Kureishi, hijo de un emigrante pakistaní empleado
en la embajada de su país en Londres y de una mujer inglesa, es,
sin duda, un escritor preocupado por la cuestión de la identidad
personal. Esto no es sorprendente, si se piensa que creció en un típico
suburbio de clase media -Bromley- en el que tuvo que oír más de una
vez preguntas del tipo "¿pero de dónde eres realmente?" cada vez
que aseguraba ser inglés. Según Kureishi sólo la escritura le
permitió superar su autismo adolescente y la sensación de que su
identidad estaba compuesta de distintos fragmentos incompatibles. Su
ciudad natal, escenario y objeto central de su ficción, le permitió al
mismo tiempo asumir una nueva identidad como urbanita londinense,
identidad que de paso le permitió a Kureishi resolver el problema
de cómo ser inglés en un contexto en el que odiar a los ‘pakis’ era
un rasgo casi natural de la personalidad del inglés medio.Kureishi ha
tratado el tema de la hibridación racial en diversas obras, tal vez con
mayor acierto en
El buda de los suburbios, y ha sido por
ello tratado por la mayoría de críticos como escritor
post-colonial, etiqueta que, de hecho, no cubre toda su producción.
Prueba de ello es
El regalo de Gabriel, obra que Kureishi
presentó a mediados de diciembre pasado en un acto celebrado en la
sede del British Council en Barcelona conducido por la también
escritora Carmen Posadas. Precisamente, ante la insistencia de
Posadas en encaminar el animado diálogo con su ilustre contertulio hacia
el tema racial, Kureishi manifestó que "uno puede ser indio sin
tener que pensar en la raza constantemente" y explicó que sólo
tocará de nuevo la cuestión de la raza si encuentra un ángulo
original que le permita explorar la idea que ahora le interesa: el
racismo como la expresión de la necesidad humana de odiar.
El regalo
de Gabriel no trata en absoluto de odio racial, sino de amor,
sentimiento que Kureishi analiza en una narración felizmente
sentimental, muy alejada del pesimismo de
Intimidad.
Carmen Posadas defendió la decisión del traductor del libro,
Mauricio Bach, de traducir el título original -
Gabriel’s Gift-
como
El regalo de Gabriel y no
El don de Gabriel,
la otra acepción de ‘gift’ es inglés. Hay que plantearse, sin
embargo, si esta decisión es acertada, ya que lo que domina la
novela de Kureishi son los dones del quinceañero Gabriel: tanto su
talento artístico como pintor y futuro director de cine, como su
capacidad para escuchar y entender a sus desnortados progenitores,
una pareja de ex-hippies que aman a su hijo pero que no saben cómo
afrontar su reciente separación ni la necesidad de pagar facturas cada
mes.Según explicó Kureishi, el punto de partida de
El regalo de
Gabriel fue la intención de escribir sobre un joven que corre
el riesgo de enloquecer al no poder expresarse como artista - en
parte un autorretrato adolescente - y que se encuentra con la
necesidad de plantar los pies sobre la tierra para que sus padres
recuperen la felicidad perdida y así poder recobrar su propia
cordura. En el fondo, la relación ente Gabriel y sus fracasados
padres (él fue un guitarrista notable y ella una diseñadora de moda
bastante valorada en la época del ‘glam rock’) es una reflexión muy
interesante sobre el talento y el egoísmo del artista triunfador -
encarnado por Lester Jones, mega-estrella musical basada en David
Bowie -y sobre la figura del perdedor, en este caso la persona que,
como Rex y Christine, vive un corto momento de gloria como
secundario en la carrera de alguien mucho más importante, experiencia
agridulce que acaba condicionando el resto de su insatisfactoria
vida-.La presencia de Jones/Bowie no es ni accidental ni anecdótica. De
hecho, el tono juvenil de
El regalo de Gabriel tiene mucho
que ver con el hecho de que en un momento dado Bowie, muy admirado
por Kureishi, le pidió a éste colaborar en un libro para niños que
el propio Bowie ilustraría. El libro se convirtió en novela adulta sin
ilustraciones y Bowie acabó en sus páginas transmutado en Lester
Jones. Su papel es menor y al mismo tiempo crucial: en una
estupenda escena Jones le descubre a Gabriel, como si fuera su hada
madrina (o mago padrino…), los singulares dones que el chico posee y
le regala en homenaje a estos dones un dibujo original que
inmediatamente despierta la codicia de sus empobrecidos padres.
