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   EL LIBERTO

    Publicado en la antología "Las uñas de los pies"

EL LIBERTO

            ¿Qué no conoce mi historia?, vamos, señor, no se quiera quedar conmigo, si todo el mundo la sabe, si ya hace mucho tiempo que es del dominio público…

            Además, ahora, señor, soy un pobre hombre, ya me ve, y esa historia es lo único que tengo, no me diga que usted, precisamente usted, no la conoce.

            Sí, ya, es cierto que no me había visto nunca, ni yo había tenido el gusto… en fin; eso no tiene nada que ver, hay cosas que se saben, porque han de saberse, porque de toda mi vida no queda más que aquello, pero aquello que está en la mente de todos cuando paso a su lado, es lo que me permite estar vivo.

            Así que, señor, si usted lo ha olvidado, porque tuvo que saberlo alguna vez, me está negando, a mí, con esa mirada de sorpresa, de curiosidad, o más bien de indiferencia, con esa mirada estúpida y vacía que no me dice nada, que no me da a entender que también conoce lo que ocurrió, que tiene formada una idea de mí, que sabe, en fin, lo que significó y significa el liberto. No me minusvalore todavía, señor, he de seguir intentándolo, he de llegar al final y entonces descansaré y volveré a dormir con ensueños, como antes, como antes de que ocurriera el incidente aquel.

            Supongo que me mira de ese modo para que siga hablando, hay otros que también utilizan esa táctica, es buena, en general, pero no es necesario hacerme creer que lo desconoce; de cualquier forma la parte de la historia que es sabida por todos es tan sólo una mínima anécdota, porque de lo que importa, de lo que realmente tiene significado tan sólo hay cuatro personas, o no, señor, cinco exactamente, que tienen la clave, y a estas personas las fui perdiendo; pero me fueron dejando pistas, y ahora presiento, señor, que estoy a punto de llegar al final.

            No puedo olvidar la primera vez, siempre hay una primera vez, dicen, aunque en este caso, en mi caso, no lo tenga tan claro. Sí, fue la primera vez en que me di cuenta del liberto. Porque el liberto existe, el objeto es real y estaba allí aquella primera vez, por eso me di cuenta de que aquel hombre era uno de ellos.

            Yo había ido a su estudio de pintura, era pintor, sabe usted, y de los buenos. Y yo quería ser pintor, y lo hubiese sido de no haberme tropezado allí con aquella cosa, y no haberlo entendido entonces.

            Bueno, habría que saber, desde el principio, porque tuve que ir al estudio de aquel artista y no a cualquier otro de la ciudad. Yo estaba estudiando Derecho, no crea, señor, pude ser abogado, pero después de ocurrir aquello ya nada fue igual, ni las clases en la Facultad, ni el contenido de los textos o de los apuntes; pero, me estoy desviando del tema, ¿verdad?

            El caso es que mi padre tenía sólo en mente la idea de que hiciera leyes y que luego sacara oposiciones a notarías; él creía que yo servía para eso; supongo que se lo habían dicho los curas del colegio porque yo era ordenado y metódico con las tareas escolares y porque tenía un sentimiento de lo justo y lo injusto muy claro, siempre acepté las sanciones sin replicar, porque eran justas, yo cometía faltas y había que castigarme. Nunca dudé de que tuvieran razón, ellos sabían qué era lo bueno y qué era lo malo y así era fácil aceptarlo.

            Bueno, los curas le decían a mi padre que yo sería un buen abogado y mi padre tampoco lo dudó. Yo creo que no era tan inteligente como ellos decían, porque estaba muchas más horas que mis compañeros en la biblioteca del colegio para obtener unos resultados medianos; de todas formas entonces no me lo planteaba , era una época tan feliz…, estaba todo tan claro…

            El tiempo que no precisaba para estudiar las asignaturas del curso lo dedicaba a dibujar; eso si que lo hacía bien, dibujaba muy meticulosamente, señor, a plumilla muy fina, sabía medir bien las distancias, captaba perfectamente las perspectivas, la inclinación de los ángulos de los objetos, las formas, las curvas, y las reproducía a escala en el papel.

