Evolución e interpretación del ciclo osiriano en la mitología egipcia

Introducción a la religión egipcia.

Muchos son los estudiosos que han dedicado grandes esfuerzos al estudio de las antiquísimas creencias religiosas que se dan en las tierras regadas por el río Nilo. Sin lugar a dudas las más importantes deidades del panteón egipcio aparecen ya en el Neolítico y muchos egiptólogos aseguran que éste tiene su más remoto origen en el paleolítico (lo que a nuestros ojos resulta exagerado). Uno de los complejos religiosos más antiguos y sin duda el de más larga duración ya que se seguían adorando a los dioses tradicionales varios siglos después de la llegada del cristianismo.

Esta misma antigüedad es la causante de la terrible complejidad de la religión egipcia. Al estudiar diacrónicamente diversas versiones de un mismo texto egipcio observamos como este evoluciona, cambia, influido por modas, intereses políticos y otros muchos factores.

Otra característica remarcable de la mitología egipcia es la falta de cohesión entre los ciclos, no se preocupaban por conseguir una agrupación lógica de sus creencias.

La publicación de la Description de l'Egypte, fruto de la desastrosa campaña militar emprendida por Napoleón en Egipto, promovió, a principios del siglo XIX, un gran interés por este país en Europa y con el desciframiento de los jeroglíficos egipcios a manos del joven Champollion se pudo empezar a estudiar la historia y la religión del antiguo Egipto. Desde entonces la historiografía sobre mitología y religión egipcia es amplia y compleja, en ella podemos observar la fuerte evolución interpretativa de los estudiosos del tema. Pero hasta la segunda mitad del siglo la producción historiográfica no es de gran importancia.

Estos primeros trabajos esbozaron una explicación totalitarista a la religión egipcia buscando un criterio interpretativo lógico. Presentaremos aquí las más prestigiosas teorías:

Wiedemann aclara que estas tres tendencias se encuentran mezcladas y con diversas influencias externas. Además los textos que poseemos son demasiado recientes y no permiten vislumbrar la antigüedad y génesis de estas tendencias.

Esta teoría se funda en diversos textos donde aparece el jeroglífico(ntr) que Wallis Budge traduce como "Dios" siendo esta palabra de carácter genérico. Otro de los argumentos empleados es el tratamiento que se le concede a Ra en textos como el Papiro de Ani (1550 a.C.), el Papiro de Hunefer (1350 a.C.) o el Papiro de Nekht (1100 a.C.). En ellos se encuentran frases como estas: "eres el más antiguo uno" "Eres el dios único que vino a ser en el principio de los tiempos" "eres el único". Estas frases han sido posteriormente atribuidas al intento de agradar al dios concediéndole tal importancia que para el autor no existía otro. Además en textos como los Papiros de Nesi Amsu, se nos narra la cosmogonía donde Ra, el primer dios, nacido del agua (o lodo) primigenia por la fuerza de su voluntad y mediante el poder de su nombre se convierte en creador de la tierra de los otros dioses. Así que los papiros citados por Budge se adaptarían perfectamente a estos primeros momentos de la cosmogonía de Ra y estaría justificado el llamarle dios único.

 

Hace ya mucho que se abandonó la guerra entre politeísmo y monoteísmo. Los egiptólogos actuales consideran la religión egipcia totalmente politeísta desde un principio (exceptuando el culto a Atón de Amenofis IV). En el estudio de la mitología egipcia prima la búsqueda del origen de las diversas deidades y las relaciones entre ellas. Siempre se ha de seguir la evolución de la figura controlando en cada momento la posible adscripción de nuevas funciones.

