Traducciones realizadas

 

 

 

 

Las doce princesas bailarinas

de los Hermanos Grimm

 

 

Había una vez un rey que tenía doce hermosas hijas. Todas ellas dormían en doce camas de una misma habitación y cuando se iban a dormir, las puertas se cerraban con llave. A pesar de ello, cada mañana sus zapatos aparecían tan desgastados, como si hubieran estado bailando con ellos toda la noche. Nadie pudo averiguar lo que pasaba o dónde habían estado las princesas.

 

De modo que el rey hizo saber a todo su reino que a quien descubriese el secreto y averiguase el lugar donde las princesas bailaban durante la noche, le concedería la mano de la que más le gustase y sería rey tras su muerte. Pero a quien no lo consiguiera en tres días con sus tres noches, lo mandaría ejecutar.

 

Pronto llegó el hijo de un rey. Se le agasajó y por la noche fue llevado a la habitación contigua a la de las princesas. Y allí se debía sentar y observar a dónde iban a bailar; y, para que nada pudiera acontecer sin que el lo oyera, se dejó abierta la puerta de su habitación. Pero el hijo del rey se durmió enseguida; y cuando se despertó por la mañana descubrió que las princesas habían estado bailando ya que las suelas de sus zapatos estaban llenas de agujeros.

 

Lo mismo ocurrió la segunda y la tercera noche por lo que el rey ordenó que le cortaran la cabeza.

 

Tras él vinieron otros; mas todos tuvieron la misma suerte y perdieron su vida de la misma manera.

 

Sucedió que un viejo soldado, que había resultado herido en una batalla y que ya no podía luchar, pasaba por el reino, y atravesando un bosque encontró una anciana que le preguntó a dónde se dirigía.

 

Y el soldado dijo: "Casi no sé ni a dónde ir ni qué hacer, pero creo que querría averiguar dónde danzan las princesas y así podría convertirme en rey".

 

"Está bien", dijo la anciana, "ésa no es un tarea muy difícil: sólo has de evitar beber del vino que una de las princesas te ofrecerá por la noche; y en cuanto se marche hazte el dormido".

 

Después le entregó una capa y le dijo, "En cuanto te la pongas te volverás invisible y podrás seguir a las princesas dondequiera que vayan". Cuando el soldado hubo escuchado estos buenos consejos, estaba decidido a probar suerte, de modo que se dirigió al rey y le dijo que deseaba llevar a cabo la prueba.

 

Fue tan bien recibido como los anteriores, y el rey ordenó que se le proporcionaran ropajes reales; y al llegar la noche fue llevado a la habitación exterior.

 

Justo cuando se disponía a tumbarse, la mayor de las princesas le trajo una copa de vino; pero el soldado la tiró sin ser visto, teniendo cuidado de no beber ni una gota. Después se recostó en su cama, y poco después comenzó a roncar ruidosamente como si estuviera profundamente dormido.

 

Al oírlo, las doce princesas se rieron con ganas; y la mayor dijo, "este tío podía haber hecho algo más inteligente que perder su vida de esta forma". Luego se levantaron y abrieron cajas y cajones, sacaron todos sus preciosos trajes, se vistieron frente al espejo, y saltaron como si estuvieran impacientes por comenzar a bailar.

 

Pero la más joven dijo, "No se por qué, pero mientras todas estáis tan felices yo no estoy tranquila; estoy segura que nos va a suceder una desgracia".

 

"¡Qué inocente eres!", dijo la mayor, "siempre tienes miedo; ¿has olvidado cuantos hijos de reyes nos han vigilado en vano? Y en cuanto a este soldado, aunque no le hubiera dado el somnífero se hubiera dormido profundamente".

 

Cuando todas estuvieron listas, fueron a ver al soldado; que roncaba y no se movía un pelo, por lo que pensaron que estaban bastante seguras.

 

Entonces la mayor subió a su cama y batió las palmas, y la cama se hundió en el suelo y se abrió una trampilla. El soldado las vio bajar por la trampilla una tras otra con la mayor liderando el grupo; y pensando que no había tiempo que perder, se incorporó de un salto, se puso la capa que le había dado la anciana y las siguió.

 

Sin embargo, a mitad de las escaleras pisó el vestido de la princesa más joven que gritó a sus hermanas "Esto no va bien, alguien ha cogido mi vestido".

 

"¡Mira que eres tonta!", dijo la mayor, "no es más que un clavo en la pared".