            Decían todos los que veían mis dibujos que eran un calco perfecto de la realidad; si dibujaba un árbol creo que se hubieran podido contar sus hojas y hubiera habido el mismo número exacto. Si hacía una casa tenía en cuenta hasta el más mínimo desconchón de la pared, y si se trataba de retratar a mi abuelo sentado a la puerta, se reconocían todas las arrugas de su cara.

            Así dibujaba yo entonces, señor, y todos decían que lo hacía muy bien, que sería un gran artista.

            Por fin comencé en la Universidad, el primer curso fue muy duro, ¡estaba todo tan desorganizado! Los profesores no daban clase, hablaban y hablaban, quizás más de sí mismos que de las asignaturas; luego había unos textos muy densos que aprender; los memoricé todos a costa de muchas horas de vigilia y esfuerzo. Pero conseguí aprobar aquel primer curso. Eso sí, aquel año no dibujé.

            Fue en segundo cuando supongo que comenzó todo, ya estaba muy próximo a producirse el incidente ¿me comprende? En segundo había asignaturas que ni siquiera tenían texto, tan sólo una larga lista de libros de consulta. Los busqué en la biblioteca y sumé las páginas de todos ellos, luego las dividí por el número de días que restaban hasta la fecha del examen, luego por el número de horas que podía dedicar cada día, descontando la asistencia a clase, y cinco horas de sueño más una para mi aseo y necesidades fisiológicas. Está claro que tenía que saber cuántas páginas tendría que aprender en cada hora, resultaban ser cuarenta y siete y media, una cifra, por lo demás, ilógica. Y lo intenté, le juro, señor, que lo intenté, pero no conseguía llegar a retener más de cuarenta, es decir, las siete y media restantes quedaban en un remanente que iba creciendo, como un crédito que nunca se llega a amortizar y cada vez genera mayor interés.

            Y esto me condujo al primer error, o quizás el profesor de aquella asignatura era el primero de la cadena, quizás él también tenía oculto un liberto y yo no lo supe nunca.

            El caso es que una tarde rompí, por primera vez en mi vida, el plan establecido, corrí el tremendo riesgo de desafiar al tiempo, de no darle a las horas el alimento que estaban acostumbradas a devorar, de no ofrecer a cada minuto su ración de estudio, de no consagrarle mi esfuerzo mental. Y me fui a la calle, y me encontré en medio de una tarde de marzo con brisa mezclada de azahar y salitre, con un poniente anaranjado y malva que se perfilaba en el límite de la ciudad universitaria, donde la huerta y el mar están muy cerca.

            Por eso anduve hacia allí, avenida adelante, hacia aquella línea perfecta que me fascinaba; y sin darme cuenta me encontré frente a su casa, su casa estaba precisamente allí, al final de la avenida y frente al mar; la última de una serie de viviendas de una o dos plantas, de principio de siglo, con azulejos blancos y azules en una geometría también muy cuidada, sin interrupciones en las cenefas que enmarcaban las ventanas del primer piso, repetidas a su vez en el marco de la puerta de entrada.

            Tenía una placa pequeña en la puerta con su nombre y lo recordé en seguida en labios de mi viejo profesor de dibujo del colegio, el bueno del Padre Martín, para quien este hombre era el mejor.

            Todo aquella tarde era muy raro, todo inusual, todo siguiendo un plan, sin duda, señor, pero un plan no concebido por mi, un plan que yo no controlaba ya, un plan que me imponían desde no sé donde y aún no sabía cómo; después sí lo supe, era el plan del liberto.

            Pues fue el liberto el que me obligó a llamar al mohoso timbre que había junto a la plaquita; después ya sólo lo recuerdo a él, un anciano grande y huesudo con un mono de trabajo blanquecino y especialmente manchado a la altura de las perneras, donde frotaba sus manos antes de estrechar la mía.

            Le hablé del padre Martín, y el maldito viejo sonreía, con su mirada azul mediterráneo que parecía haberle robado sus reflejos al mismo mar, tan próximo.

