Percy Bysshe Shelley

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                    CONTEXTO ECONÓMICO

 

                  A. Adam Smith (1723-1790)

                B. David Ricardo (1772-1823) 

                C. J. B. Say (1767-1832)

                D. Malthus (1766-1834)

 

 

La economía clásica tiene como núcleo ideológico los trabajos de A. Smith. Las ideas de Smith fueron desarrolladas y formalizadas por David Ricardo. Éste desarrolló el método de análisis propiamente económico, esto es, la elaboración de modelos que permiten extraer los elementos esenciales de los problemas bajo estudio y examinar las interacciones entre sus partes.

Dentro de la propia escuela clásica hay una serie de autores que, si bien de forma genuina se sitúan en esta escuela de pensamiento, en realidad fueron unos críticos. En este sentido cabe destacar los trabajos de Malthus y de J. S. Mill. La obra del J. B. Say la comentaremos brevemente por haber desarrollado “la ley de los mercados”, que ha sido profusamente empleada por los monetaristas, los cuales, como seguidamente veremos, son en la actualidad los defensores de las ideas clásicas.

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A. Adam Smith (1723-1790)

Para Adam Smith, la solución al funcionamiento económico de la sociedad descansa en las leyes del mercado y en la interacción del interés individual y la competencia. El empresario se ve obligado por las fuerzas de la competencia a vender sus mercancías a un precio próximo al coste de producción; asimismo, ha de ser lo más eficiente posible para mantener sus costes bajos y permanecer en condiciones competitivas.

La mano invisible del mercado no sólo asigna las tareas, sino que también dirige a las personas en la elección de su ocupación y hace que se tengan en cuenta las necesidades de la sociedad. De la misma manera, el mercado regula cuáles las mercancías que han de producirse.  La esencia de la economía de mercado es que en ella todo convierte en mercancías con un precio, y que la oferta de estas mercancías es sensible a los cambios en los precios.

El mercado es un mecanismo que se autorregula, y el sistema de precios organiza el comportamiento de los individuos de forma automática.

Hay que tener una idea clara de la importan revolucionaria de esta doctrina. El mercado e impersonal y no conoce favoritos; con él se acabaron las prerrogativas de la nobleza. Ésta debe ser contrastada con los sistemas anteriores de organizar la sociedad, en los que cada uno tenía asignado su lugar y en él permanecía.

Smith fue el gran defensor del “laissez fáire”, es decir, de la no intervención del gobierno en los asuntos económicos. A su juicio, los gobiernos son derrochadores, fáciles de corromper, ineficaces e inclinados a otorgar privilegios en detrimento de la sociedad en su conjunto. Para promover el bienestar, los mejores medios son el estímulo del propio interés y el desarrollo de la competencia.

El progreso económico y la división del trabajo

Según Smith, uno de los factores fundamentales del crecimiento económico descansa en un concepto que en cierto modo fue introducido por él: la división del trabajo. La división del trabajo incrementó la producción por tres razones. En primer lugar, aumenta la destreza de cada operario, pues éste realiza repetidamente una tarea sencilla. En segundo lugar, se ahorra tiempo, ya que el trabajador no necesita cambiar de una clase de trabajo a otra. Por último, se puede inventar maquinaria para incrementar la productividad una vez que las tareas se han simplificado y convertido en rutinarias. El aspecto negativo de la división del trabajo es que puede atrofiar la mente del trabajador y tener efectos nocivos sobre su personalidad.

Debe señalarse que, si bien la división del trabajo es la base del progreso, ésta depende de la magnitud del mercado. Por ello, A. Smith defendió la libertad de mercado como pieza fundamental de su pensamiento económico.

La teoría del valor

También es interesante revisar el análisis del valor realizado por este autor. Para Smith el valor era independiente de los caprichos del mercado. Los precios nominales podrían fluctuar, pero el valor permanecería constante. Pero si el valor era distinto del precio, ¿cómo se establecía entonces? Smith afirmó que el trabajo era la medida del valor. En particular admitió que, cuando se trataba de una sociedad primitiva, el valor de un bien dependía de la cantidad de trabajo necesaria para producirlo.

La teoría de la acumulación

En la obra de Smith, el análisis del cambio dinámico de la sociedad descansa sobre la teoría de la acumulación. Esta teoría viene condicionada por la distribución de la renta entre las diversas clases sociales y, especialmente, por la parte que iba a los capitalistas y a los terratenientes. No era probable que los asalariados recibieran lo suficiente para permitir “excedente” alguno sobre sus necesidades, mientras que los otros dos grupos sociales sí podían tener fondos suficientes para financiar emplazamientos y para sostener sus niveles de vida normales. El excedente podría destinarse a la ampliación del consumo, pero sería mejor para la sociedad que este excedente de fondos se ahorrara. De esta forma, las rentas se convertirían en fondos que, más tarde, ampliarían la producción.

