaba. Qué bobo, pienso ahora. Poco a poco, iba sintiendo algo en él, que lo hacía diferenciarse de aquellos diez tontos. Él era distinto. Sentía algo en él, que hacía echarme para atrás, cada vez que insinuaba querer verme, querer conocerme. El miedo invadía mi persona, pues yo era un jovenzuelo sin apenas experiencia, dentro de un mundo de locos. Hablábamos de muchas cosas, mientras nos lanzábamos palabras bonitas. Él siempre me estaba cantando. Canciones a las que no les di importancia, y que ahora me hacen llorar. Un día desapareció, o yo desaparecí. Cada uno encontró su camino. Camino erróneo.
Pasaron tres meses. Era el tercer día después de que la soledad se apodera de mi otra vez. Un 22 de marzo. Maldigo ese día. Le saludé yo, era lo justo. Me había comportado como un capullo hasta el momento. Volví a sentir esa cosa rara. La disfracé de añoranza, pues echaba de menos hablar con él.
Poco a poco fuimos cogiendo la marcha, que meses antes habíamos dejado. Él volvía a conectarse a menudo, yo repetía. Una noche llegamos a hablar hasta las cuatro de la mañana. Yo ya había aprendido muchas cosas, ya sabía cómo moverme en esta selva de fieras. Hoy me he dado cuenta de que aún no estaba preparado, que aún me queda mucho por aprender, que aún te puedes hacer mucho daño.
Al día siguiente, seguimos hablando, toda la mañana, desde que los rayos de sol entraran a mi dormitorio, hasta que por fin, en un ataque de valentía, decido verle, presentarme formalmente ante su rostro, ante su presencia. Le habría visto la noche de antes. Pero yo no podía, mi madre sospecharía de que saliera tan tarde de casa. Habíamos hablado tanto antes de vernos, que las palabras eran mudas. Se esfumaban por el balcón de su casa. Aún así, el tiempo se me pasó volando, no quería que acabara.
Nos cogimos cariño. Nos conocimos. Y todo empezó a ir sobre ruedas. La ilusión se apoderaba de nuestros sentidos. Se perdían entre nuestros labios, nuestras miradas. Nunca olvidaré aquella noche en el parking escondido. Noche apagada que nosotros solos iluminábamos. Aquel momento en el que mis yemas rozaron su mejilla, sonriendo por dentro como nunca lo había hecho. En ese momento me di cuenta de que quería seguir viéndole. De que estaba a gusto con él. Que había encontrado lo que quería, lo que deseaba. Él, que no es tonto, se percató, y esbozó una sonrisa. Supe que estaba feliz conmigo. Y nos fundimos en un abrazo. Yo que me hacía el duro, que me reía de él porque no tenía ningún pudor a expresar lo que sentía. Con él aprendí hacerlo. Me di cuenta de que no es cuestión de tener vergüenza, ni de tener el muro más alto jamás construido fortificando un corazón. No. No era esa la cuestión. Era algo mucho más simple, sentir. Si lo sientes, no tienes necesidad de decirlo. ¿Sabes por qué? Porque sale solo. Se te escapa de la boca sin darte cuenta. Y cuando oyes tus propias palabras, uy… entonces, cariño, no hay marcha atrás.
A partir de ese momento, todo funcionó muy deprisa. Empezábamos a vernos cada dos días, y si podíamos más, lo hacíamos. Se nos veía tan ilusionados, tan emocionados, que no nos estábamos dando cuenta de que teníamos una montaña delante, dónde nos íbamos a estrellar. No se puede explicar, lo bonito que puede llegar a ser el inicio de una relación. Todos hemos pasado por ello alguna vez en nuestra vida, y todos las recordamos.
De él recuerdo muchas cosas. Recuerdo las primeras conversaciones y los primeros abrazos. Recuerdo sus canciones y su voz. Cuando yo le cantaba, y me decía que me callara. Recuerdo vivir con él aventuras emocionantes, en épocas donde caballeros y doncellas llenaban líneas de mil libros. Cuando me cogía de la cintura por la calle, y no me soltaba. Recuerdo verle cenar en parques escondidos. Esos viajes largos, que pasaban en segundos, a tiendas donde encontrabas de todo. Recuerdo besarnos delante de cajeras vestidas de verde esperanza. Posturas inflexibles, que conseguía con dos movimientos y medio. Cómo olvidarme de Soraya, siempre me recordará a él. O de la moni, y la primera canción que me pasó de ella, un día antes de conocernos, Kambalaya. Echo de menos que me llamara once veces la misma noche, lo echo muchísimo de menos. Cómo olvidarme de su juguete más preciado si ni siquiera puedo olvidarme de sus susurros. Recuerdo estar con él en el cielo, buscando santas que nos vieran. Recuerdo tocar el paraíso en su cama y ver en sus ojos felicidad. Recuerdo como me hacía rabiar y como me encantaba picarle. No puedo olvidar cuando bailaba delante mía. Ni tan siquiera cuando me decía gracias por ir a verle. No olvidaré esa noche, en la que más me mostró, que se moría por verme, aunque fuera con sus amigos. Recuerdo su pequeña mascota. Y a las ardillas escalar infinitos árboles. Recuerdo ver el tiempo paralizado, mientras mis labios rozaban los suyos. No olvido la primera vez que le dije te quiero. Ni la primera vez que se lo susurré al oído. No puedo olvidar su sonrisa, esa sonrisa. Más bella que cualquier canción escrita por el género humano. No puedo olvidar todos los momentos que pasamos juntos, mirándonos como tontos sin saber las horas que eran.
