l
 

   

   CREPÚSCULO

    Publicado en "Lecturas Roger", Vol 1, nº 3.- 1988

CREPÚSCULO

 

En nuestra tierra, ellos, no resultaban chocantes cuando paseaban de la mano, al atardecer, bajo los plátanos de la Avenida; ni cuando se acercaban a los tenderetes del Puerto, al anochecer, cuando regresan las barcas con pescado fresco, ni cuando contemplaban las estrellas desde la baranda del Paseo Marítimo.

Eran, una pareja más de la llamada tercera edad, disfrutando plácidamente del ocaso de su existencia en paz. Más cerca, impresionaba la mujer; era alta y todavía conservaba su figura erguida, y hasta airosa, en su rigidez. Delgada, y con el cabello cortado, como una aureola de plata sobre su tez tostada. Y había que fijarse, necesariamente, en su mirada, una mirada ausente, vacía, había que fijarse en sus ojos grises, casi sin pestañeo, y resultaba imborrable aquella máscara y la mueca de sus labios, dudoso rictus, entre la sonrisa y la amargura.

Caminaba, automáticamente al lado del hombre, nunca se la escuchaba contestar a la habitual conversación de él; él era también alto, pero ligeramente encorvado y con la característica marcha de pequeños pasos acelerados que parecían estar tirando siempre de él como en tantos ancianos.

Y la hablaba casi constantemente, con ternura y atención. Le contaba sus cosas, le pedía opiniones, y hacía proyectos. Decidía y se contradecía sin parecer preocuparse de la ausencia real del diálogo.

Alguien les había dirigido a la Consulta de Neurología.

El anciano pudo contar su historia. De nuevo en su monólogo de monótona voz, con escasas inflexiones y cierta dificultad en la articulación pero con la mirada repleta de confianza.

Ellos se habían conocido desde niños; él la había querido siempre, ella había abandonado el pueblo, se había casado, había hecho su vida en otra ciudad. Se había perdido el contacto, había quedado el recuerdo, siempre la había esperado.

Ella no tuvo hijos, más tarde enviudó, y se fue quedando sola y en su cerebro se fueron formando lagunas, lagunas cada vez más grandes que le impedían, a veces, recordar el nombre de una calla, la fecha del día, su edad, y cómo preparar su comida y cómo ordenar sus vestidos.

Después, también se fueron borrando las palabras, incluso las más sencillas. No podía encontrarlas, las sílabas formaban en su mente un maremagnum confuso y desorganizado, y ya no pudo expresarse.

Sus hermanos hablarían de llevarla a “algún sitio”, allí, delante de ella, que permanecía inexpresiva, como una esfinge; discutirían sobre ella:

-Que era una carga para todos, cuñadas y sobrinos. –Que más valía que se muriera pronto, para vivir así... –Que había de hacerse cargo y distribuir sus bienes.

Sus hermanos creerían que ella no podía entender nada, que su cerebro estaba ya muerto del todo, que su memoria se había desintegrado tanto que ni siquiera los reconocía:

-Ya que no recuerda nuestros nombres siquiera, es como una extraña en un mundo de extraños.

Pero de entre las lagunas de su cerebro, que amenazaban con inundarlo totalmente, sobresalió todavía un islote; un islote donde estaba grabado algo muy antiguo, los recuerdos arcaicos de su niñez, la imagen de su madre, de la casa en que nació, de un pueblo marinero con calles muy blancas reflejándose en las aguas al atardecer, y la imagen de un niño, espigado y serio, que la miraba muy fijo, que nunca jugaba con ella, que sólo se acercaba cuando sus hermanos la tiraban de las trenzas, o la escondían su muñeca para hacerla rabiar, o la encerraban en un desván lleno de telarañas. Que, entonces, se pegaba con ellos, aunque aquello le costara una regañina porque nadie entendía, únicamente ella, su arrebato de agresividad. Y ella le sonreía y ya no se sentía desgraciada.

Y encontró la energía suficiente para tratar de escapar de sus hermanos; para, llorando como cuando era niña, huir de ellos, buscando el refugio del chiquillo espigado. Supo encontrar el camino, en un último destello de su perdida capacidad de recordar, y llegó hasta el mar, hasta su pueblo, hasta su antigua casa, hasta la casa del amigo.

Él siempre había estado allí, él no le preguntó nada, ella no podía ya casi explicar nada. Él la recibió con los brazos abiertos, como siempre había soñado, y la tranquilizó, y le aseguró que, junto a él, sus hermanos no la harían daño, no la encerrarían en un lugar oscuro, no la arrebatarían sus “tesoros”.

La cuidó desde entonces, cocinó para ella, ordenó sus vestidos y peinó sus cabellos, día tras día.

Había recibido llamadas, de los hermanos; primero, insolentes y mal intencionadas: -¿qué pretendía ahora aquel viejo aprovechándose de una pobre demente?- Más tarde cautelosamente cordiales: -Total, legalmente, nada le corresponde, y si la aguanta...

Estaba convencido de que su amor bastaba para que ella volviera a ser como antes, que el cariño y la ternura podrían hacer funcionar aquel cerebro de neuronas destruidas. ¡Tenía tantas cosas que contarle, tanto tiempo que recuperar, quería saber tantas cosas de ella, tantas cosas mil veces inventadas, imaginadas, intuidas!

¡Si casi no la había conocido!

Y, por fin, al comprender que el milagro del amor no se producía se había decidido a buscar el milagro de la ciencia.

Hubo que desengañarle, hubo que explicarle que las ramas secas no pueden ya dar flores nuevas, y ella era tan solo, únicamente una flor desecada entre las hojas de un viejo libro de poemas de amor.

Sus ojos se llenaron de lágrimas contemplando la mueca indiferente de su compañera. Y se marcharon los dos, él, con sus pequeños pasos acelerados tirando de la mano de ella, por la calle dorada de sol poniente, al borde del mar, juntos, camino de la eternidad.



 
Google