            Sonreía en silencio, no me echaba de su casa, no me interrumpía, no me argumentaba y, por eso, ya no podía controlarle.

            Al final me quedé callado, y aunque en aquella primera visita no vi al liberto todavía, se que estaba allí, detrás del viejo, que el liberto le había enseñado a aquel hombre a mirar de aquella forma, a meterse dentro de mi cerebro a través de mis ojos para que ya nada fuera igual que antes. El liberto me había elegido ya aquel día, el maestro era el medio.

            Yo había ido a buscar ayuda; en realidad, quería tener una obligación, al pedirle clases al maestro, que me justificara dedicarme a dibujar unas horas cada semana, unas horas que yo pactaría, que yo podría concretar y que supondrían una porción de tiempo perfectamente controlada.

            Me dijo que podía volver cualquier día a enseñarle mis dibujos:- ¿cualquier día, maestro?, .- si, cualquier día.

¿Lo puede entender, señor?, cómo podía ser cualquier día de no significar que siempre me estaban esperando, él y el liberto; que ya sabían que volvería indefectiblemente, que ya habían empezado a poseerme.

            .- ¿Y a que hora, maestro?, -. cuando quieras, yo suelo estar siempre aquí, y, si no estoy, me esperas un rato, volveré, seguro.

            No había horas tampoco, señor, era un hombre fuera del tiempo.

            Volví con mis dibujos, señor, volví a la misma hora y el mismo día de la semana siguiente, me parecía que era lo más seguro, ¿no cree, señor?, para encontrarle en casa.

            Estaba allí, con la misma sonrisa burlona en sus ojos azules. Estuvo examinando mi carpeta en silencio; yo había llevado una hermosa colección de árboles, de los que crecen junto al cauce del río, y a mi me parecían preciosos, más aún, perfectos en su equilibrio, en su inmovilidad...

            Pero entonces ocurrió todo, señor, el incidente que cambió mi vida, lo que trastornó mi existencia para siempre, lo que corrió después de boca en boca, primero en la Universidad, después por la ciudad y ahora, ya no sé, quizás por todo el mundo.

            Ocurrió que el maestro cogió el carboncillo de una de sus mesas de trabajo y comenzó a trazar sobre mis árboles unas minúsculas rayas casi imperceptibles y dijo: .- ahora se mueven.

            Y era cierto, señor, los árboles se movían sobre el papel, como si los agitara muy suavemente esa misma brisa de marzo que me había llevado hasta allí. Mis árboles, señor, mis árboles magníficos en su equilibrio habían comenzado a moverse, y sin embargo, era hermoso, muy hermoso, demasiado hermoso, quizás.

            Él sólo dijo: -.la naturaleza está viva, siempre, ¿no lo ves tu así?.

            Pero antes de que pudiera responder, de que pudiera darme cuenta de cómo lo había hecho, utilizó el canto de su mano recorriendo la hoja, como un barrido, y desapareció la brisa, y mis árboles volvieron a estar quietos, sólo que ahora, lo vi claro, señor, estaban muertos.

            No podía apartar los ojos del papel, no podía pensar con claridad que había pasado en tan corto espacio de tiempo, ¿cuánto tiempo, señor, había hecho falta para dar vida y dar muerte a mis árboles?.

            Y entonces le vi a él, al liberto; estaba sobre una estantería, entre guaches y barras de cera rotas, junto a botes de spray fijador y rodeado de pinceles resecos abandonados en medias botellas de agua mineral y trementina.

            Era un reloj parado ¡parado, señor, parado!. Vi la esfera blanca y las manecillas inmóviles partiéndola en dos verticalmente, como dividiendo el tiempo en un antes y un después; pero, ¿qué era el antes y qué el después, señor?: entre las 12 y las 6 o entre las 6 y las 12, porque ¿cuándo se había parado?, durante una mañana o durante una tarde, y de eso dependía todo, ¿verdad, señor?.

