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   LA METAMORFOSIS DE ANTONIO

    Publicado en "Lecturas Roger", vol 2, nº2 .- 1989

 

LA METAMORFOSIS DE ANTONIO

 

Era un pobre hombre con su vida a cuestas. Una vida de 35 años. ¿Cuándo comenzó a ser ese individuo blancuzco, de carnes blandas y ojos atemorizados, con su interminable letanía de dudas sobre las más mínimas variaciones en sus más elementales funciones fisiológicas?

¿Cómo quedó reducido únicamente a un intestino inmenso, un intestino que ha absorbido toda su humanidad de 35 años, que es el tótem que acapara todos los impulsos, ya de por sí escasos, de su vitalidad?

Empezó de muy niño, empezó cuando su madre, frustrada y resentida, despreciando a aquel débil compañero al que se había unido para sobrevivir económicamente en los años difíciles, proyectó en aquel hijo toda la ambivalencia de sus sentimientos.

Cuando su madre se sintió doblemente herida porque él era débil como el padre y trató, con cuidados asfixiantes, que fuera de otra forma. Cuando su madre, tan solo le ofrecía, como prueba de amor, grandes cantidades de alimentos hasta hacerle enfermar, y su enfermedad era para ella la mayor de las agresiones que él podía hacerle.

Cuando su madre valoraba que él era bueno si su aparato digestivo funcionaba como ella quería.

Y así él se convirtió, casi sin darse cuenta, en un aparato digestivo, poco a poco fue perdiendo la noción de sus ojos, de sus manos, de su piel y de su cerebro; poco a poco dejó de sentir la caricia del sol, de escuchar la alegría de la música de la vida, de ver la belleza a su alrededor, poco a poco tan solo fue un monstruoso estómago que aceptaba o rechazaba aquello que su madre le ofrecía, y un inmenso intestino que asimilaba o expelía, lo que no podía tolerar.

El aún no se daba cuenta del todo, los demás tampoco. Él paseaba su apariencia humana de Consulta en Consulta, con su inacabable serie de exploraciones que no podían detectar la verdad de la metamorfosis que había sufrido.

No se daban cuanta de que el único cauce que le quedaba de comunicación era aquel todopoderoso aparato digestivo, que con él expresaba el asco, (y, vomitaba), y la agresividad (y sus heces lo invadían todo), que le producía la tremenda manipulación de que había sido objeto. Hasta que un día lo consiguieron, le introdujeron en un quirófano, aséptico, de luces galácticas e impersonales y manosearon concienzudamente su estómago, su intestino y su recto, y seccionaron de aquí y de allá, y lo reconstruyeron como un puzzle que se ajustaba al modelo que enseñan los libros de texto. Era un buen trabajo.

Lo sacaron del quirófano, su madre lo esperaba, siempre en pos de un ser inexistente, dispuesta a seguir alimentándolo, ahora con tubos de plástico, y a seguir vaciando su detritus, también con tubos de plástico.

Lo miró, ya no tenía la piel blanca y la carne blanduzca, ya no tenía la mirada ansiosa, ya no necesitaba preguntar nada.

Era perfecto, era un flamante aparato digestivo de polietileno, prototípico, con su funcionamiento garantizado por la más avanzada tecnología punta, con su diseño funcional, con su programador y su mando a distancia.

La madre sonreía feliz y comenzó a leer concienzudamente el libro de instrucciones, en los cuatro idiomas comunitarios, que le habían dejado en la mesilla.



 
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