 

Así que bajaron y al final se encontraron en un bosque muy hermoso, en el que las hojas de los árboles eran todas de plata y relucían y tenían un brillo precioso. El soldado quiso coger una prueba del lugar, así que arrancó una ramita que hizo que del árbol saliera un ruido. Entonces la hija menor dijo de nuevo, "estoy segura que esto no va bien, ¿no habéis oído aquel ruido? Nunca había sucedido".

 

Pero la mayor dijo: "son sólo nuestros príncipes que gritan de alegría por nuestra llegada".

 

Llegaron a otro bosquecillo, en el que las hojas eran doradas; y después a un tercero, en el que sus hojas eran diamantes brillantes. Y el soldado arrancó una rama de cada uno; y cada vez se produjo un ruido enorme, que hizo temblar de miedo a  la hermana menor. Mas la hermana mayor continuaba diciendo  que eran los príncipes, que estaban locos de contentos.

 

Continuaron hasta llegar a un gran lago, y en la orilla de éste había doce pequeños botes con dentro doce apuestos príncipes, que parecía estaban esperando a las princesas.

 

En cada bote subió una princesa, subiendo el soldado al de la pequeña. Mientras remaban en el lago, el príncipe que estaba en el bote con la princesa más joven y el soldado dijo, "no se por qué, pero aunque estoy remando con todas mis fuerzas y no vamos tan rápido como siempre y estoy bastante cansado: este bote parece hoy muy pesado".

 

"Es el calor", dijo la princesa, "yo también estoy acalorada".

 

Al otro lado del lago se erguía un bello castillo iluminado del que provenía un alegre música de trompas y trompetas. Llegaron a la orilla y entraron al castillo y cada príncipe bailó con su princesa; y el soldado, que seguía invisible, también bailó con ellos. Cuando a una princesa le servían un copa de vino, él se la bebía de un trago, por lo que cuando la princesa se la llevaba a la boca estaba vacía. Esto también asustó mucho a la hermana pequeña, pero la mayor como siempre le dijo que se callara.

 

Bailaron hasta las tres de la madrugada cuando sus zapatos ya estaban gastados, por lo que tuvieron que regresar. Los príncipes las volvieron a llevar al otro lado del lago (pero esta vez el soldado se colocó en el bote de la princesa mayor); y se despidieron en la otra orilla y las princesas prometieron volver la noche siguiente.

 

Al llegar a las escaleras el soldado salió corriendo antes de las princesas y se tumbó en la cama. Según subían lentamente, las doce cansadas hermanas le oían roncar en su cama y se decían "ahora estamos seguras". Luego se desvistieron, guardaron sus bellas  ropas, se quitaron los zapatos y se fueron a la cama.

 

A la mañana siguiente el soldado no contó nada de lo que había pasado. Pero estaba decidido a continuar observando ésta extraña aventura, por lo que volvió la segunda y la tercera noche. Todo sucedió del mismo modo: las princesas bailaron hasta que los zapatos se destrozaron y luego volvieron a casa. En la tercera noche el soldado se llevó una de las copas de oro como prueba de donde había estado.

 

En cuanto llegó el momento en el que tenía que declarar el secreto, le llevaron ante el rey con las tres ramas y la copa de oro; mientras, las doce princesas estaban detrás de la  puerta intentando oír lo que decía.

 

El rey le preguntó: "¿dónde bailan mis hijas por las noches?".

 

Y el soldado respondió: "con doce príncipes en un castillo subterráneo". Y luego contó al rey lo que sucedía y le mostró las tres ramas y la copa de oro que había traído consigo.

 

El rey llamó a las princesas y les preguntó si lo que había contado el soldado era cierto; y cuando vieron que las habían descubierto y que no tenía sentido negar lo sucedido, lo confesaron todo.

 

Entonces el rey le preguntó al soldado qué princesa elegiría por esposa, y éste contestó, "no soy muy joven, por lo que escogeré a la mayor". Y se casaron ese mismo día y el soldado fue nombrado príncipe heredero.

 

 

 

 

 

“ A Dillon le duele”. Las cartas de la leucemia

 

 

 

 

Dillon está sufriendo mucho hoy y además parece confundido por mi uso del Dragon Naturally Speaking, un programa que te permite dictar al ordenador en lugar de teclear. Es muy doloroso oírle respirar con tanta dificultad y saber que está sufriendo tanto. Yo no se qué hacer y él no puede decirme que es lo que necesita. Es un perro tan maravilloso. Intento rezar la oración budista que Peg me enseñó: líbrate del sufrimiento y de sus causas; relájate; sé feliz y disfruta de los frutos de la felicidad; y eso sólo me da ganas de llorar. Y es lo que hago. Anna dice que se ha levantado por la noche y le dio algo de Tramadol porque estaba respirando muy fuerte. A lo que habría que añadir la inyección de hidromorfina que Anna le puso a las once de la noche (y que suele durar hasta aproximadamente las siete de la mañana).