            Entonces el maestro recorrió el curso de mi pensamiento, ¿cómo lo hizo, señor? y con aquella sonrisa de sus ojos pero no de sus labios trató de aclarar:.- es el liberto, se ha liberado de la esclavitud de marcar las horas, decidió pararse, pero me sigue acompañando, así sin señalar una hora real, nunca un reloj que funcione tiene sus manecillas como ese las tiene, en vertical perfecta, no se por qué, pero me gustó, por eso le llamo el liberto.

            Se aclaró el misterio, ¿no cree, señor?. De pronto lo vi todo: su cita fuera del tiempo, su mismo aspecto intemporal, con su cuerpo robusto de joven y su cabeza canosa de viejo y aquella capacidad suya de dar vida y quitarla como había hecho con mis árboles, como si en su mano estuviera hacer andar hacia atrás o hacia adelante el tiempo a su antojo.

            Y todo aquello, señor, se debía al liberto, el liberto tenía la clave, una clave que yo debía descifrar, si lograba entender en que preciso momento pudieron detenerse las manecillas en aquella posición y si había ocurrido durante la madrugada o al atardecer llegaría a comprender la esencia del antes y del después. ¿No ve, señor, que era un problema de vital importancia?.

            No volví más al estudio del maestro, porque al llegar a casa, señor, comprobé la enorme dimensión del incidente; todos mis dibujos se habían transformado, señor: no sólo mis arboles estaban todos muertos, sino que los edificios, la fachada gótica de la catedral, la puerta barroca del palacio, las esbeltas columnas de la lonja, se habían convertido en laberintos de infinitos trazos, no se percibían ya tan nítidos, tan calcados de la realidad; ahora eran solamente un conjunto de líneas que se cruzaban infinitamente sobre el papel creando espacios que se multiplicaban también hasta el infinito.

            Eso es lo que había logrado el liberto, señor, convertir mi orden, mi perfecto e inamovible orden en caos, y, en consecuencia, la seguridad en angustia.

            Donde sí volví, señor, fue a la Facultad, pero tampoco podía asistir a las clases como antes,  ya no podía mirar los relojes, señor, si lo hacía que quedaba “enganchado” en los conceptos del “antes” y el “después” y las saetas se burlaban de mí, moviéndose en ambas direcciones, horarias y antihorarias.

            Y en clase también había cambiado todo, todos sabían el incidente con el liberto, lo de los árboles muertos y los laberintos porque ¿sabe usted, señor? me di cuenta de que todo el mundo hablaba de ello, los profesores y los compañeros y decidí comprobar cuántas veces al día se referían a mi y al incidente con el liberto; y lo conté, sí señor; aún llevo aquí un cuadernillo, a ver…, aquí está, señor, en un solo día, el 16 de abril exactamente, pude sumar que escuché 30 veces la palabra liberalismo, 7, libertad, 18, liberación, 14, libertario, 23, liberar, 6, liberarse, 2, libertinaje, 16, liberador, 1, libérrimo, 12, liberalizar y 1, libranza. ¿Qué le parece, señor? ¿no está claro cómo de pronto todos se referían a mi caso?

            Sin embargo, hubo un profesor, era el segundo eslabón de la cadena; impartía lecciones de Derecho Penal, era un buen juez, además, y me llevó a su despacho.

            De momento, señor, me sentí tranquilo, todo estaba en perfecto orden, los libros alineados en los estantes y la mesa sin papeles, colocados éstos en bandejas que aparecían simétricas a ambos lados de la carpeta.

            Parecía, señor, que allí estaba seguro, no había caos; el profesor empezó a hablarme del Derecho en general, de la Universidad en conjunto, de la Facultad en total y yo empecé a sospechar; no podía seguirle, no concretaba nada, ni la razón de su citación, ni las demandas específicas que pudiera hacerme, no me censuraba, no me amenazaba con sanciones, no parecía esperar nada de mí hasta que descubrió su juego, si señor, me preguntó si yo había elegido libremente estudiar Derecho.

            Ya estaba claro, otra vez, él era uno de ellos y comencé a buscar con la mirada un liberto, estaba seguro que también tendría uno allí agazapado tras los libros tan perfectamente alineados, que de pronto me pareció que guardaban un orden determinado sólo para ponerme a prueba.