Para contentar a uno y a otro, a Gabriel no se le ocurre otra cosa
que producir copias de la obra de Jones, algo que le causa numerosos
problemas narrados con gran sentido del humor.

Y es que,
precisamente, lo que más sorprende de
El regalo de Gabriel es
el tono de comedia, tal vez imputable a la pasión declarada que
Kureishi siente por las comedias de situación televisivas. La
‘situación’ en este caso es el intercambio de papeles que fuerza al
joven Gabriel a responsabilizarse de sus ‘adultescentes’ padres,
sobre todo de Rex, un tipo simpático pero muy poco dado al trabajo. La
relación entre el adulto infantil y el adolescente maduro remite a
clásicos de la televisión británica como
Absolutely
fabulous, protagonizada por una diseñadora alocada y su
conservadora hija, pero también a novelas como de las de Nick Hornby,
habitualmente centradas en hombres que se niegan a crecer.
Christine juega en este conflicto generacional un papel algo menos
protagonista pero igualmente decisivo, no sólo porque es ella quien
echa a Rex de casa cansada de su gandulería crónica, sino también porque
su rechazo de la bohemia le obliga a Gabriel a demostrar que se
puede ser un artista creativo sin ser necesariamente un fracasado
irresponsable como su padre.La principal objeción que puede ponerse a
El regalo de Gabriel es que tanto la conducta de su joven
protagonista como la resolución del conflicto familiar están
excesivamente idealizadas. La novela de Kureishi tiene la textura de las
grandes comedias románticas cinematográficas, y es fresca y
acertada en su retrato de la búsqueda de la felicidad familiar,
pero, francamente, si fuera obra de otro autor menos conocido tal vez
su recepción crítica habría sido mucho más comedida. Kureishi explicó
en otra de sus visitas a Barcelona que la crítica literaria no
tiene sentido alguno: si nadie se molesta en evaluar si un
fontanero ha colocado bien una cañería, ¿por qué se le permite al
crítico que evalúe el trabajo del autor? La respuesta a esta pregunta se
puede encontrar en la necesidad de señalarle al propio Kureishi que
hay aspectos mejorables en
El regalo de Gabriel para que
en futuras novelas los evite y recupere así el vigor de obras
anteriores sin por ello dejar de lado su nuevo optimismo.En comparación
con
El buda del suburbio, cuyos protagonistas hacen incluso una
breve aparición en
El regalo, esta última novela parece
menos trabajada: agradable, sí; redonda, no. Aspectos tales como la
presencia de la velluda au-pair Hannah, del fantasmal gemelo de
Gabriel, o del amigo gay de Rex que Gabriel retrata chirrían, ya
sin mencionar el hecho de que hay mucho de guión cinematográfico en esta
novela, y, lo que es más preocupante, con un alarmante tono
hollywoodiense. El gran Lester Jones le regala a Gabriel un bonito
dibujo cuya ejecución, como dice Speedy - el secundario gay -
posiblemente no le llevó más de veinte minutos. Todos admiran el dibujo
por ser de quien es y no por su calidad; de hecho, Gabriel lo
mejora al plagiarlo. Al cerrar la novela, el lector puede pensar
que Jones es tanto David Bowie como Hanif Kureishi y que el regalo
que Kureishi le hace al lector tiene cualidades parecidas al que
Gabriel recibe. En
El regalo de Gabriel, en suma, brilla más el
autor que la obra.