Harold Pinter. Ashes to Ashes
Faber and Faber. 1996
Dramatis personae
Devlin: Un hombre de unos cuarenta y tantos años, del que no se ofrece ningún tipo de descripción ni física ni psicológica. Todo cuanto sabemos tanto de él como de ella es lo poco de su pasado y su presente sentimental que se nos desvela a lo largo de las breves desconcertantes páginas del libro. Habla con un esposo que se siente engañado, pero no dolido. A veces adopta la parte más lógica del diálogo, cuando se pregunta porque su mujer le está contando esas cosas sin sentido, y le pide más detalles. Pero otras veces discute nimiedades con ella, y parece no mostrar interés por la revelación que le está contando su mujer.
Rebecca: Mujer de unos cuarenta años también, de la que tampoco podemos saber mucho más que algunos detalles más o menos importantes de su vida y de su relación con Devlin. Parece que no está muy enamorada de Devlin por su reacción fría a sus acercamientos verbales y físicos. Parece que tiene miedo a hablar claro, o sencillamente no es capaz. Se va constantemente por las ramas, cuenta cosas sin sentido, la mayoría de lo que dice parece sacado de un sueño.
Trama
Devlin y Rebecca hablan en el salón de su hogar. Él de pie y bebiendo, ella sentada. Sostienen una difícil conversación, con la confesión de ella de que tuvo un amante. Se abre una brecha irreparable en un matrimonio escindido por un abismo en la comunicación. Poco a poco aparecen episodios que evocan la figura del amante en términos contradictorios, progresivamente inquietantes. El hombre planteaba una relación autoritaria salpicada de caprichos y arbitrariedades, sentimientos ambiguos cuando no francamente placenteros. Rebecca sonríe a los recuerdos de unas expresiones de afecto y deseo que el marido intenta, en vano, imitar. Pero su rostro adquiere trazos sombríos o emotivos ante otras evocaciones que surgen prendidas las unas de las otras. Miedos, sospechas, cosas reales e imaginarias se mezclan en una confesión más o menos dispersa y a ratos incluso balbuceante. Imágenes y recuerdos, relaciones autoritarias, afectos y desafectos, tenemos los datos suficientes para intuir la experiencia de Rebecca, que pasa por una intensa y dolorosa vivencia personal, incluso por vejaciones y campos de concentración. En cualquier caso, hay todo un pasado que estuvo largo tiempo oculto.
El texto desarrolla toda su acción, todo el diálogo, en un único espacio, cerrado y muy simple: en un salón, en la planta baja de una casa en el campo. A través de una gran ventana se divisa el jardín de la casa. En el salón hay dos sillones y dos lámparas.
Los aspectos temporales de la obra también se explican a partir de pocas directrices: nos situamos en la época presente a la representación de la obra, en verano, a primera hora de la noche. La luz que entra por la ventana se va haciendo más débil a medida que transcurre el tiempo. No hay saltos temporales de ningún tipo, sólo dos personas hablando durante un rato, sin interrupciones. El único dato que nos dice que pasa el tiempo es que el salón se oscurece a medida que transcurre la obra.
El lenguaje del texto no ofrece muchos misterios tampoco: una prosa coloquial y muy sencilla, pero no barriobajera. Dos personas (una pareja) de una cultura y una clase social media-baja hablan sin rodeos de todo lo que se les ocurre, utilizando palabras muy sencillas, sin rodeos, y con intervenciones cortas y con muchas pausas.
Opinión personal
La obra que Harold Pinter nos presenta es un diálogo estremecedor en cierto modo, un prodigio de silencios y palabras no dichas. Un texto que apela a un teatro contemporáneo, inteligente, sin aditivos ni conservantes. Con un economía de palabras apabullante, Pinter crea un juego de pareja que tiene algo de puzzle, en el que pide al lector un poco de colaboración inteligente. El autor utiliza magistralmente las réplicas y las contrarréplicas para crear un espacio de dudas de gran intensidad dramática y que el lector debe ir resolviendo a medida que avanza en la lectura. Las conjeturas asaltan nuestra atención y los paisajes de la memoria de Rebecca se pueblan de horrores velados que huelen a nazismo, a deportaciones, a genocidio... Un secuestro mucho más grave que una infidelidad en cualquier caso. Si bien Pinter admite que se puede interpretar bajo esta clave nazista, a la vez aclara que habla sobre nosotros, sobre como nuestro pasado afecta a nuestro presente. Con todo, se trata de un texto críptico, muy inaccesible si el lector no está dispuesto a centrarse un poco y a pensar, por lo que he de recomendar una segunda lectura del mismo, una vez comprendido el laberinto que se plantea, para no dejarse ninguna de las múltiples metáforas y referencias. Como suele ser habitual en Pinter, una gran obra más por lo que oculta, que por lo que dice.