Esto es así porque la mayoría de los dioses eran en principio deidades locales de escasa relevancia con alguna función o poder adscrito. Podían poseer un carácter totémico (aunque de forma muy superficial) o ser, simplemente, la personificación de la ciudad, del río o del desierto. A medida que la ciudad crece en importancia y va extendiendo su influencia en otras ciudades el dios local aumenta su prestigio y va adquiriendo nuevos creyentes que le adscriben las características de sus anteriores dioses. Así el dios de la ciudad más importante, generalmente donde reside el faraón, podrá ser considerado el dios nacional. Poseyendo en cada territorio una personalidad diferente. Aún así en tiempos de orden, cuando el poder faraónico está fuertemente asentado, se conoce en la religión egipcia un gran sincretismo religioso y los dioses adquieren un marcado carácter unitario, aunque cada región sigue sosteniendo un substrato religioso propio.

Así pues este trabajo intentará ser actual en cuanto a la metodología y, después de presentar la versión del ciclo osiriano que consideremos más adecuada señalando sus variantes, estudiaremos la evolución del dios Osiris y la conformación de su ciclo. Empecemos, pues, por el principio de los tiempos.

Existen diferentes cosmogonías que podemos engarzar con el Ciclo Osiriano. El punto de partida común en todas ellas son las aguas primigenias, cubiertas por la más profunda obscuridad. Según las tesis del Dr. H. Brugsch el mundo se formó mediante la palabra y de él surgió un huevo en el que se formó Ra que sería el creador de los otros dioses y de toda vida. El Papiro de Nesi Amsu nos suministra otra versión en esta encontramos a Osiris como el germen de la materia primigenia que se formó a sí mismo con la fuerza de su nombre y a partir de él creó a los otros dioses. Así según esta versión Ra fue creado por Osiris como su ojo para que desde él se rigiera toda la tierra.

Resulta remarcable que en la religión egipcia, como en otras grandes religiones, la creación del universo se consigue mediante un solo acto de voluntad suprema, a partir de la nada, de la obscuridad, del caos original. La religión egipcia introduce dos variantes: la palabra como instrumento de creación y el lodo primigenio. Al leer el fragmento de la creación del mundo en el Libro de los Muertos nos viene a la cabeza el profundo dictum de Julián Marías, pensador español discípulo de Ortega y Gasset, de que la primera manera de interpretar la realidad es nombrarla. Asimismo los antiguos egipcios pensaban que para dominar a un Dios bastaba con conocer su nombre secreto. La mística egipcia confiere, por tanto, un profundo poder creador a la palabra y, en última instancia, al pensamiento que la sostiene, reconciliándose así con las cosmogonías de otras religiones. También el lodo primigenio del que surge la primera materia viva es un elemento compositivo de muchas cosmogonías, sin ir más lejos la judeo-cristiana ya que Yahvé crea al primer hombre, Adán, del barro. Incluso en la misma mitología egipcia encontramos una historia en la que la baba de Ra forma el barro del que Isis creó el áspid.

Retomando el tema de las versiones del ciclo osiriano cabe decir que el único texto completo que nos ha llegado con la historia de Osiris es De Iside et Osiride del historiador griego Plutarco que, a pesar de la identificación de los dioses egipcios con los griegos, algún error y la excesiva dramatización que le confiere al texto, se puede considerar de bastante fiabilidad. Gracias a la comparación entre el texto de Plutarco y los papiros e inscripciones que hacen referencia al mismo mito podemos recomponer, siempre teniendo en cuenta las variaciones más consolidadas, la historia de Osiris:

El mito osiriano

Como en todas las civilizaciones antiguas, la cosmogonía ocupa la primera parte de los textos sagrados egipcios, tratando de explicar con el portento y el relato milagroso todo lo que se escapa del reducido ámbito del conocimiento humano. Como ya hemos visto alguna de las más importantes y sabiendo que hay una gran cantidad de éstas en Egipto pasaremos directamente al nacimiento de Osiris. Los cuatro hijos de Qêb (también Geb), dios de la tierra, y Nut, la diosa del cielo (ambos representados en el dibujo), son dos varones y dos hembras (aunque hay versiones que hablan de un quinto hijo al que se llama Horoeris, incluso hay versiones que aseguran que este hijo era el propio Anubis) nacidos en los cinco días epagómenos que cierran el año y que eran considerados particularmente sagrados. Estos dioses forman la primera generación de seres que viven sobre el suelo de Egipto. Los cuatro primeros dioses se ocupan de esa tierra escogida, velan por ella, o entran en el mundo egipcio para completar el binomio del bien y del mal, de la vida y de la muerte. El primero de los varones y el mayor de los cuatro, Osiris, es el dios de la fecundidad, la divinidad que representa y sustenta la continuidad de la naturaleza; él es quien hace nacer la semilla, quien la madura y quien agosta los campos; Osiris es el principio de la vida misma. Isis, su hermana y esposa, reina en igualdad sobre el extenso dominio del Nilo, en perfecta armonía con su hermano. Isis siempre está a la zaga, tras la invención de todas las artes necesarias para desarrollar la vida: desde la molienda del grano hasta las complejas reglas y leyes de la vida familiar. Neftis, la segunda hermana y la más pequeña de todos, no pudo tener la suerte de Isis la fortuna de ser esposa del buen y hermoso Osiris; por eso Neftis se quedó al margen de la felicidad (según la versión escogida Neftis puede amar a Sêth); también por eso era la representación del resto del país útil, la diosa de las tierras menos afortunadas, las tierras secas junto a los campos de cultivo; las parcelas de secano que no tenían la suerte de ser regularmente anegadas por el agua y el limo del Nilo en sus crecidas anuales. Sêth, el segundo varón (hay textos que lo identifican como primogénito) y el tercero de los hijos, es la criatura que presagió su destino al nacer prematuramente, puesto que abrió el vientre de su madre Nut, haciéndola sufrir cruelmente. Sêth es el dios de la maldad, el espíritu negativo y el representante del desierto sin vida, la personificación de la muerte (todos estos atributos son posteriores, hay dinastías que, por ser Sêth su dios patrono, revitalizaron su culto y ensalzaron sus atributos positivos).

Naturalmente, Sêth odia desde la infancia al primogénito Osiris, ésta es la fábula constante del buen hermano frente al malo; es la leyenda ejemplificante del malo asesinando al bueno, tratando de evitar su neta superioridad, intentando borrar con la muerte la distancia entre ambos. Pero sigamos con la historia de los cuatro hijos de Qêb y Nut: digamos que Sêth se casó con su hermana Neftis (dibujo adyacente) manteniendo la tradición iniciada por sus antecesores divinos. Pero Neftis fue esposa del malvado Sêth a su pesar (o no según versiones), porque ella amaba a Osiris y de este matrimonio no surgió ningún hijo ya que, como es de suponer, Sêth era forzosamente estéril. Pero no sucedió lo mismo con Neftis ya que ella sí consiguió tener un hijo y, precisamente, de Osiris. Para conseguirlo emborrachó a su hermano (hay textos que dicen que Osiris simplemente, la confundió con Isis sin llegar más allá) y yació con él. Ese hijo nacería más tarde y sería conocido con el nombre de Anubis. Tanto amaba Neftis a Osiris y tanto despreciaba a su marido que, cuando se produjo su asesinato la buena y desgraciada Neftis huyó de Sêth, para poder estar al lado del amado junto a su hermana Isis ayudándola en el embalsamamiento. Tras aquel momento, Isis y Neftis iban a permanecer siempre unidas a la muerte, acompañando al piadoso difunto en su tumba, para proporcionarle la ayuda que necesitara al otro lado de la muerte. Al asesinar a Osiris, Sêth sólo consiguió divinizar aún más a su odiado hermano, porque el Osiris triunfante sobre la muerte iba a establecerse como la personificación divina del ciclo, y volvería a nacer y morir eternamente, reinando en la vida eterna y prevaleciendo sobre su traidor hermano en la tierra y ser la figura amada por las dos hermanas Isis y Neftis, la figura adorada y reverenciada por todos los egipcios, la divinidad bondadosa que gobernaba las estaciones y el benéfico Nilo en provecho de los hombres.