 

Gracias a todos les que se han interesado por él y por su salud. Él aún se siente bien (es lo que creo); y quien le ha visto también dice que tiene buen aspecto. Pero hoy está muy inquieto. Durante un buen rato no ha sido capaz de estar echado más de un minuto; se levantaba y se me acercaba cada vez que le decía algo al ordenador, como si creyera que le estaba dando una orden o diciéndole algo. Pero ahora está tumbado junto a mi silla y está tranquilo. Estoy contento de que sea capaz de descansar.

 

Voy a terminar esta carta ahora. Por alguna razón, que ocurre a menudo, Jaws no es capaz de leer lo que he dicho en Word a no ser que vaya palabra por palabra. De todas formas, ya os he contado lo principal. Gracias otra vez por interesaos por Dillon; pronto tendréis noticias mías más alegres.

 

Ahora es martes por la noche, y Dillon estaba esperándonos en la puerta cuando hemos vuelto a casa tras irnos a cenar a Asti con Zipporah y Gretchen. Le saqué a pasear y parecía más juguetón y despierto que al mediodía cuando escribí la primera parte de este mensaje. Estoy muy contento de que Dillon parezca sentirse mejor. Continuará.

 

Un abrazo,

 

John, Anna y Dillon

 

 

 

 

 

Alicia en el país de las maravillas

de Lewis Carroll

 

 

CAPÍTULO I

 

Bajando por la madriguera del conejo

 

Alicia se estaba empezando a cansar de estar sentada con su hermana en la orilla y de no tener nada que hacer: una o dos veces había mirado a hurtadillas el libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía ni dibujos ni conversaciones, y pensó Alicia “¿qué interés tiene un libro sin dibujos ni conversaciones?”

 

De modo que se puso a pensar (lo mejor que pudo, ya que el día caluroso le daba sueño y le atontaba), si el gusto de  hacer una guirnalda de margaritas merecería el esfuerzo de levantarse y coger las margaritas, cuando de repente un Conejo Blanco con ojos rosas corrió junto a ella.

 

No había nada tan sorprendente en aquello; ni Alicia pensó que fuera demasiado raro oír al Conejo decir para sí “¡Ostras! ¡Ostras! ¡Llego demasiado tarde!” (cuando lo pensó después, creyó que tal cosa debía haberle sorprendido, pero en su momento le pareció bastante normal); pero cuado el Conejo realmente sacó un reloj del bolsillo del chaleco, y lo miró, y después se fue corriendo, Alicia se puso de pie, pues se le pasó por la mente que nunca antes había visto a un conejo ni con bolsillo de chaleco, ni con un reloj que sacarse de éste, y, como le quemaba la curiosidad, corrió tras él por el campo, llegando justo a tiempo para verle introducirse de un salto en una gran madriguera bajo el seto.

 

Momentos después la siguió Alicia, sin pensar ni un momento cómo narices podría salir luego de allí.

 

La madriguera continuaba durante un tramo en línea recta como un túnel para después bajar de repente, tan de repente que Alicia, antes de poder pensar en cómo pararse, se vio cayendo en lo que parecía un pozo muy profundo.

 

O el pozo era muy profundo, o ella caía muy despacio, ya que tuvo mucho tiempo según bajaba para mirar a su alrededor y preguntarse que es lo que iba a pasar después.  Primero, probó a mirar hacia abajo y vislumbrar adonde se dirigía, pero estaba muy oscuro para ver algo; luego miró a los lados del pozo, y se dio cuenta que estaban llenos de armarios y estanterías; aquí y allí vio mapas y cuadros colgados de ganchos. Al pasar cogió un tarro de uno de los estantes: tenía en la etiqueta “MERMELADA DE NARANJA”, pero le desilusionó que estuviera vacío. No quería dejar caer el tarro por miedo de matar a alguien que estuviera abajo, así que se las arregló para dejarlo en uno de los armarios según iba cayendo.

