Traducciones realizadas
Las doce
princesas bailarinas
de los Hermanos Grimm
Había una vez un rey que tenía doce
hermosas hijas. Todas ellas dormían en doce camas de una misma habitación y
cuando se iban a dormir, las puertas se cerraban con llave. A pesar de ello,
cada mañana sus zapatos aparecían tan desgastados, como si hubieran estado
bailando con ellos toda la noche. Nadie pudo averiguar lo que pasaba o dónde habían
estado las princesas.
De modo que el rey hizo saber a todo
su reino que a quien descubriese el secreto y averiguase el lugar donde las
princesas bailaban durante la noche, le concedería la mano de la que más le
gustase y sería rey tras su muerte. Pero a quien no lo consiguiera en tres días
con sus tres noches, lo mandaría ejecutar.
Pronto llegó el hijo de un rey. Se
le agasajó y por la noche fue llevado a la habitación contigua a la de las
princesas. Y allí se debía sentar y observar a dónde iban a bailar; y, para que
nada pudiera acontecer sin que el lo oyera, se dejó abierta la puerta de su
habitación. Pero el hijo del rey se durmió enseguida; y cuando se despertó por
la mañana descubrió que las princesas habían estado bailando ya que las suelas de
sus zapatos estaban llenas de agujeros.
Lo mismo ocurrió la segunda y la
tercera noche por lo que el rey ordenó que le cortaran la cabeza.
Tras él vinieron otros; mas todos
tuvieron la misma suerte y perdieron su vida de la misma manera.
Sucedió que un viejo soldado, que
había resultado herido en una batalla y que ya no podía luchar, pasaba por el
reino, y atravesando un bosque encontró una anciana que le preguntó a dónde se
dirigía.
Y el soldado dijo: "Casi no sé
ni a dónde ir ni qué hacer, pero creo que querría averiguar dónde danzan las
princesas y así podría convertirme en rey".
"Está bien", dijo la
anciana, "ésa no es un tarea muy difícil: sólo has de evitar beber del
vino que una de las princesas te ofrecerá por la noche; y en cuanto se marche
hazte el dormido".
Después le entregó una capa y le
dijo, "En cuanto te la pongas te volverás invisible y podrás seguir a las
princesas dondequiera que vayan". Cuando el soldado hubo escuchado estos
buenos consejos, estaba decidido a probar suerte, de modo que se dirigió al rey
y le dijo que deseaba llevar a cabo la prueba.
Fue tan bien recibido como los
anteriores, y el rey ordenó que se le proporcionaran ropajes reales; y al
llegar la noche fue llevado a la habitación exterior.
Justo cuando se disponía a tumbarse,
la mayor de las princesas le trajo una copa de vino; pero el soldado la tiró
sin ser visto, teniendo cuidado de no beber ni una gota. Después se recostó en
su cama, y poco después comenzó a roncar ruidosamente como si estuviera profundamente
dormido.
Al oírlo, las doce princesas se
rieron con ganas; y la mayor dijo, "este tío podía haber hecho algo más
inteligente que perder su vida de esta forma". Luego se levantaron y
abrieron cajas y cajones, sacaron todos sus preciosos trajes, se vistieron
frente al espejo, y saltaron como si estuvieran impacientes por comenzar a
bailar.
Pero la más joven dijo, "No se
por qué, pero mientras todas estáis tan felices yo no estoy tranquila; estoy
segura que nos va a suceder una desgracia".
"¡Qué inocente eres!",
dijo la mayor, "siempre tienes miedo; ¿has olvidado cuantos hijos de reyes
nos han vigilado en vano? Y en cuanto a este soldado, aunque no le hubiera dado
el somnífero se hubiera dormido profundamente".
Cuando todas estuvieron listas,
fueron a ver al soldado; que roncaba y no se movía un pelo, por lo que pensaron
que estaban bastante seguras.
Entonces la mayor subió a su cama y
batió las palmas, y la cama se hundió en el suelo y se abrió una trampilla. El
soldado las vio bajar por la trampilla una tras otra con la mayor liderando el
grupo; y pensando que no había tiempo que perder, se incorporó de un salto, se
puso la capa que le había dado la anciana y las siguió.
Sin embargo, a mitad de las
escaleras pisó el vestido de la princesa más joven que gritó a sus hermanas
"Esto no va bien, alguien ha cogido mi vestido".