No fue demasiado difícil para Sêth el terminar con la vida de su confiado hermano, el rey Osiris, a pesar de la constante vigilancia que mantenía Isis sobre sus idas y venidas, ya que ella sí que conocía a su malvado hermano y no confiaba en absoluto en sus manejos. Después de intentar una y otra vez asesinarlo sin éxito (en otras versiones del mito Sêth mata a Osiris mientras éste cazaba en los marjales) finalmente Sêth urdió un plan que le permitiera burlar a Isis y así mandó construir una caja muy rica y bella, con el tamaño exacto de su hermano. Con la caja en su poder, Sêth organizó una gran fiesta a la que invitó a Isis y Osiris, junto a otros setenta y dos personajes, que no eran otros que sus aliados en su siniestro plan (según Plutarco también le ayudó una mítica reina de Egipto llamada Aso). Terminada la fiesta Sêth comentó que había ideado un juego consistente en ver quién de todos los presentes cabía mejor en aquella magnífica arca y para el afortunado había reservado un grandioso premio. Los invitados provaron suerte, pero ninguno daba el tamaño adecuado, así que le tocó el turno a Osiris y él sí llenó por completo la caja con su cuerpo; pero no había tal premio los presentes se abalanzaron en tropel y encerraron al rey (vivo o muerto) dentro de ella, luego la lanzaron al Nilo y el río arrastró la caja y su carga hasta el mar. Isis salió en persecución del arcón y Neftis se le unió rápidamente en la búsqueda mientras Sêth y sus seis docenas de compinches celebraban precipitadamente la victoria del usurpador. Las dos hermanas mientras tanto daban con la caja en la que había sido encerrado Osiris y comprobaban que ya no era sino un despojo. Con sus tristes lamentos y llantos, las hermanas conmovieron a los dioses y éstos decidieron volver de nuevo a la vida al infortunado Osiris, manándoles que amortajasen su cuerpo embalsamado en vendas, dando así la pauta para el posterior rito funerario, o que reuniesen sus restos para poder insuflar de nuevo la vida en su destrozado cuerpo, según la versión correspondiente.

También se cuenta en otros relatos sagrados, que el arca había salido al mar cuando Isis (representada en el dibujo) llegó a la desembocadura del Nilo y no terminó su viaje sino en la muy lejana costa de Fenicia, yendo a dar contra un tronco que crecía al borde mismo del Mediterráneo, muy cerca de la ciudad de Biblos. El árbol (una erica o tamarindo e incluso un cedro), milagrosamente creció en un instante, englobando el féretro flotante en su tronco para darle el postrer cobijo. Movido por el destino el rey de Biblos vio aquel gigantesco árbol y mandó cortar su tronco y con él ordenó construir una columna para su palacio. Pero Isis supo también el portentoso hecho (según Plutarco mediante la ayuda mágica de los "panes y sátiros" de Chemmis, es decir de los espíritus que acompañaban el nacimiento del sol) y reemprendió el viaje hasta llegar a la ciudad de Biblos en donde reinaban Melqart y Astarté (es decir los dos dioses-ciudades bíblicos como dobles asiáticos de Isis y Osiris). Una vez allí, debido al dulce aroma que Isis exhala, las damas de la corte la toman como nodriza del príncipe niño al que ella alimenta colocándole un dedo en la boca. Por las noches Isis sitúa el niño encima de un "fuego purificador" que va quemando poco a poco la parte humana del niño, mientras, ella vuela con forma de golondrina alrededor de la columna que contiene los restos de Osiris. Una noche la reina descubre a Isis y saca, asustada, al niño de las llamas privándole así de su inmortalidad (posible semejanza con el mito del fuego que hizo invulnerable a Aquiles), Isis entonces se descubre y habla con el rey Melqart que, una vez escuchado su relato ordenó inmediatamente que le fuera devuelta la columna en donde reposaban los restos mortales del buen Osiris. Concedido su deseo y con el pilar en su poder regresó sigilosamente a Egipto, no sin antes tratar de ocultar de la maldad de Sêth el cadáver del infortunado esposo. Pero Sêth, señor de la noche y las tinieblas dio con él y volvió a tratar de terminar con la amenaza que representaba Osiris cortándolo en catorce trozos y haciendo que estos restos fueran dispersados por todo el inmenso e intransitable delta del gran río. De nuevo Isis ayudada por Neftis emprendió la búsqueda de los restos de Osiris en los pantanos del Nilo y uno a uno reunió de nuevo el cadáver. Cuando los hubo conseguido (al parecer no encontró el miembro de Osiris que acabó devorado por los peces del Nilo) tomó la forma de un gran ave de presa y se posó sobre sus despojos, batiendo sus alas hasta que con su aire benefactor insufló una vida renovada en Osiris.

