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Tras empapelar su habitación , garabateado su colchón, se hallaba el ya no joven quiromántico postrado en una mecedora, cubiertas sus piernas por una raída manta. Las lágrimas quebraron su eterno maquillaje, sus ojeras permanentes, la boca desmesurada, desencajada ahora cuando antes no dejaba un solo día de reir.

La luna ya no se ocultaba en aquella habitación que algún día había estado llena de sueños, sueños que la gente deseaba y él descubría hechos realidad en aquellas temblorosas manos. También descubría malos augurios, pero nunca los decía, siempre callaba. Tantos recuerdos , tanto futuro conocido y sus manos aún cubiertas por los guantes de seda negra.

No supo nunca cómo ni por qué se dirigió al espejo que le miraba y estampó sus manos contra el . Torrentes de sangre surgieron de sus manos y así fue como el viejo quiromántico supo que había llegado el momento.