Fernando Savater, filósofo español 
Charles Dickens murió dejando inacabada su única novela policiaca, El misterio de Edwin Drood, cuyos capítulos había ido publicando por entregas en una revista. La intriga del relato resultó a la vez incitante y opaca para quienes intentaron después (¡y fueron muchos!) dar con la explicación convincente que la muerte había escamoteado.

Pese a las múltiples conjeturas propuestas, algunas de gran ingenio, la solución del misterio sigue siendo materia disputada, como ocurre con el enigmático origen del universo o del lenguaje. De modo que el fallecimiento inoportuno del novelista ascendió el rompecabezas detectivesco a enigma filosófico.

La principal pista fiable añadida a las páginas de Dickens con la que contaron o cuentan quienes intenten la pesquisa es el frontispicio ilustrado de la novela, publicado con la primera entrega. Allí se representan en diversas viñetas algunos momentos del relato, varios de los cuales no figuran en los capítulos conocidos. Como el dibujante recibió instrucciones de Dickens es evidente que éste le reveló en parte sus designios a largo plazo? de los que no queda ya más que esa plasmación gráfica. Éste es el único caso que recuerdo de una obra literaria cuyas ilustraciones no sólo embellecen sino que prolongan y completan insustituiblemente el texto al que acompañan.

  
   
 
Sin duda los sesenta y tres pintores que aportaron su colaboración a cada una de las obras literarias publicadas en Periolibros no tuvieron propósito tan servil como el del ilustrador de la postrera narración dickensiana, ni el interés de su arte magistral puede ser degradado a mera pista de los propósitos ocultos del escritor que les tocó en suerte. Pero algo hay de todos modos que, al repasar sus trabajos recuerda ese otro frontispicio enigmático donde desde hace más de un siglo se oculta el secreto de un hombre muerto y de una novela inacabada: también aquí los artistas supieron trascender el libro que ilustraban, reforzando lo dicho y sugiriendo lo aún no expresado, con esa disipación cada vez más sutil de significados hacia la que aletean las páginas cuando la voz de su autor retorna al silencio. Porque todos los libros guardan los secretos de alguien ya muerto? el fantasma que los escribió, cuyo nombre quizá siga llevando aún otro mortal sobre la tierra? y porque en ellos cuenta tanto lo que se dice como lo que se calla. No es cierto que una imagen valga más que mil palabras, pero es verdad que cada palabra resuena mil veces más si las imágenes aciertan a potenciarla.

Vuelven ahora esos sesenta y tres pintores ya sin los textos literarios a los que antes honraron con su complicidad y vuelven en una exposición irrepetible que constituye un friso si no completo, al menos sumamente significativo de la pintura iberoamericana actual.

Aquí se codean los veteranos más respetados con los jóvenes de mejor empuje, como en las filas de aquellos batallones valientes que los griegos de la primera democracia opusieron con éxito al afán tiránico de los persas. O mejor, no: ¡nada de metáforas bélicas, que bastantes vanguardias, invasiones y conquistas hemos soportado ya en el lenguaje artístico de nuestro siglo! Pintores viejos y jóvenes comparten aquí más bien una fiesta luminosa, una orgía presidida sin puritanismo por el sentido de la vista (ese sentido que por algo da nombre a nuestra facultad de pensar, la teoría), un festín para la mirada cuyos múltiples platos nos dejan esbeltos y alertas, sin producir la modorra de otras borracheras.

   

 

   
 
El título de la muestra ¿"Iberoamérica pinta"? permite una lectura doblemente significativa. La más obvia se refiere a que los artistas presentados son iberoamericanos y por tanto representan lo que hoy se pinta en ese conjunto de naciones que abarcan el norte y el sur de un continente y la península de otro; pero en una segunda acepción se alude a que, en esta gran mesa de juego que es el mundo de cara al nuevo siglo, los pueblos de Iberoamérica no quieren ni merecen ser la carta que se arroja a un lado sin valor sino el naipe decisivo que aparece reclamando triunfo, arrastrando la baza jugada por todos hacia la prosperidad.

¿De dónde le viene esa vocación insoslayable, ese ímpetu prometedor?

Precisamente en esta exposición queda clara la respuesta: de su pluralidad y diversidad, de su hermanamiento de contrarios en algo nuevo, de su mestizaje creador. Los pintores aquí reunidos representan una cultura múltiple en la que fermentan lo ancestral y lo cibernético, lo indígena y lo europeo, los dioses de la tierra y los titanes de la técnica, la comunión de los muchos y el coraje del individuo, el afán de ganar la libertad y el de no hacerlo a costa de olvidar o aumentar la miseria. La riqueza de contrastes y matices que Periolibros expresó a través de la literatura se confirma ahora en este gran banquete visual por medio de formas y colores. El siglo XXI será el siglo de los ghettos (económicos, étnicos, nacionales religiosos) o el siglo de la mutua fecundación de los opuestos y de la complicidad solidaria en la variopinta humanidad. Barbarie excluyente o civilización cooperativa, una vez más: por eso pinta, y mucho, Iberoamérica.