Pero entonces llegó un día, el cual desconozco, en el que él dejó de quererme como me quería. En el que sus besos no sabían igual, ni sus caricias me tranquilizaban. Odio ese maldito día. Desde ese momento, todo empezó a ir mal. Y el mundo se nos venía encima. Él supo darse cuenta, y salió corriendo para que no le pillara desprevenido. Pero a mí, nadie me avisó, nadie me cogió de la mano y me dijo, ven. Iluso a tal hecho por días, empecé a pensar que es lo que pasaba. Pensar. Esa es la palabra. Y ese es el problema. Somos humanos, y nos distinguimos por ello, por pensar. Buscando razones que justificarán sus actuaciones y me hicieran sentir que seguía vivo, solo conseguía apartarlo más de mí. Y más, y más, y más. Hasta que un día hablamos, y me hizo llorar. No por daño, si no porque se marchaba, lejos de aquí. Dónde no podría volver a verle caminar. Como tontos lloramos por horas, de lo que iba a ser un anticipo de una despedida que nunca llegará. Entonces, volví a pensar que me quería, que se moría por mí. Pero no. Abrí los ojos y vi la verdad. Detestable verdad. Me armé de valor y me alejé lo que más pude de él. Pero no conseguí alejarme ni un metro. Pues nada más empezar a caminar hacia otro lado, le echaba de menos, aún con el daño que había ocasionado. Me vendí al destino. Destino al que nunca he seguido. Volvimos a rehacer nuestra escena dramatúrgica. Pero no funcionaba. Demasiado teatro y demasiadas mentiras. Demasiados pensamientos escabrosos que no llevan a ninguna parte. Se alejaba de mí y él no sabía decírmelo. No sabía decírmelo, no porque no fuese valiente, sino porque no se había dado cuenta. Se alejaba de mí, y yo lo veía con mis propios ojos. Y me mataba por dentro. Todo ha ido de mal en peor y no sé qué hacer para evitarlo. No pretendo volver a sus brazos, es tarea imposible, ya no me echa de menos.
Días más tarde, tuve miedo, mucho miedo. Más que nunca desde que le conozco. Tuve miedo a no tenerlo nunca más, a no poder oír su voz, a no poder rozar su cuerpo con el mío, como tantas veces habíamos hecho. Tuve miedo a olvidarme de él, a que me fuera indiferente. Pero sobretodo tenía miedo una cosa, y era a ser capaz de odiarle. Me había daño. Me había enredado en sus contradicciones y me ha había hecho perder el juicio.
Poco a poco me alejé de él. Escribir esto me ayudó. Pues solo recuerdo las cosas bonitas. No quiero acordarme de más. Espero volver a empezar una nueva cruzada entre su alma y la mía. Y no hablo del amor. El amor te regala glorias, pero también puñaladas. Y hay que saber llevarlas, y yo no soy de esos.
Espero que algún día, seas capaz de aclarar tu cabeza, pues tú muy bien sabes, que también te han hecho sufrir. Sé de sobra que tus actos no llevaban consigo ninguna maldad alguna. Pero los hechos, hechos son. Y si por alguna razón has sido así, solo tú tienes la solución.
No tienes ni idea de la rabia que tengo dentro de mí. La culpabilidad se mete entre mis venas, por no haberte conocido antes, por no haberlo hecho allá por Noviembre. Ahí estabas decidido a abrir tu corazón, y lo abriste, pero por un camino. Un camino erróneo. Ahora no quieres abrirlo, pues sabes que no estás preparado para ello. Y haces bien.
Quizás si hubiera sabido de antemano, que tú eres así, una montaña rusa, me habría ahorrado muchas comeduras de cabeza, y muchos disgustos para ti. Pero eres la primera persona que conozco que se comporte así. Ahora lo sé. Sé que eres así de liante porque es tu forma de ser. No por otras razones.
Ahora ya sé que no hay marcha atrás. Y no me siento triste por ello. Si de verdad estamos hecho el uno para el otro, llegará el día en que nos volvamos a juntar. Y si no, no pasa nada. Espero tenerte cerca para que me cuentes tus batallitas.
Sé que tienes un grandísimo corazón. Que eres una bellísima
persona. Que sabrás afrontar los problemas solo, pues inteligencia
te sobra. Y espero, de verdad, que algún día, encuentres a alguien
como yo, que sepa apreciarlo. Pues lo mereces. Porque eres grande.
He aprendido mucho de ti y espero que tú de mí también. No te
dejes chafar nunca. Nunca. Y no quieras a nadie más de lo que
te quieres a ti. Pues incluso a mí me ha costado darme cuenta.
No cometas los errores del pasado, pues sabes que sigues
sin olvidarlos.
Gracias por todos esos momentos. Por los ratos juntos vividos y
las sonrisas infinitas que me regalabas. Por tus besos y tus caricias.
Por tus palabras bonitas. De verdad, Gracias.
Te recordaré por todos nuestros momentos juntos.
Para ti, Manuel.