l Ganadora del Primer Premio del II Certamen Nacional de Narración del Colegio de Médicos de Málaga (1974)
 

   

   EN EL UNIVERSO CUADRANGULAR

    Ganador del Primer Premio del II Certamen Nacional de Narración del

    Colegio de Médicos de Málaga (1974)

EN EL UNIVERSO CUADRANGULAR.

De nuevo aquel cántico resuena en mis oídos, es un cántico dulce, de voces suaves y cristalinas que se eleva a través del aire límpido y azul de una mañana de primavera.

Y me las imagino allí, recogidas, con sus tocas negras y sus rostros blancos, muy blancos, con aquella impresión de palomas disfrazadas de cuervos, muy juntas y muy quietas.

Ahora cantan, no revolotean constantemente a mi alrededor como entonces porque yo estoy fuera, fuera de aquel mundo cuadrado de jardines verdes, de altos árboles y grandes macetas de geranios salvajes, y fuera también de sus tapias y de sus rejas.

Entonces la oía cantar, y su dulce voz se iba convirtiendo poco apoco, en un extraño rumor que aumentaba; pero ya no era la suavidad del Ángelus del mediodía, ahora se iba haciendo un creciente murmullo que progresaba y progresaba, y se convertía de pronto en algarabía de gritos y alas; y la imagen de sus tocas negras se agrandaba inmensamente y se desperdigaba en mil direcciones del espacio. Ellas surgían de pronto de detrás de nosotras y se ponían a nuestro lado.

Sus manos blancas, infinitamente blancas, casi lívidas, de cadáver, se posaban en nuestros hombros, pero también sus mantos, aquellas alas de cuervo nos cubrían. Y nos miraban con sus ojos inexpresivos, hermosos ojos claros de cristal muy azul, o muy verde, o muy ámbar, o muy negro, pero siempre fríos y distantes.

Nos llevaban fuera, fuera de la única nave de la pequeña iglesia, de los bancos geométricos, de la luz de las vidrieras de colores brillantes y cálidos, del suave olor a incienso, y fuera también de la mirada de una Virgen de piedra infinitamente más viva que la de ellas.

Y fuera nos esperaba el verde, el verde exuberante del patio, un verde de naturaleza constreñida con ansia de vida, un verde que soñaba libertades, que soñaba espacios infinitos y horizontes lejanos, un verde que supo de agua corriente, atropellada en las acequias y sol abierto a todo.

Y allí se retorcían las frondas de los plátanos hacia el cuadrado del cielo tan lejano, y el jazmín intentaba que su aroma llegase tras las verjas, y las rosas querían ser hermosas para ganarse su libertad a fuerza de ser bellas.

Pero sólo nos tenían a nosotras, a nosotras con nuestra mirada distorsionada a fuerza de química y de choques eléctricos, y a nuestras mentes deformadas por la angustia y el miedo, y por los fantasmas aterradores que poblaban cada una de nuestras circunvoluciones cerebrales, cada pliegue del córtex del encéfalo.

Nosotras, que hollábamos lenta e inexorablemente aquellas alamedas, sin ir a ningún sitio y sin volver de ninguna parte. No podíamos siquiera percibir aquella belleza prisionera como nosotras y para nosotras.

Las vías de nuestros sentidos estaban demasiado interceptadas, habían sido borrados los trayectos, y las sensaciones se perdían antes de llegar al cerebro; y así se cruzaban unas con otras, se mezclaban o se separaban, se sumaban a los recuerdos más lejanos o borraban lo que vivimos ayer. Todo se confundía en un laberinto y surgía dominándolo todo, el miedo.

Aquel miedo nos hacía a veces correr, o gritar, o replegarnos soñando en el seno materno que nos protegió durante un tiempo subconsciente. Y entonces, de nuevo surgían ellas, ellas eran ahora totalmente blancas, ahora eran palomas monstruosas, de nuevo sus ojos inmóviles, sus manos heladas y atenazantes. Sus brazos eran de nuevo las alas viscosas sobre nosotras.

Pero el miedo seguía, el miedo crecía cada vez más a pesar de su voz lejana y extraña que resonaba hueca en nuestra mente y sus palabras incomprensibles y monótonas que no podían destruir nuestra angustia porque no sabían de aquellas amenazas que se cernían sobre nosotras, no habían escuchado aquellas voces extrañas y crueles que gritaban en nuestros oídos, no habían visto nada junto a nosotras, no sabían que “ellos” estaban detrás, siempre detrás de nosotras, aunque al volvernos ya no pudiésemos verlos.

Y nos llevaban con ellas, despacio, muy lentamente, pero también de modo inexorable, hasta aquella habitación, también blanca y también fría, de ladrillos cuadrados iguales, terriblemente iguales, en toda dirección.

Por un momento acababa todo. Afuera quedaba el verde y las demás, mirando sin ver, hablando sin comprenderse como extranjeros todos de diferente idioma aun cuando las palabras sonasen de igual modo, o callando sin poder pensar.

El miedo, poco a poco se iba diluyendo en sensaciones, en un sabor acre y reseco en los labios, en un vaivén extraño de aquel foco de luz sobre el rostro y en un dolorimiento del brazo que sostenía una de ellas mientras la otra inyectaba.

Luego al despertar volvía todo. Nos despertábamos en una sala grande de altos techos con vigas paralelas, como inmensos renglones donde escribir de forma gigantesca la angustia que sentíamos.

Ellos venían a veces, eran hombres de fuera de nuestras rejas y nuestros muros, olían a libertad, nos hablaban de forma que podíamos entender y a veces nos escuchaban y querían comprendernos, pero no sabían, no sentían el miedo, ni la angustia, no oían nuestras voces, no veían nuestros fantasmas; y se marchaban con su sonrisa y su mirada que quería llegar dentro de nosotras y chocaba también con los caminos borrados de nuestro cerebro.

 

 

 

Ahora recuerdo todo aquello y puedo comprenderlo, ahora que mis fantasmas se han ido para siempre y que no tengo miedo.

Ahora que sé que nada estaba fuera de mí, ni las voces, ni la presencia de él siempre a mis espaldas, que todo lo creaba mi mente de la nada; ahora que los caminos de mi cerebro han vuelto a abrirse llevando por ellos la belleza, la luz, los aromas, la música, la suavidad de un rostro o unas manos amadas, puedo recordarlo como era, puedo darme cuenta de que sus ojos no eran tan fríos, ni sus palabras, pero nada podía llegar a nosotras entonces, que la distancia inmensa que nos separaba a unas de las otras estaba también dentro de nuestras almas, que la soledad era nuestra también.

Sé que algún día volveré allí, que quedan muchas de nosotras con sus sombras a cuestas, con su perplejidad y con su tristeza.

Y quizá yo pueda mejor que aquellos médicos de mirada cordial, hablarles en su lengua, entender sus palabras carentes de sentido llegar de nuevo hasta aquel mundo. ¡Cuesta tan poco regresar!



 
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