"¡Mira que eres tonta!",
dijo la mayor, "no es más que un clavo en la pared".
Así que bajaron y al final se
encontraron en un bosque muy hermoso, en el que las hojas de los árboles eran
todas de plata y relucían y tenían un brillo precioso. El soldado quiso coger
una prueba del lugar, así que arrancó una ramita que hizo que del árbol saliera
un ruido. Entonces la hija menor dijo de nuevo, "estoy segura que esto no
va bien, ¿no habéis oído aquel ruido? Nunca había sucedido".
Pero la mayor dijo: "son sólo
nuestros príncipes que gritan de alegría por nuestra llegada".
Llegaron a otro bosquecillo, en el
que las hojas eran doradas; y después a un tercero, en el que sus hojas eran
diamantes brillantes. Y el soldado arrancó una rama de cada uno; y cada vez se
produjo un ruido enorme, que hizo temblar de miedo a la hermana menor. Mas la hermana mayor
continuaba diciendo que eran los
príncipes, que estaban locos de contentos.
Continuaron hasta llegar a un gran
lago, y en la orilla de éste había doce pequeños botes con dentro doce apuestos
príncipes, que parecía estaban esperando a las princesas.
En cada bote subió una princesa,
subiendo el soldado al de la pequeña. Mientras remaban en el lago, el príncipe
que estaba en el bote con la princesa más joven y el soldado dijo, "no se
por qué, pero aunque estoy remando con todas mis fuerzas y no vamos tan rápido
como siempre y estoy bastante cansado: este bote parece hoy muy pesado".
"Es el calor", dijo la
princesa, "yo también estoy acalorada".
Al otro lado del lago se erguía un
bello castillo iluminado del que provenía un alegre
música de trompas y trompetas. Llegaron a la orilla y entraron al castillo y
cada príncipe bailó con su princesa; y el soldado, que seguía invisible,
también bailó con ellos. Cuando a una princesa le servían un copa de vino, él
se la bebía de un trago, por lo que cuando la princesa se la llevaba a la boca
estaba vacía. Esto también asustó mucho a la hermana pequeña, pero la mayor
como siempre le dijo que se callara.
Bailaron hasta las tres de la
madrugada cuando sus zapatos ya estaban gastados, por lo que tuvieron que
regresar. Los príncipes las volvieron a llevar al otro lado del lago (pero esta
vez el soldado se colocó en el bote de la princesa mayor); y se despidieron en
la otra orilla y las princesas prometieron volver la noche siguiente.
Al llegar a las escaleras el soldado
salió corriendo antes de las princesas y se tumbó en la cama. Según subían
lentamente, las doce cansadas hermanas le oían roncar en su cama y se decían
"ahora estamos seguras". Luego se desvistieron, guardaron sus
bellas ropas, se quitaron los zapatos y
se fueron a la cama.
A la mañana siguiente el soldado no
contó nada de lo que había pasado. Pero estaba decidido a continuar observando
ésta extraña aventura, por lo que volvió la segunda y la tercera noche. Todo
sucedió del mismo modo: las princesas bailaron hasta que los zapatos se
destrozaron y luego volvieron a casa. En la tercera noche el soldado se llevó
una de las copas de oro como prueba de donde había estado.
En cuanto llegó el momento en el que
tenía que declarar el secreto, le llevaron ante el rey con las tres ramas y la
copa de oro; mientras, las doce princesas estaban detrás de la puerta intentando oír lo que decía.
El rey le preguntó: "¿dónde
bailan mis hijas por las noches?".
Y el soldado respondió: "con
doce príncipes en un castillo subterráneo". Y luego contó al rey lo que
sucedía y le mostró las tres ramas y la copa de oro que había traído consigo.
El rey llamó a las princesas y les
preguntó si lo que había contado el soldado era cierto; y cuando vieron que las
habían descubierto y que no tenía sentido negar lo sucedido, lo confesaron
todo.
Entonces el rey le preguntó al
soldado qué princesa elegiría por esposa, y éste contestó, "no soy muy
joven, por lo que escogeré a la mayor". Y se casaron ese mismo día y el
soldado fue nombrado príncipe heredero.