Los capitalistas eran los agentes principales a través de los cuales la renta se convertiría en acumulación. La cantidad de beneficios podía considerarse como el determinante básico del ritmo de la acumulación y, a su vez, de la tasa de expansión económica.

En este sentido, Smith destacó los efectos de la acumulación de los beneficios de los empresarios, pues se reinvertirían en maquinaria, permitiendo una mayor división del trabajo y aumento de la productividad y generando, por tanto, una mayor riqueza. Por ello, Smith veía en la acumulación de los beneficios el motor que pone en movimiento la mejora de la sociedad.

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B. David Ricardo (1772-1823)

Aunque Smith fue el fundador de la escuela clásica, David Ricardo fue la figura más destacada en cuanto al posterior desarrollo de las ideas de los clásicos, debido en parte a que demostró las posibilidades del método abstracto.

La renta económica

En primer lugar, debemos destacar que Ricardo formalizó el concepto de renta económica al estudiar la renta de la tierra, las diferencias en la calidad de la misma determinarían que, si bien los propietarios de las tierras fértiles obtendrían rentas económicas cada vez más altas, la producción en las de peor calidad sería sólo la justa para cubrir los costes y no daría lugar a renta. La clave de la aparición de renta económica radica, pues, en que la oferta de tierras fértiles es rígida.

La ley de la distribución

Según Ricardo, la ley de la distribución era uno de los temas más importantes de la teoría económica. Al analizar la distribución de la renta nacional entre las tres clases sociales más importantes (trabajadores capitalistas y terratenientes) destacó que la renta total estaba limitada por los rendimientos decrecientes. En consecuencia, los incrementos en la renta alcanzados por una social tienen que lograrse a costa de arrebatárselos a otro grupo social.

En una perspectiva dinámica, Ricardo pensaba que el crecimiento de la población acompañaba a la expansión económica y que esta expansión llevaría consigo un aumento de las necesidades de alimentos, que debido a la ley de los rendimientos decrecientes sólo podían satisfacerse a costes más altos.

Con el fin de mantener los salarios reales a su nivel anterior, serían necesarios salarios monetarios más altos, lo cual haría disminuir la participación de los beneficios en el producto.

Dada esta línea argumental, Ricardo señaló que el proceso de expansión económica podía minar sus propios cimientos, es decir, la acumulación de capital a partir de los beneficios, de modo que al reducirse la tasa de beneficios, emergería el estado estacionario, en el que ya no habría acumulación neta.  

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Aunque resulta difícil establecer delimitaciones claras entre el núcleo de la escuela clásica y sus seguidores, en este apartado incluiremos algunos comentarios sobre la obra de determinados autores a los que les correspondió la misión de depurar y corregir la estructura teórica clásica.  

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C. J. B. Say (1767-1832)

J.B. Say suponía que la economía tiende siempre a una situación de equilibrio con pleno empleo y en tal sentido elaboró una teoría que alcanzó general difusión con el nombre de “ley de los me cados” de Say.  Esta ley es una pieza básica, fundamenta la supuesta propiedad de ajuste automático de los mercados defendida por los economistas clásicos.

La ley de Say descansa en dos proposiciones: los productos se cambian por productos y que la demanda de bienes está constituida por otros bienes.

Al afirmar que los productos se cambian por productos, Say restringe el dinero al papel de medio de cambio y de catalizador del comercio. Según Say, el dinero, como dinero, no tiene otro valor que el de comprar algo con él; su uso, por tanto, no altera el hecho básico en las transacciones, el intercambio de bienes. Say consideraba revolucionario este hallazgo, puesto que demostraba la falacia de la visión mercantilista de que valdrá la pena adquirir dinero como activo. Say argumentaba que son productos y no dinero lo que los individuos en realidad desean.

La segunda proposición de Say, esto es, que la demanda de bienes está constituida por otros bienes, se interpretaba como que el acto de producir genera renta suficiente para comprar el producto. Say defendía que si se establecía la correcta combinación de mercancías todo se vendería, porque la producción está proyectada para la compra, o simplemente, porque “la oferta crea su propia demanda”. Esta proposición se refería a la economía en su conjunto y no a la situación de empresas o industrias individuales. Dado que, según los supuestos introducidos, nunca podría existir una deficiencia de la demanda agregada, se descartaba la posibilidad de una superproducción general. La conclusión anterior descansaba en una importante hipótesis: la de que todos los ingresos se gastaban y nada se atesoraba.