 

“¡Bien!” pensó Alicia para sí. “¡Después de una caída como ésta, no volveré a tener miedo de caerme por las escaleras! ¡Qué valiente me creerán en casa! ¡Porque no diré nada de esto, aunque me caiga desde el tejado!” (Lo que era muy probable que sucediera.)

 

Bajaba, bajaba, bajaba. ¿Alguna vez se acabaría  esta caída? “Me pregunto cuántas millas habré caído” dijo en voz alta. “Debo estar llegando cerca del centro de la tierra. Veamos, eso serían unas cuatro mil millas hacia abajo, creo-“ (ya que, como puedes comprobar, Alicia había aprendido varias cosas de ese tipo en clase, y aunque no era una ocasión muy buena para presumir de sus conocimientos, ya que no había nadie que la pudiese oír, de todas formas era un buen ejercicio decirlo en voz alta) “-sí, tiene que ser la distancia correcta- pero luego me pregunto ¿en qué Latitud o Longitud estoy?” (Alicia no tenía la menor idea de lo que era la Latitud o la Longitud pero creía que quedaban muy bien.)

 

Pronto comenzó de nuevo. “¡Y si caigo justo al otro lado de la tierra! ¡Qué divertido resultaría aparecer en medio de gentes que caminan cabeza abajo! Las antipáticas, creo-“(le gustaba que nadie estuviese escuchando ahora, ya que no parecía en absoluto la palabra correcta) “-pero debería preguntarles cual es el nombre del país. Me permite Señora, ¿estamos en Nueva Zelanda? ¿O en Australia? (y probaba a hacer una reverencia según hablaba- ¡te imaginas, hacer una reverencia mientras vas cayendo por el aire! ¿Piensas que serías capaz de hacerlo?) “¡Y van a pensar que soy una niña muy ignorante por preguntarlo! No, no preguntaré, quizá lo vea por ahí escrito.

 

Bajar, bajar, bajar. No se podía hacer otra cosa, por lo que Alicia pronto se puso de nuevo a hablar. “Dinah me va a echar mucho de menos esta noche, ¡debería pensar en algo!” (Dinah era el gato.) “Espero que recuerden darle su platito de leche a la hora del té. ¡Dinah, mi cielo! ¡Ojala estuvieras aquí abajo conmigo! Me temo que no hay ratones por el aire, pero sabes que podrías atrapar un murciélago. Pero ¿los gatos comen murciélagos?” Y en este momento a Alicia le empezó a entrar bastante sueño, y se puso a hablar en voz alta, como en un sueño, “¿Los gatos comen murciélagos? ¿Los gatos comen murciélagos?” y a veces “¿Los murciélagos comen gatos?”, dado que, como puedes ver, como no sabía contestar a ninguna de esas preguntas, daba bastante igual cómo las formulase. Sintió que se estaba quedando dormida y que había comenzado a soñar que estaba caminando de la mano con Dinah, y se decía para sí, muy seriamente, “Ahora Dinah dime la verdad, ¿alguna vez te has comido un murciélago?”, cuando de repente, ¡plof! ¡plof! cayó sobre un montón de ramitas y hojas secas y se acabó la bajada. 

 

 

 

Ulises

de James Joyce

 

 

 

El rechoncho Buck Mulligan llegó  majestuoso desde el rellano, llevando una palangana de espuma en el que se disponían cruzados un espejo y una cuchilla. Un batín amarillo desatado estaba suspendido levemente en el aire apacible de la mañana. Alzó la palangana y entonó:

 

- Introibo ad altare Dei.

 

Inmóvil, miró con dificultad hacia la oscura escalera de caracol y bramó:

 

- ¡Sube Kinch! Sube, jesuita temeroso.

 

Solemnemente se acercó y subió a la prominente tronera. Miró alrededor y bendijo tres veces la torre, las tierras circundantes y las montañas al despertar el día.

 

 

Entonces, viendo a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y dibujó rápidas cruces en el aire, carraspeando y sacudiendo la cabeza. Stephen Dedalus, molesto y somnoliento, apoyó sus brazos en la parte superior de la escalera y miró fríamente a la cara que se sacudía y carraspeaba que le había bendecido, equina en su longitud, y al cabello ralo y sin tonsurar, rasurado y con una tez como de roble pálido.

 

Buck Mulligan miró un instante bajo el espejo y después cubrió rápidamente la palangana.

 

- ¡Vuelve al cuartel!, dijo con severidad.