“ A Dillon le duele”. Las cartas de la leucemia
Dillon está sufriendo mucho hoy y además parece confundido por mi uso del Dragon Naturally Speaking, un programa que te permite dictar al ordenador en
lugar de teclear. Es muy doloroso oírle respirar con tanta dificultad y saber
que está sufriendo tanto. Yo no se qué hacer y él no puede decirme que es lo
que necesita. Es un perro tan maravilloso. Intento rezar la oración budista que
Peg me enseñó: líbrate del sufrimiento y de sus
causas; relájate; sé feliz y disfruta de los frutos de la felicidad; y eso sólo
me da ganas de llorar. Y es lo que hago. Anna dice que se ha levantado por la
noche y le dio algo de Tramadol porque estaba
respirando muy fuerte. A lo que habría que añadir la inyección de hidromorfina que Anna le puso a las once de la noche (y que
suele durar hasta aproximadamente las siete de la mañana).
Gracias a todos les que se han interesado por él y por su salud. Él aún se
siente bien (es lo que creo); y quien le ha visto también dice que tiene buen
aspecto. Pero hoy está muy inquieto. Durante un buen rato no ha sido capaz de
estar echado más de un minuto; se levantaba y se me acercaba cada vez que le
decía algo al ordenador, como si creyera que le estaba dando una orden o
diciéndole algo. Pero ahora está tumbado junto a mi silla y está tranquilo.
Estoy contento de que sea capaz de descansar.
Voy a terminar esta carta ahora. Por alguna razón, que ocurre a menudo, Jaws no es capaz de leer lo que he dicho en Word a no ser
que vaya palabra por palabra. De todas formas, ya os he contado lo principal.
Gracias otra vez por interesaos por Dillon; pronto
tendréis noticias mías más alegres.
Ahora es martes por la noche, y Dillon estaba
esperándonos en la puerta cuando hemos vuelto a casa tras irnos a cenar a Asti
con Zipporah y Gretchen. Le
saqué a pasear y parecía más juguetón y despierto que al mediodía cuando
escribí la primera parte de este mensaje. Estoy muy contento de que Dillon parezca sentirse mejor. Continuará.
Un abrazo,
John, Anna y Dillon
Alicia en el país de las maravillas
de Lewis Carroll
CAPÍTULO I
Bajando por la madriguera del conejo
Alicia se estaba empezando a cansar de estar sentada con su hermana en la
orilla y de no tener nada que hacer: una o dos veces había mirado a hurtadillas
el libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía ni dibujos ni
conversaciones, y pensó Alicia “¿qué interés tiene un libro sin dibujos ni
conversaciones?”
De modo que se puso a pensar (lo mejor que pudo, ya que el día caluroso le
daba sueño y le atontaba), si el gusto de
hacer una guirnalda de margaritas merecería el esfuerzo de levantarse y
coger las margaritas, cuando de repente un Conejo Blanco con ojos rosas corrió
junto a ella.
No había nada tan sorprendente en
aquello; ni Alicia pensó que fuera demasiado
raro oír al Conejo decir para sí “¡Ostras! ¡Ostras! ¡Llego demasiado tarde!”
(cuando lo pensó después, creyó que tal cosa debía haberle sorprendido, pero en
su momento le pareció bastante normal); pero cuado el
Conejo realmente sacó un reloj del
bolsillo del chaleco, y lo miró, y después se fue corriendo, Alicia se puso
de pie, pues se le pasó por la mente que nunca antes había visto a un conejo ni
con bolsillo de chaleco, ni con un reloj que sacarse de éste, y, como le
quemaba la curiosidad, corrió tras él por el campo, llegando justo a tiempo
para verle introducirse de un salto en una gran madriguera bajo el seto.
Momentos después la siguió Alicia, sin pensar ni un momento cómo narices
podría salir luego de allí.
La madriguera continuaba durante un tramo en línea recta como un túnel para
después bajar de repente, tan de repente que Alicia, antes de poder pensar en
cómo pararse, se vio cayendo en lo que parecía un pozo muy profundo.