            No había reloj alguno en el despacho, al menos ante mi vista; pero sí vi un ordenador portátil sobre una mesa lateral y comencé a sospechar, no podía ver clara la pantalla de cristal líquido que parecía fluctuar y donde aparecían y desaparecían sucesivamente diagramas que supuse estadísticos.

            Y me arriesgué a preguntar la hora, sé que normalmente el ordenador la lleva, pero el profesor mostró tal sorpresa ante mi pregunta que ya no me cupo duda.

            -No lo sé, exactamente, pero tenemos tiempo-. Me dijo.

            ¿Qué tiempo, señor? ¿Qué es tener tiempo, así, indefinidamente? ¿Por qué no pulsó una tecla en el ordenador para acceder a ese simple dato?: La hora exacta.

            Teníamos tiempo: ¿dónde lo teníamos? si no estaba señalado en ninguna parte.

            Me levanté, aterrado, el ordenador era otro liberto, precisamente, un ordenador, el sistema de control por antonomasia, el orden-ador ofrecía ahora en pantalla curvas multicolores que se fundían unas con otras en combinaciones infinitas de formas y reproducían, señor, reproducían los laberintos de mis dibujos.

            Tampoco volví más a la Facultad desde aquel día, permanecía echado en mi cama, inmóvil, con las ventanas cerradas para no tener que ocuparme si era por la mañana o por la noche, que era antes o después, porque el día comienza a las doce de la noche y eso era un contrasentido angustiante.

            Cualquier cosa que decidiera hacer  requeriría un tiempo y ahora que yo ya no podía controlarlo era incapaz de saber cuánto tiempo tendría que dedicarle a cada cosa.

            Sonaba, a veces el teléfono, pero yo no lo atendía, señor, seguramente era alguien que quería saber qué estaba haciendo con mi tiempo y yo no podía explicarle que el tiempo del liberto era el vacío, la nada, la angustia y el caos.

            No sé cómo me localizó el Padre Martín, mi viejo profesor de dibujo del Colegio. Las cosas que ocurrían en la dimensión real, en aquellos momentos, señor, se me han olvidado o confundo los datos.

            El caso es que el Padre Martín vino a verme y se sentó a mi lado en mi cuarto, estábamos iluminados tan sólo por la mortecina luz que tenía yo en la mesilla de noche y pude darme cuenta, señor, que también había extrañeza y burla, sí, creo que también burla, señor, en la mirada glauca del Padre Martín.

            No me debía de reconocer en medio del desorden; porque, al final, todo era desorden a mi alrededor; ya me había vendido al liberto y comía y bebía cuando tenía hambre o sed, dormía cuando tenía sueño y me masturbaba, perdón, señor, si tenía ganas.

            De vez en cuando iba al baño y me metía bajo la ducha hasta que se acababa el agua caliente y comenzaba a tiritar de frío, otras veces me quedaba en la cama vestido, despierto y alerta.

            Me alegré de ver al Padre Martín, señor, confié en él, como siempre. Él me había enseñado a dibujar, él me había explicado la perfección de la Geometría, el equilibrio de lo simétrico, la complementariedad de los colores, el trazo firme y la distribución de los objetos en el rectángulo blanco de la lámina para que todo encajara.

            Pensé que me entendería y le hablé del incidente con el maestro; esperaba que comprendiese mis razones, señor, pero el Padre Martín también estaba en la trama; ¡qué estúpido fui al no haberlo visto claro antes, señor! ¡Él me había dirigido al maestro desde mucho antes del incidente, sutilmente, creando en mí una admiración hacia su arte que ni siquiera conocía!

            El padre Martín ya no escuchaba, señor, él sólo musitaba -es un genio, un verdadero genio-.

            Se levantó como en un ensueño, parecía haberse instalado en unos recuerdos muy lejanos que le hacían sonreír feliz.

            Sacó del bolsillo un viejo rosario de negras cuentas engarzadas en plata, un rosario pequeño que yo le había visto desde siempre en sus manos y me lo tendió.