 

Añadió en un tono de predicador:

 

-  Porque esta, queridos hermanos, es la genuina Christine: cuerpo y alma y sangre y vísceras. Por favor, música solemne. Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Un pequeño problemilla con esos blancos corpúsculos. Silencio, todos.

Miró arriba en derredor y emitió un largo silbido de llamada, luego hizo un momento de pausa absorto, sus dientes blancos y uniformes relucientes aquí y allí con puntos dorados. Chrysostomos. Dos fuertes silbidos estridentes contestaron a través de la calma.

 

-  Gracias, querido amigo, gritó enérgicamente. Eso resultará bien. ¿Por qué no desconectas la corriente?

Saltó la tronera (o cureña según otros diccionarios) y miró con gravedad a su observador, recogiendo en torno a sus piernas los pliegues de la bata. El rostro rollizo y ojeroso y la mandíbula triste y ovalada recordaban a un prelado, un mecenas de la edad media. Una agradable sonrisa se esbozó sobre sus labios.

 

-  ¡Qué ridículo!, dijo alegremente. ¡Tu nombre absurdo, un antiguo griego!

Apuntó con su dedo bromeando amistosamente y se dirigió al parapeto, riéndose para sí. Stephen Dedalus subió las escaleras, le siguió cansinamente a medio camino y se sentó en el borde de la tronera, mojó el cepillo en la palangana y se dio espuma en mejillas y cuello.

 

La alegre voz de Buck Mulligan continuó.

 

-  Mi nombre también es absurdo: Malachi Mulligan, dos dáctilos. ¿Pero tiene o no un anillo heleno? Animado y soleado como el mismo venado. Tenemos que ir a Atenas. ¿Vendrías si puedo sablear veinte libras de la tía?

Dejó el cepillo a un lado y, riendo con deleite, exclamó:

 

-  ¿Vendrá? ¡El jesuita aburrido!

Luego, comenzó a afeitarse con cuidado.

 

-  Dime, Mulligan, dijo suavemente Stephen.

-  ¿Sí, mi amor?

-  ¿Cuánto tiempo va a quedarse Haines en esta torre?

Buck Mulligan dejaba ver una mejilla afeitada por encima de su hombro derecho.

 

-  Dios, ¿no es terrible?, dijo con franqueza. Un sajón ponderoso. Piensa que no eres un caballero. Dios, ¡estos jodidos ingleses! Revientan de dinero y de indigestión. Porque el es de Oxford. No puede entenderte. Oh, el nombre que yo te pongo es el mejor: Kinch, la hoja del cuchillo.

Se afeitó la barbilla con cuidado.

 

-  Se pasó toda la noche delirando sobre una pantera negra, dijo Stephen. ¿Dónde está la funda de su pistola

-  ¡Un triste lunático!, dijo Mulligan. ¿Estabas desanimado?

-  Lo estaba, dijo Stephen con energía y un miedo creciente. Ahí fuera en la oscuridad con un hombre que no conozco delirando y gimiendo para sí sobre disparar a una pantera negra. Salvas a hombres de ahogarse. Sin embargo, no soy un héroe. Si el se queda, yo me voy.

Buck Mulligan frunció el ceño ante la espuma en su cuchilla. Saltó hacia abajo desde su percha y comenzó a buscar apresuradamente en los bolsillos del pantalón.

 

-  ¡Scutter!, gritó groseramente.

Se encaminó hacia la tronera y, metió la mano en el bolsillo superior de Stephen y dijo:

 

-  Déjanos tu sacamocos para limpiar la cuchilla.

Stephen le aguantó como le sacaba y mostraba en alto por una esquina un pañuelo sucio y arrugado. Buck Mulligan limpió la cuchilla con esmero. Entonces, mirando fijamente por encima del pañuelo, dijo:

 

-  ¡El sacamocos del bardo! Un nuevo color artístico para nuestros poetas irlandeses: el verde moco. Casi se puede probar, ¿o no?

Subió de nuevo al parapeto y miró sobre la bahía de Dublín, su pelo rubio como roble pálido moviéndose suavemente.

 

-       ¡Dios!, dijo en voz baja. ¿No es el mar al que Algy llama una madre grande y dulce? El mar verde moco. El mar aprietaescrotos. Epi oinopa ponton. ¡Ah, Dedalus, los griegos! He de enseñarte. Debes leerlo en el original. ¡Thalatta! ¡Thalatta! Es nuestra madre grande y dulce. Ven y mírala.


