Levante - dijous, trenta d'agost de 2007
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La Iglesia católica y los niños ALBERTO MONCADA - Sociólogo
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Los eclesiásticos parecen creer que si controlan la educación de los niños les harán caso cuando sean adultos. Es algo así como considerar que las personas somos robots programables, cuando todos sabemos que la vida y sus circunstancias nos van moldeando y que muchos hemos cambiado de opinión y de costumbres con el transcurso del tiempo. Pero el mundo eclesiástico español es conductista y está obsesionado con el sistema educativo. De ahí la actual ofensiva desatada por la Conferencia Episcopal que pretende, por una parte, seguir controlando la educación religiosa, es decir mantener el modelo de indoctrinación en la fe católica, y, por otra, se opone con todas sus fuerzas a que los maestros se encarguen de preparar a los niños para ser buenos ciudadanos.
La
educación para la ciudadanía, sin necesidad de
ser contestada por la Iglesia, tiene sus propias dificultades. La
escuela comparte con otras agencias, palabreja importada por los
sociólogos, la influencia sobre los menores. La familia, los
amigos, la calle y ahora los juegos audiovisuales compiten con los
maestros, a veces ferozmente, por las mentes y las voluntades de
niños y jóvenes en un contexto social peculiar.
Porque la urbe moderna es distinta de la de mi infancia. Ahora hay
menos cohesión social que entonces, más
soledades, más invitaciones a la experimentación
y, sobre todo, un clima capitalista que hace a los niños
precoces consumidores. La cultura mercantil vigente -«compra
aunque no tengas dinero»-, fomentada por la
televisión, entrena a nuestros menores a aceptar ser las
víctimas de un sistema de vida con trabajo precario,
salarios cortos, hipotecas caras, transporte público
deficiente, participación política escasa... a
cambio de tener acceso a mil quisicosas y entretenimientos. Mi
madre, que fue niña en la Segunda República,
tenía una asignatura, urbanidad e higiene, que bien
podría ser la base de esta nueva educación para
la ciudadanía. Porque nuestros niños ejercen las
libertades democráticas con mucha mayor
perversión que los adultos y descuidan sus cuerpos en
demasía. En
las casas debiera haber algo así como un manual del uso del
cuerpo, como suele haber uno para el uso de la lavadora. No se entiende
que los niños tengan tan malos hábitos
alimenticios ni que empiecen tan pronto a beber, a fumar y a consumir
drogas sin que las personas que les rodean no les corrijan. Ni que haya
tantos embarazos no deseados por ignorancia o falta de
prevención. La urbanidad también es una
asignatura urgente porque con la energía los nuevos cuerpos
infantiles se convierten en una amenaza pública. Este
verano, un niño persiguiendo una pelota la
impulsó contra mí mientras yo leía
tranquilamente junto al mar. Yo le reconvine pero enseguida
surgió un abuelo que me recriminó
quién era yo para chillarle a su nieto. Le dije que estaba
haciendo lo que él debería hacer y, entre otras
cosas, obligarle a disculparse, pero se marchó muy enfadado
aunque feliz de haber protegido las libertades de su nieto. No estaría nada mal que nuestros estudiantes terminaran el bachillerato entendiendo lo que es la democracia, sus libertades y responsabilidades. No hace falta que se aprendan la Constitución de memoria como yo fui inducido a aprender el catecismo, y estoy seguro de que los maestros encontrarán la manera de hacerlo si todos les apoyamos. El sistema educativo europeo lleva bastante tiempo conteniendo iguales o parecidas pedagogías para socializar a los menores y espero que España se incorpore a ello sin demasiadas dificultades y sin la oposición frontal de las fuerzas vivas católicas. Es curioso que la Iglesia, que se ha visto obligada a renunciar al derecho a indoctrinarnos que tenía en la dictadura, invoque ahora los derechos de los padres para conseguir los mismos fines. Es como si se escondiese detrás de sus fieles para que éstos den la cara. Pero no parece que la mayoría de los padres se posicionen como la Iglesia desea a medida que vayan comprobando los efectos de la nueva asignatura y comparándola con lo que ellos y nosotros sufrimos.
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