Una versión más fiable relata que consiguió con la ayuda de Anubis preparar a Osiris para la entrada en el Submundo momificándolo con los ritos necesarios. El esposo, una vez resucitado, la tomó (según otras versiones bastó con unos trozos de Osiris) y la buena Isis quedó preñada de Horus, el hijo que habría de vengar el padre asesinado y restauraría el orden divino en Egipto. Pero mientras llegaba el momento del nacimiento de Horus Isis se ocultó de Sêth en los pantanosos terrenos del delta del Nilo (historia que recuerda a las leyendas de Sargón de Akkad o de Moisés ambos ocultos en los marjales).

Osiris retornó al reino de los muertos, pero ya había dejado su semilla en Isis y de ella nació Horus felizmente en Jemnis. Con la presencia devota de su madre fue educado (por Neftis según otra versión) en el mayor de los secretos preparándose con esmero y paciencia para suceder al rey asesinado en su escondite del delta mientras la mágica Isis le cubría con la impenetrable coraza de sus conjuros, esperando hasta que llegase la hora de la venganza definitiva. Y esta hora llegó, pero la lucha entre Sêth y Horus iba a ser larga y angustiosa; una pelea que no parecía tener fin en la que uno y otro contendiente infringían tanto daño como el que recibían de su adversario. Tan penoso era el combate (Sêth perdió su miembro y Horus un ojo, el ojo udjat representado en la foto, poderoso amuleto para los egipcios), que Thout, el dios de la luna y la divinidad del orden y la inteligencia se apiadó de los combatientes, e intervino para mediar en la disputa (según otra versión Horus finalmente venció a Sêth y lo encadenó, pero Isis, apenada de su hermano, lo liberó. Al enterarse Horus, enfurecido, cortó la cabeza de su madre. Thout acudió y curó a Isis, por ello a veces se le representa con cabeza de vaca), llevando a ambos ante el tribunal de los dioses y haciendo aparecer también a Osiris para que todos puedan oír las razones de unos y otros. El tribunal sentencia que en la causa entre Sêth y Osiris, sea Osiris quien recupere el reino que tuvo en vida y añada a su corona la parte del país que originalmente correspondió a su hermano y asesino. En la larga y controvertida vista de la pugna entre Sêth y Horus, que duró nada menos que ochenta años, los jueces celestiales terminaron por fallar el pleito sobre los derechos sucesorios a favor de Horus. El hijo póstumo de Osiris recuperaba lo que le correspondía por su linaje: la sucesión en el trono de Egipto.

Así el hijo era reconocido por la divinidad como el soberano indiscutible dentro de la tradición clásica que adjudicaba a los reyes y a los reinos un sentido de voluntad divina. Por estas dos sentencias Sêth pierde su poder conquistado con malas artes pero no es castigado sino apartado del mundo, Sêth pasa a ser también una divinidad necesaria al ser acogido por Ra, divinidad solar, para que se ocupe en los cielos de alternar la noche con el día y dejen que sean los reyes quienes gobiernen sobre la tierra. Horus a su vez engendra cuatro hijos: Amsiti, Hapi, Tuemeft y Kevsnef; aunque no ser especifica con exactitud quién puede ser la madre, si es que existe tal (hay quiénes dicen que son hijos de Horus y su madre Isis). Estos hijos que acompañarán a Osiris en los juicios a los muertos también cuidan de los cuatro puntos cardinales y se ocupan de velar por las necesidades y la salud de las entrañas de Osiris (de ahí los cuatro vasos canopos donde se guardan los órganos de los muertos).

