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   DIETARIO

    Seleccionado en el VIII Concurso de Cuentos de Tribuna Médica

DIETARIO

 

Juro por Apolo, médico, por Esculapio, Hygia y por Panacea, juro por todos los dioses y diosas, cumplir fielmente, según mi leal saber y entender, este juramento”.

Estamos todos los neófitos en el arte, emocionados, expectantes. En el aula Magna de la vieja Facultad de Medicina se procede al simbólico acto del Juramento Hipocrático. El Claustro en pleno, allá en el estrado; nosotros ocupamos las primeras gradas. Atrás, en el anfiteatro, nuestros familiares y amigos. Nos hemos puesto en pie y entremezclamos nuestras voces.

Se han quedado ya olvidadas las vigilias insomnes previas a los últimos exámenes, las prácticas escasas y desorganizadas, pero que han supuesto el primer contacto con lo que será nuestro quehacer profesional. Aquellos paseos, en torno al catedrático, por las salas de un Hospital de Beneficencia Pública, donde los enfermos sufren por igual patología somática y social.

Y de aquel inicial y tan somero conocimiento de la sagrada tarea que me aguarda he intentado extraer la esencia de una realidad de vida, dolor, sufrimiento y muerte que debe constituir el norte de mi existencia.

Sí, juro por Apolo, Esculapio, Hygia y Panacea; y, en este momento, estoy seguro de ser fiel a mi juramento. Un juramento cargado de pasado, de tradición en la más antigua de las privilegiadas actividades que el hombre puede desempeñar.

Juro por unos Dioses, inmortales a través de la Mitología y del arte, convencido de que ellos, en su Olimpo imperecedero, trascendido más allá de la Cultura Mediterránea, me protegerán y me guiarán.

 

Abril, 1973.

“Juro venerar como a mi padre a quien me enseñó este arte”.

Nos hemos reunido en el despacho del doctor Aldama; hace poco menos de un año desde el día del artificioso y teatral Juramento Hipocrático. Conseguí entrar de residente de Neurología en la Cátedra del profesor Lafuente, y Aldama es el agregado. Todos sabemos que tienen una vieja historia de resentimientos, aunque, realmente, yo no conozco el origen, ni creo que casi nadie, ni siquiera los adjuntos más veteranos. Es algo muy antiguo.

Aldama nos ha citado para enseñarnos los originales que el profesor Lafuente ha estado redactando últimamente. No sé cómo los ha conseguido. Es su último trabajo sobre los “Mecanismos de nocicepción en las migrañas vasculares”. Nos ha hecho ver que, evidentemente, contienen fallos groseros, aunque quizá más de sintaxis y exposición que de contenido científico, pues el trabajo está muy bien documentado.

En efecto, como dice Aldama, el profesor Lafuente está iniciando el peligroso camino de un Alzheimer. Realmente podemos, incluso nosotros, recién llegados a la cátedra, ignorar sus caducas normas: esas interminables anamnesis y sus rutinarias exploraciones neurológicas completas, sus viejas muletillas sobre niveles segmentarios de la médula y sus tics mentales sobre los pares craneales.

En adelante, hay que contar con Aldama únicamente, y parece que se trata de utilizarnos par poner en evidencia los fallos del profesor. De paso, nos chancearnos un poco todos.

 

Enero, 1976

“Juro que en cuanto pueda y sepa usaré de las reglas dietéticas y en provecho de los enfermos y apartaré de ellos todo daño y maleficio. Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me lo soliciten, ni administraré abortivo a mujer alguna”.

Ha vuelto a llamar la hermana de Luis Ponce, necesita una nueva dosis de Pentazocina. En el Talonario de Tóxicos está resultando abusivo el nombre de Luis.

Realmente, yo no esperaba que se enganchara tan pronto. Al fin y al cabo, la neuralgia trigeminal debió cesar con el bloqueo ganglionar que le hicieron en el hospital. Pero es un individuo demasiado ansioso, y quizá, en el fondo, fuera una Neuralgia Facial Atípica y le remití demasiado pronto a Neurocirugía a golpe de P10.

Sé que precisaba un verdadero apoyo psicoterápico y averiguar qué había detrás de sus dolores, pero, n este momento, no estoy para apoyar a nadie.

El embarazo de Marta no es bueno, y es nuestro primer hijo. La dependencia de Luis Ponce y su constante demanda de ayuda me están poniendo los nervios de punta.

Al fin y al cabo, la Pentazocina es un analgésico, ¿menor? Para algo están los analgésicos, creo yo.

 

Marzo, 1979.

“Juro que conservaré pura y santa mi vida y mi arte”.

Esperaba hoy la llamada del delegado de la empresa de Electromedicina que me visitó el viernes pasado. Parece que puede haber una interesante comisión si adquirimos un equipo completo de electrodiagnóstico neurológico para el hospital.

Hay que reconocer que dado el nivel de incidencia en este centro de patología neurológica, no se justifica el dotarlo de Unidad de EMG y Potenciales Evocados, ni hay personal en la plantilla capacitado para ello. No podemos solicitar ahora la ampliación para la creación de una plaza de neurofisiólogo. Pero esta empresa está promocionando la División de Tecnología Punta en diagnósticos neurológicos y podemos adquirirlo en muy favorables condiciones, aunque, de momento, quede almacenado.