Según la ley de Say, la oferta crea su propia demanda, de forma que se descarta la posibilidad de una superproducción general.

No obstante, siempre cabe la posibilidad de que surjan perturbaciones, nacidas de equivocaciones en los cálculos de los empresarios o de cambios en los gustos del público que determinen que un vendedor cualquiera se encuentre con una cantidad importante de mercancías no vendidas. En otras palabras, Say admitía la superproducción parcial, pero no una superproducción general, es decir, una situación en la que los recursos están ociosos debido a la insuficiencia de la demanda.  

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D. Thomas R. Malthus (1766-1834)

Dentro de la escuela clásica Malthus representa la actitud más pesimista respecto al futuro del mundo.

Malthus argumentaba que la raza humana tendía a multiplicarse a un ritmo muy rápido y que la tierra, a diferencia de la población, no puede multiplicarse. La consecuencia de esto era que el número de habitantes dejaría inevitablemente atrás, más pronto o más tarde, a la cantidad de alimentos necesarios para mantenerlos. Las guerras, las epidemias y las plagas resultarán necesarias para regular la población; “el hambre parece ser el último y más temible recurso de la naturaleza”, observaba Malthus.

Pero eso no es todo. Además de la perspectiva sombría creada por la teoría sobre la población, Malthus concibió una idea económica que también fue motivo de inquietud.  Malthus vivía preocupado por la posibilidad de lo que él llamaba un “atascamiento general”, esto es, una inundación de mercancías sin posibles compradores.

Los productos no esenciales y el  “atascamiento general”

Malthus, para defender sus posiciones, señalaba que existían dos categorías de productos: esenciales y no esenciales. Con los bienes esenciales, que son básicamente los alimentos, nunca habría problemas de saturación, pues una mayor disponibilidad de los mismos automáticamente creaba su propia demanda en forma de un aumento de población.  En el caso de los bienes no esenciales el problema era diferente pues el equilibrio de los mercados de este tipo áe bienes dependía de los gustos de quienes gozan de rentas suficientemente altas para adquirirlos, básicamente terratenientes y capitalistas. En este sentido, Malthus argumentaba que las necesidades y los gustos de los potenciales compradores de bienes no esenciales eran tales que no absorbían la oferta.

Para remediar tales estancamientos, Malthus sostuvo que lo más prudente era estimular los gastos por parte de los ricos y del Estado. En particular Malthus señaló que una estrategia adecuada podría consistir en construir carreteras y en realizar otras obras públicas, y en que los terratenientes y otras personas con medios contratasen trabajadores para construir, mejorar y embellecer sus terrenos y propiedades. Por ello sostuvo que un remedio a la superproducción podría consistir en mantener los ingresos de los terratenientes, pues éstos desempeñaban la función socialmente deseable de gastar sus rentas en un consumo suntuario, ya que al obrar así contribuían a mantener el nivel de la demanda agregada.

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Adam Smith (1723-1790) 

Nació en Escocia. Estudió Ciencias Morales y Políticas y lenguas en Oxford. Se le considera como el fundador de la escuela clásica. En 1759 apareció su Teoría de los Sentimientos Morales, dedicándose más, a partir de ese momento, a la jurisprudencia y a la economía que a las doctrinas morales.

En 1776 publicó la Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones. Su fama fue inmediata y la reputación de Smith quedó establecida para siempre.

Poco antes de su muerte fueron destruidos la mayoría de sus manuscritos por expreso deseo suyo y sin que mediara explicación alguna.  

Thomas Robert Malthus (1766-1834)

Nació en Inglaterra. Estudió Matemáticas en Cambridge. Fue clérigo, escritor y profesor de Historia y Economía Política. En 1798 aparece su Ensavo sobre el principio de la población, dándole perdurable fama. En 1820, publicó los Principios de Economía Política. Fue el adversario intelectual de David Ricardo en muchas ocasiones, pero su aliado en la búsqueda de la verdad.

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                                                                                         maesfo@alumni.uv.es                                                                                              Año académico 2000/2001
                                                                                    © a.r.e.a./Dr.Vicente Forés López
                                                                                        © Maricel Esteban Fonollosa
                                                                                  © 2001, Universitat de València Press  
                                                                                    Última actualización 09/02/2001