En la vida ordinaria, tenemos una idea bastante aproximada de los tamaños y distancias de las cosas que nos rodean. Podemos evaluar con cierta aproximación un metro o un kilómetro. Podemos recorrer a pie, en varias horas, la ciudad que habitamos. Es menos precisa, en cambio, la evaluación del tamaño de nuestro país cuando lo recorremos en automóvil, ferrocarril o avión. Imaginemos, más o menos, cómo es la Tierra, con sus doce mil ochocientos kilómetros de diámetro y sus cuarenta mil de circunferencia.
Las escalas terrestres,
a veces ya difícilmente evaluables para nuestra limitada imaginación, se
vuelven irrisoriamente pequeñas cuando las comparamos con las celestes. La Luna
está a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros de distancia de la Tierra; el
Sol a 149,6 millones de kilómetros. Un automóvil, si pudiera correr por el espacio
como sobre una carretera, a 100 km/h, tardaría 160
días en llegar a la Luna; un avión, a 1.000 km/h emplearía 16 horas. Ese mismo
avión tardaría en llegar al Sol casi dos años.
Supuesta la inmensa distancia que nos separa de los cuerpos
celestes, el ojo humano es un instrumento insuficiente para proporcionarnos una
visión detallada del Universo. Por ello, resulta prodigioso que el hombre,
antes de la invención del telescopio, llegara a medir con gran exactitud los
movimientos de los astros, a calcular los eclipses, a intuir la estructura del
Sistema Solar y a determinar las leyes que dirigen sus órbitas. Pero fue a
partir del descubrimiento del telescopio, a comienzos del siglo XVII, cuando el
observador del cielo encontró el instrumento capaz de acercarle a los astros, y
cuando la ciencia del Cosmos comenzó a progresar con rapidez y seguridad.