O el pozo era muy profundo, o ella caía muy despacio, ya que tuvo mucho
tiempo según bajaba para mirar a su alrededor y preguntarse que es lo que iba a
pasar después. Primero, probó a mirar
hacia abajo y vislumbrar adonde se dirigía, pero estaba muy oscuro para ver
algo; luego miró a los lados del pozo, y se dio cuenta que estaban llenos de
armarios y estanterías; aquí y allí vio mapas y cuadros colgados de ganchos. Al
pasar cogió un tarro de uno de los estantes: tenía en la etiqueta “MERMELADA DE
NARANJA”, pero le desilusionó que estuviera vacío. No quería dejar caer el
tarro por miedo de matar a alguien que estuviera abajo, así que se las arregló
para dejarlo en uno de los armarios según iba cayendo.
“¡Bien!” pensó Alicia para sí. “¡Después de una caída como ésta, no volveré
a tener miedo de caerme por las escaleras! ¡Qué valiente me creerán en casa!
¡Porque no diré nada de esto, aunque me caiga desde el tejado!” (Lo que era muy
probable que sucediera.)
Bajaba, bajaba, bajaba. ¿Alguna vez
se acabaría esta caída? “Me pregunto
cuántas millas habré caído” dijo en voz alta. “Debo estar llegando cerca del
centro de la tierra. Veamos, eso serían unas cuatro mil millas hacia abajo,
creo-“ (ya que, como puedes comprobar, Alicia había
aprendido varias cosas de ese tipo en clase, y aunque no era una ocasión muy buena para presumir de sus
conocimientos, ya que no había nadie que la pudiese oír, de todas formas era un
buen ejercicio decirlo en voz alta) “-sí, tiene que ser la distancia correcta-
pero luego me pregunto ¿en qué Latitud o Longitud estoy?” (Alicia no tenía la
menor idea de lo que era
Pronto comenzó de nuevo. “¡Y si caigo justo al otro lado de la tierra! ¡Qué divertido resultaría aparecer en
medio de gentes que caminan cabeza abajo! Las antipáticas, creo-“(le gustaba
que nadie estuviese escuchando ahora,
ya que no parecía en absoluto la palabra correcta) “-pero debería preguntarles
cual es el nombre del país. Me permite Señora, ¿estamos en Nueva Zelanda? ¿O en
Australia? (y probaba a hacer una reverencia según hablaba- ¡te imaginas, hacer una reverencia mientras vas
cayendo por el aire! ¿Piensas que serías capaz de hacerlo?) “¡Y van a pensar
que soy una niña muy ignorante por preguntarlo! No, no preguntaré, quizá lo vea
por ahí escrito.
Bajar, bajar, bajar. No se podía hacer otra cosa, por lo que Alicia pronto
se puso de nuevo a hablar. “Dinah me va a echar mucho
de menos esta noche, ¡debería pensar en algo!” (Dinah
era el gato.) “Espero que recuerden darle su platito de leche a la hora del té.
¡Dinah, mi cielo! ¡Ojala estuvieras aquí abajo
conmigo! Me temo que no hay ratones por el aire, pero sabes que podrías atrapar
un murciélago. Pero ¿los gatos comen murciélagos?” Y en este momento a Alicia
le empezó a entrar bastante sueño, y se puso a hablar en voz alta, como en un
sueño, “¿Los gatos comen murciélagos? ¿Los gatos comen murciélagos?” y a veces
“¿Los murciélagos comen gatos?”, dado que, como puedes ver, como no sabía contestar
a ninguna de esas preguntas, daba bastante igual cómo las formulase. Sintió que
se estaba quedando dormida y que había comenzado a soñar que estaba caminando
de la mano con Dinah, y se decía para sí, muy
seriamente, “Ahora Dinah dime la verdad, ¿alguna vez
te has comido un murciélago?”, cuando de repente, ¡plof!
¡plof! cayó sobre un montón
de ramitas y hojas secas y se acabó la bajada.
Ulises
de James Joyce
El rechoncho Buck Mulligan
llegó majestuoso desde el rellano, llevando
una palangana de espuma en el que se disponían cruzados un espejo y una
cuchilla. Un batín amarillo desatado estaba suspendido levemente en el aire
apacible de la mañana. Alzó la palangana y entonó:
- Introibo ad altare Dei.
Inmóvil, miró con dificultad hacia la oscura escalera de caracol y bramó:
- ¡Sube Kinch! Sube, jesuita
temeroso.
Solemnemente se acercó y subió a la prominente tronera. Miró alrededor y bendijo tres veces la torre,
las tierras circundantes y las montañas al despertar el día.