Palabras buscadas en el diccionario

 

 

 

The twelve dancing princesses

 

 

To wear through

 

King’s son

 

To entertain sb

 

Heartily (laugh)

 

To skip

 

To feel uneasy

 

Mischance

 

Simpleton

 

Not to stir hand or foot

 

To tread

 

Gown

 

To take hold of sth

 

Grove (of trees)

 

To glitter

 

To sparkle

 

Token

 

To land

 

To take leave of sb

 

To pull off (shoes)

 

 

 

The leukemia letters (Dillon in pain)

 

 

To pant

 

May you be free from sth

 

To be at ease

 

Shot (noun)

 

The essentials

 

Frisky

 

 

 

 

Alice’s Adventures in Wonderland

 

 

Rabbit-Hole

 

Bank

 

To peep

 

Daisy-chain

 

Remarkable

 

To do sth out of the way

 

To occur to sb

 

To start to sb’s feet

 

To flash across sb’s mind

 

To burn with sth

 

To pop (down)

 

To dip

 

Well (noun)

 

Peg

 

To drop

 

Shall think nothing of sth

 

To tumble

 

School-room

 

To say sth over

 

Presently

 

To curtsey

 

To fancy

 

It’ll never do to do sth

 

Written up

 

Saucer

 

It didn’t matter which way she put it

 

To doze off

 

Hand in hand

 

Earnestly

 

Thump!

 

Heap

 

Stick

 

 

 

Ulysses

 

 

A hard bone to chew

 

Stately

 

Plump

 

Stairhead

 

Lather

 

Ungirdled

 

Mild

 

Aloft

 

Introibo ad altare Dei

 

Halted

 

To peer

 

Winding (stairs)

 

Coarsely

 

To mount

 

Gunrest

 

To face about

 

Thrice

 

Awaking (mountains)

 

To gurgle

 

Equine

 

Untonsured (hair)

 

Grained

 

Hued

 

Smartly

 

Sternly

 

O dearly beloved

 

Ouns

 

To peer sideways up

 

Awhile

 

Rapt (attention)

 

Chap

 

Briskly

 

That will do

 

Watcher

 

Sullen

 

Jowl

 

Prelate

 

Patron of arts

 

The mockery of it!

 

Jest

 

Parapet

 

To prop sth

 

Dactyl

 

Hellenic ring

 

Tripping

 

Buck

 

To fork out

 

Jejune

 

Ponderous

 

To burst with sth

 

Knife-blade

 

Warily

 

To rave

 

Guncase

 

Woful

 

To be in a funk

 

To thrust

 

Noserag

 

To suffer sb

 

To gaze

 

Snotgreen (snot)

 

Fair

 

Scrotumtightening (scrotum)

 

Epi oinopa pontoon

 

Thalatta

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

Diccionarios consultados

 

 

 

Collins English Dictionary. 9th ed. Glasgow: Collins, 2007.

 

Diccionario Oxford Español-Inglés, Inglés-Español. Nueva York: OUP, 1994.

 

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. 21ª ed. Madrid: Espasa Calpe, 1992.

 

Moliner, María. Diccionario de uso del español. 2ª ed. Madrid: Gredos, 1998.

 

Oxford English Dictionary online. OUP. 23/11/2007. <http://www.oed.com>.

 

Oxford Dictionaries Online. OUP. 23/11/2007. <http://www.askoxford.com>.

 

Cambridge Dictionaries Online. CUP. 23/11/2007. <http://dictionary.cambridge.org>.

 

Wordreference dictionaries. Bilingual and monolingual. 23/11/2007. <http://www.wordreference.com>.

 

Onelook. Buscador de diccionarios. 23/11/2007. <http://www.onelook.com>.

 

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. Actualizado. 23/11/2007.  <http://buscon.rae.es/draeI>.

 

 

 

 

 

 

 


Otras consultas

 

 

 

“Ulysses.” Wikipedia: The Free Encyclopedia. 23/11/2007.  <http://en.wikipedia.org/wiki/Ulysses_(novel)>.

 

“Ch 1 (Telemachus)” Advanced notes for Ulysses. 23/11/2007. <http://www.robotwisdom.com/jaj/ulysses/notes01.html>.

 

Martello Tower.” Wikipedia: The Free Encyclopedia. 23/11/2007. <http://en.wikipedia.org/wiki/Martello_tower>.

 

 

Fotos dentro de la torre Martello de Sandycove (la del Ulysses). 23/11/2007. <http://www.photo-zen.com/dublin-photos-02.html>.

 

 

 

 

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