He de hablar, sin falta, con el director gerente. Andrade es un buen tipo y podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a todos.

Por cierto, tengo pendiente para estos días la amortización del último plazo de la casa de “Cumbres Doradas”. Marta y los niños son muy felices allí, la colonia, el club y el colegio irlandés darán a los chicos un buen pie para desenvolverse en el futuro.

 

Noviembre, 1981.

“Juro que no tallaré cálculos, sino que dejaré esto a los cirujanos especialistas”.

Hace ya tres meses de la Laserterapia de la señora Aranda y sigue igual. La ciática de esta mujer se va encronizando. Evidentemente tiene una hernia discal clarísima y habría que intervenirla, ahora que aún es joven. La mielografía era concluyente y Suárez, el neurocirujano, lo veía muy sencillo.

El caso es que es una buena cliente, me profesa una fe ciega y hará lo que yo le diga. Remitírsela a Suárez terminaría radicalmente con su problema (y con nuestra sustanciosa relación profesional).

Quizá aún pueda aliviarla con unas sesiones más de láser. Aún no sé por qué adquirí este equipo, que no he podido amortizar todavía, teniendo en cuenta la escasa formación que tengo sobre este tema. Tendré que dedicarle un poco de tiempo y hacer algún curso en serio.

 

Septiembre, 1983.

“Juro que en cuantas casas entrare lo haré para el bien de los enfermos; apartándome de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción, y principalmente de todo comercio vergonzoso con hombres y mujeres, libres o esclavos”.

No me gusta hacer visitas domiciliarias. Afortunadamente, en estos tiempos un especialista no suele hacerlas.

Pero está el asunto del viejo Jiménez-Poveda; hay que justificar su posible recuperación ante su hija para que Vicente Jiménez, el hijo mayor, que tiene poderes notariales de su padre, liquide el negocio del almacén de fruta.

Si a Ana, la hija, se le ocurre iniciar los trámites de incapacitación de su padre por su demencia, se paralizaría la gestión y Vicente, que es un buen amigo al que le debo algunos favores, perdería al menos la mitad del activo, que es un buen pellizco.

Hoy en día, contar con un abogado de confianza, y Vicente es de los más capaces, es siempre interesante.

Así que, ¡no hay más remedio!, una visita a domicilio cada quince días, los consabidos nootropos y vasodilatadores, la palmadita en la espalda y el abuelo que va recuperándose. ¡Si lo sabré yo...!

 

Agosto, 1985.

“Juro que todo lo que viere y oyere en el ejercicio de mi profesión, y todo lo que supiere acerca de la vida de alguien, si es cosa que no deba ser divulgada lo callaré, y lo guardará como secreto inviolable”.

Ya ha trascendido el tema del chico de Alonso, en realidad sólo fue una reacción neurótica inmadura, propia de sus pocos años. A los 19, los fracasos duelen, y el chaval se los tomó por la tremenda. Además, medio envase de Valium no le iba a suponer nada, y él lo sabía.

Sin embargo, a pesar de todo, me afectó cuando me llamó su madre, y le vi allí, tendido en su cuarto, todo revuelto, con los libros destrozados y los pósters de las paredes pintarrajeados; confuso, agitado y diciendo, farfullante, que no quería vivir más.

Es un buen muchacho, le reanimamos pronto y no pasó de ser un susto, pero la escena me había dejado hundido para toda la noche, y al salir pasé por el pub a tomar una copa y me tropecé con Parra, el cardiólogo.

¿Cómo iba a acordarme, en aquel momento, que Parra tenía pendiente un tema con Alonso desde que le deslució la comunicación de “Las prostraglandinas en el infarto” en la Mesa Redonda de enero pasado? En fin, que Parra se fue de la lengua, y ahora por todo el hospital corre la voz que el chico de Alonso está para encerrar.

 

Mayo, 1987.

“Si este juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posteridad. ¡Pero, si soy perjuro, avéngame lo contrario”.

Estoy cansado, harto, encerrado en una trampa, enganchado a una rueda que gira y gira sin cesar y en cada vuelta arranca jirones de mi libertad.

Es una extraña cadena la que me ata, hecha de horarios, tensiones, créditos bancarios, consumismo, estimulantes y alcohol. Hecha de gentes a mi alrededor, burdas máscaras de amigos que sólo tratan de interceptar mi camino, un camino que, sin embargo, no sé dónde me lleva, pero sigo compulsivamente. Hecha de otras gentes a quienes cada día trato como pacientes y que ni me conocen ni a quienes conozco, que ni me importan y a quienes importo yo aún menos.

Marta se organiza su vida en “Cumbres Doradas”, donde mi casa me es totalmente extraña porque no hay nada de mí mismo dentro de ella, sólo mi dinero.

Mis hijos hablan perfectamente inglés, pero han olvidado las canciones con que mi madre les acunaba, de niños, en nuestra lengua.

He tejido yo mismo una monstruosa tela de araña intentando atrapar en ella la falacia de una felicidad de marketing y que ha terminado por atraparme a mí.

Voy a escapar. Voy a iniciar un místico peregrinaje penitencial, a través del Mediterráneo, hasta la isla de Cos, para implorar al inmortal Hipócrates en su santuario el perdón por mi perjurio.



 
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