Entonces, viendo a Stephen Dedalus,
se inclinó hacia él y dibujó rápidas cruces en el aire, carraspeando y
sacudiendo la cabeza. Stephen Dedalus, molesto y
somnoliento, apoyó sus brazos en la parte superior de la escalera y miró
fríamente a la cara que se sacudía y carraspeaba que le había bendecido, equina
en su longitud, y al cabello ralo y sin tonsurar, rasurado y con una tez como
de roble pálido.
Buck Mulligan
miró un instante bajo el espejo y después cubrió rápidamente la palangana.
- ¡Vuelve al cuartel!, dijo
con severidad.
Añadió en un tono de predicador:
-
Porque esta, queridos hermanos, es la genuina
Christine: cuerpo y alma y sangre y vísceras. Por favor, música solemne.
Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Un pequeño problemilla con esos
blancos corpúsculos. Silencio, todos.
Miró arriba en derredor y emitió un largo silbido
de llamada, luego hizo un momento de pausa absorto, sus dientes blancos y
uniformes relucientes aquí y allí con puntos dorados. Chrysostomos.
Dos fuertes silbidos estridentes contestaron a través de la calma.
-
Gracias, querido amigo, gritó enérgicamente. Eso
resultará bien. ¿Por qué no desconectas la corriente?
Saltó la tronera (o cureña según otros diccionarios) y miró con gravedad
a su observador, recogiendo en torno a sus piernas los pliegues de la bata. El
rostro rollizo y ojeroso y la mandíbula triste y ovalada recordaban a un
prelado, un mecenas de la edad media. Una agradable sonrisa se esbozó sobre sus
labios.
-
¡Qué ridículo!, dijo alegremente. ¡Tu nombre
absurdo, un antiguo griego!
Apuntó con su dedo bromeando amistosamente y se
dirigió al parapeto, riéndose para sí. Stephen Dedalus
subió las escaleras, le siguió cansinamente a medio camino y se sentó en el
borde de la tronera, mojó el cepillo en la palangana y se dio espuma en
mejillas y cuello.
La alegre voz de Buck Mulligan continuó.
-
Mi nombre también es absurdo: Malachi
Mulligan, dos dáctilos. ¿Pero tiene o no un anillo
heleno? Animado y soleado como el mismo venado. Tenemos que ir a Atenas.
¿Vendrías si puedo sablear veinte libras de la tía?
Dejó el cepillo a un lado y, riendo con deleite, exclamó:
-
¿Vendrá? ¡El jesuita aburrido!
Luego, comenzó a afeitarse con cuidado.
-
Dime, Mulligan, dijo
suavemente Stephen.
-
¿Sí, mi amor?
-
¿Cuánto tiempo va a quedarse Haines
en esta torre?
Buck Mulligan
dejaba ver una mejilla afeitada por encima de su hombro derecho.
-
Dios, ¿no es terrible?, dijo con franqueza. Un
sajón ponderoso. Piensa que no eres un caballero. Dios, ¡estos jodidos
ingleses! Revientan de dinero y de indigestión. Porque el es de Oxford. No
puede entenderte. Oh, el nombre que yo te pongo es el mejor: Kinch, la hoja del cuchillo.
Se afeitó la barbilla con cuidado.
-
Se pasó toda la noche delirando sobre una pantera
negra, dijo Stephen. ¿Dónde está la funda de su pistola
-
¡Un triste lunático!, dijo Mulligan.
¿Estabas desanimado?
-
Lo estaba, dijo Stephen con energía y un miedo
creciente. Ahí fuera en la oscuridad con un hombre que no conozco delirando y
gimiendo para sí sobre disparar a una pantera negra. Salvas a hombres de
ahogarse. Sin embargo, no soy un héroe. Si el se queda, yo me voy.
Buck Mulligan
frunció el ceño ante la espuma en su cuchilla. Saltó hacia abajo desde su
percha y comenzó a buscar apresuradamente en los bolsillos del pantalón.
-
¡Scutter!, gritó
groseramente.
Se encaminó hacia la tronera y, metió la mano en
el bolsillo superior de Stephen y dijo:
-
Déjanos tu sacamocos
para limpiar la cuchilla.