            -Ha llenado muchas veces mi tiempo y me ha dado paz-, me dijo.

            No podía tomarlo; otra vez el liberto, ¿una ordenada colección de cuentas, en una determinada secuencia, podían llenar el tiempo, señor? repitiéndolas incansablemente suponían la eternidad.

            El ritual también desafiaba al tiempo, era intemporal, lo contenía y a su vez lo llenaba, según el Padre Martín. ¿Cómo podía dar paz, señor, aquella contradicción?

            Me hundía cada vez más en la soledad y en el silencio, señor, me daba cuenta de que mi inmovilidad, mi incapacidad para tomar ninguna iniciativa, ninguna decisión estaba convirtiendo mi entorno en un reducto de podredumbre, y que el tiempo así detenido, señor, así, como en suspenso, no conseguía evitar el caos, porque avanzaban , también incontrolables, la mugre y el moho y lo iban invadiendo todo.

            Me di cuenta, además, de que a mi alrededor, fuera de aquel extraño zulo en el que yo mismo, señor, había convertido mi casa, la vida continuaba y seguía teniendo un ritmo organizado.

            Comencé a prestar atención a los sonidos que sí se filtraban por las ventanas aun a pesar mío; el rugir del tráfico a las horas punta , el paso de los autobuses urbanos, rígido y ordenado, los camiones de las basuras de madrugada…

            Y entre ellos, señor, también el canto de un pájaro, no sé de dónde, no sé cuando, pero estoy seguro de que era siempre a la misma hora, por la mañana y los pájaros, señor, no tienen relojes.

            Todo esto me seguía conectando con la vida y con la realidad; me daba cuenta de que no podía huir ya más y muy adentro, señor, una parte de mi, seguía considerándose impulsada a seguir viva.

            Mi padre no entendió el incidente, nunca creyó en el liberto ni su influencia en mí, tan sólo le preocupó que no sería Notario, ni siquiera abogado, y me habló de trabajo, de ganarme la vida, señor, -como los demás- dijo.

            Eso hice, sí, señor, y trabajé duro, en mi fábrica no se plantea uno el concepto del tiempo, ni el antes ni el después, son turnos ininterrumpidos, no pueden parar la cadena de montaje y no se precisa mirar los relojes, te avisan los timbres que resuenan en todas las plantas. Trabajo sin pensar en nada, sintiéndome solamente una pieza más de aquel inmenso engranaje donde no cabe plantearse duda alguna, alternativa posible, pensé que había conseguido encontrar el lugar idóneo, la rutina total, la seguridad absoluta, donde nada imprevisto era posible.

            Y fue curioso, señor, allí comencé a pensar en el liberto de otra forma; comencé a comprender qué significaba que no existiera el tiempo cronometrado y controlado, cuando este tiempo es nuestro, no cuando es de los otros, cuando uno solamente ocupa el tiempo que le asignan en función de unos planes de productividad y rendimiento que no conocemos, cuyo beneficio se nos escapa, cuyo sentido se pierde. Comprendía que los espacios recortados de tiempo, los períodos exactos en los que yo había tratado de contener el tiempo y que allí nos eran impuestos tan rígidamente, abortaban toda posibilidad de dotar de un sentido a ese tiempo, precisamente por estar en compartimentos estancos, dedicados únicamente, exactamente a una labor que formaba parte de una secuencia junto a la labor del tiempo de otro y de muchos otros, pero cuyo resultado final era invisible, intangible, inaprehensible, y he llegado a entender el fin del tiempo liberto del maestro para dar vida a su obra, del tiempo liberto del profesor para administrar justicia, el tiempo del liberto del Padre Martín, para rezar, el tiempo liberto de los pájaros para cantar.

            Por eso he venido aquí, señor, a encontrar mi propio tiempo liberto para existir, aún estoy sano y fuerte, puedo echar una mano en cualquier cosa, acompañar a alguien, escuchar, hacer algunas chapuzas o cuidar las plantas de aquel patio.

            Estoy solo, pero tengo tiempo y quiero regalarlo a los demás.


 

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