 

Análisis del personaje de Osiris.

Parece ser que en un principio fue una deidad de la fertilidad relacionada con la luna. Podemos observar en una cripta dedicada a Osiris del templo mayor de Isis en Philae un relieve en el que del cuerpo de la deidad surgen multitud de espigas de trigo que son regadas por un sacerdote; debajo una inscripción declara "esta es su forma innominable, Osiris de los misterios, emana de las almas que vuelven". Sir J. G. Frazer opina que Osiris era una de esas personificaciones de la vegetación cuya muerte anual y resurrección se han celebrado en tantas tierras, que era análogo a Adonis y Attis. Varias leyendas apoyan esta hipótesis: la primera relata que fue el que enseñó al hombre el cultivo del trigo, también se cuenta que fue el creador del cultivo del vino. Además su festival anual empieza con una labranza de la tierra. La historia de que sus restos desmembrados fueron repartidos por toda la tierra puede ser una manera mítica de representar ya sea la siembra ya el aventamiento del trigo. Esta interpretación está apoyada por el hecho de que en la leyenda Isis colocara los miembros cortados de Osiris en un cernedor de trigo. De todas formas esta primera asociación de Osiris pronto perderá todo su sentido al desarrollar éste un fuerte carácter cósmico.

Originalmente Osiris no sería más que un dios local del delta del Nilo. Se cree con bastante seguridad que esta ciudad podría ser Dêdet (también Dêd o Dêdu, según el género), posteriormente llamada por los griegos Busiris, es decir, "el hogar de Osiris". Como prueba de esta paternidad se alzaba allí un pilar de forma extraña con proyecciones circulares en bandas de varios colores. Su jeroglífico, el llamado Djed (en la foto), que representa esta columna, confirma este origen de Osiris en Dêdet.

Así su culto se expandió de Busiris a todo Egipto pero su principal asiento fue Abidos en el Egipto Medio. Dos son los motivos que confieren tanta importancia a esta ciudad. En primer lugar, cuenta la leyenda, que allí fue a parar la cabeza de Osiris después de que Sêth lo despedazara. Otro motivo lo constituye el hallazgo de una antiquísima tumba real de olvidado ocupante en Abidos que, rápidamente fue adjudicada a Osiris y así se dijo que una vez el cuerpo del dios descansó allí. Estos dos motivos bastaron para que se desarrollase en Abidos un enorme cementerio. Todo el mundo quería yacer cerca de donde una vez lo hiciera el dios.

Como ya hemos dicho anteriormente en fecha bastante temprana Osiris se convirtió en una deidad cósmica según nos indican los textos, tanto en papiro como en piedra, en un principio se le adscribieron caracteres solares (como a muchos dioses dada la extraordinaria importancia del sol en Egipto), e incluso, llegó a simbolizar el cielo. Bruscamente, no se observa en las fuentes ninguna evolución, se le adscribieron nuevas funciones y su naturaleza cambió radicalmente. Así se convirtió en la divinidad del cambio más importante: la muerte y fue perfilándose hasta llegar a ser patrón de las almas fallecidas y rey del mundo inferior siendo, al mismo tiempo, señor de la resurrección y de la nueva y eterna vida. Lewis Spence opina que fue su carácter de dios de la fertilidad (mencionado anteriormente) el causante de la adquisición de la presidencia del mundo subterráneo al ser relacionada la fertilidad con el crecimiento, el renacer a una vida después de la muerte. Este patronato le otorga una gran prominencia sobre las muchas divinidades antiguas de la necrópolis (que permanecieron como guardianes locales de los muertos), quienes no tenían nada que ver con la esperanza de resurrección (con excepción de Anubis). Esto explica la gran popularidad de Osiris y su culto.

 

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