Stephen le aguantó como le sacaba y mostraba en
alto por una esquina un pañuelo sucio y arrugado. Buck
Mulligan limpió la cuchilla con esmero. Entonces,
mirando fijamente por encima del pañuelo, dijo:
-
¡El sacamocos del
bardo! Un nuevo color artístico para nuestros poetas irlandeses: el verde moco.
Casi se puede probar, ¿o no?
Subió de nuevo al parapeto y miró sobre la bahía
de Dublín, su pelo rubio como roble pálido moviéndose suavemente.
-
¡Dios!, dijo en voz baja. ¿No es el mar al que Algy
llama una madre grande y dulce? El mar verde moco. El mar aprietaescrotos.
Epi oinopa ponton. ¡Ah, Dedalus, los
griegos! He de enseñarte. Debes leerlo en el original. ¡Thalatta!
¡Thalatta! Es nuestra madre grande y dulce. Ven y
mírala.
Palabras
buscadas en el diccionario
The twelve dancing
princesses
To
wear through
King’s
son
To
entertain sb
Heartily
(laugh)
To
skip
To
feel uneasy
Mischance
Simpleton
Not
to stir hand or foot
To
tread
Gown
To
take hold of sth
Grove
(of trees)
To
glitter
To
sparkle
Token
To
land
To
take leave of sb
To
pull off (shoes)
The leukemia letters (Dillon in pain)
To
pant
May
you be free from sth
To
be at ease
Shot
(noun)
The
essentials
Frisky
Rabbit-Hole
Bank
To
peep
Daisy-chain
Remarkable
To
do sth out of the way
To
occur to sb
To
start to sb’s feet
To
flash across sb’s mind
To
burn with sth
To
pop (down)
To
dip
Well
(noun)
Peg
To
drop
Shall
think nothing of sth
To
tumble
School-room
To
say sth over
Presently
To
curtsey
To
fancy
It’ll
never do to do sth
Written
up
Saucer
It
didn’t matter which way she put it
To
doze off
Hand
in hand
Earnestly
Thump!
Heap
Stick
Ulysses
A
hard bone to chew
Stately
Plump
Stairhead
Lather
Ungirdled
Mild
Aloft
Introibo ad altare Dei
Halted
To
peer
Winding
(stairs)
Coarsely
To
mount
Gunrest
To
face about
Thrice
Awaking
(mountains)
To
gurgle
Equine
Untonsured
(hair)
Grained
Hued
Smartly
Sternly
O
dearly beloved
Ouns
To peer
sideways up
Awhile
Rapt
(attention)
Chap
Briskly
That
will do
Watcher
Sullen
Jowl
Prelate
Patron
of arts
The
mockery of it!
Jest
Parapet
To
prop sth
Dactyl
Hellenic
ring
Tripping
Buck
To
fork out
Jejune
Ponderous
To
burst with sth
Knife-blade
Warily
To
rave
Guncase
Woful
To
be in a funk
To
thrust
Noserag
To
suffer sb
To
gaze
Snotgreen
(snot)
Fair
Scrotumtightening
(scrotum)
Epi oinopa pontoon
Thalatta
Diccionarios consultados
Collins English Dictionary. 9th ed. Glasgow: Collins, 2007.
Diccionario
Oxford Español-Inglés, Inglés-Español. Nueva York: OUP, 1994.
Real
Academia Española. Diccionario de la lengua española. 21ª ed. Madrid:
Espasa Calpe, 1992.
Moliner,
María. Diccionario de uso del español. 2ª ed. Madrid: Gredos, 1998.
Wordreference dictionaries. Bilingual
and monolingual. 23/11/2007. <http://www.wordreference.com>.
Onelook. Buscador de diccionarios.
23/11/2007. <http://www.onelook.com>.
Real Academia Española. Diccionario de la lengua española.
Actualizado. 23/11/2007. <http://buscon.rae.es/draeI>.
Otras consultas
“Ulysses.” Wikipedia:
The Free Encyclopedia. 23/11/2007. <http://en.wikipedia.org/wiki/Ulysses_(novel)>.
“Ch 1 (Telemachus)” Advanced notes for Ulysses. 23/11/2007.
<http://www.robotwisdom.com/jaj/ulysses/notes01.html>.
“
Fotos dentro de la torre Martello de Sandycove (la del Ulysses).
23/11/2007. <http://www.photo-zen.com/dublin-photos-02.html>.