La dama de Elche entró en la historia de la arqueología de España el día 4 de agosto de 1897 cuando se produjo su hallazgo en el yacimiento alicantino de la Alcudia. En la actualidad es imposible hablar del mundo ibérico sin mencionar esta escultura.

A finales del siglo XIX la cultura ibérica se encontraba sin catalogar, esta escultura ayudó a dar una personalidad propia a la cultura ibérica, establecer unos ciertos cánones que aunque identificados con el mundo mediterráneo comenzaban a configurar arte ibérico y permitían hablar, sin perjuicios, de una etapa cultural, definida como Ibérica.

Es un busto de 56 centímetros de altura, aunque segmentado de una estatua de cuerpo entero, prueba de ello es el corte irregular y brusco del plano inferior. Está realizado en caliza porosa de tonos ocres, y conserva restos de color, sobre todo el rojo de los labios y de algunas zonas del ropaje. Se halló casualmente en 1897, en un escondrijo hecho con losas, adosado a la muralla, al este de la cuidad de Elche, no era el lugar donde hubo de estar originariamente, sino una ocultación para librarla de algún peligro. Según lo poco que ha podido saberse del contexto arqueológico, se hallaba en un nivel tardío, quizá romano republicano. Las circunstancias, por tanto, no son las mejores para facilitar la interpretación de la pieza. Recién descubierta, fue adquirida por el hispanista francés Pierre Paris y llevada al Louvre, de donde regresaría en 1941.

La interpretación de los rasgos de esta imagen, osciló a ambos lados del movimiento de un péndulo. Fue identificada con Apolo-Mithra por Pedro Ibarra en 1897 frente a la identificación femenina que es la aceptada generalmente aunque algunos investigadores hablaban de un individuo andrógino. Otro movimiento pendular se aplicó a carácter humano o divino, identificación con una sacerdotisa o una diosa de ultratumba. Ante interpretaciones tan opuestas solo podemos admitir una cierta ambigüedad que permite abrir múltiples registros interpretativos.

La imagen presenta un rostro aristocrático de rasgos finos, con la mirada entornada y realzada por la pasta vítrea de los ojos, hoy perdida, pero que en su momento enfatizaría su mirada.

Busto que representa a una dama ricamente ataviada, con joyas que nos hacen recordar las halladas en el tesoro de Aliseda, como por ejemplo el collar porta amuletos. Todo está representado hasta el más mínimo detalle, incluso la pequeña fíbula anular que sujeta la túnica interior, sobre el collar que lleva un jarroncito, una fíbula que en un primer vistazo no se ve.

Va vestida con tres prendas: una fina túnica abrochada con una diminuta fíbula anular, sobre ella un vestido que se ve terciado sobre el pecho, y, por encima de todo, un manto de tela gruesa, cerrado.

El manto exterior se abre en pliegues triangulares para que se puedan ver todas las joyas que lleva la Dama. Uno de los elementos que más destacan de la escultura son los rodetes que enmarcan el rostro. De ellos, aunque mucho más sencillos, tenemos otra muestra en otra Dama que se halla en el museo de Alicante.

Finalmente está coronada con un tocado que en su parte superior y posterior conserva policromía (rojo, blanco y azul).

Destaca sobre todo lo demás el tocado, suprema expresión de los ya bastante aparatosos que lucen otras esculturas ibéricas. Prueban de sobra los tocados que el griego Artemidoro se entretuvo en describir, cuando aquí estuvo en torno al año 100 a.c, como propios de las damas ibéricas.

Un velo se introduce bajo el manto, una funda sobre él, que debía de ser de cuero, se ajusta al cráneo, y además de servir de soporte a filas de esferillas que adornan el borde sobre la frente, cumple la finalidad de dar sujeción a los dos enormes estuches discoidales que enmarcan el rostro, del que lo separan unas placas decoradas con volutas y con colgantes terminados en perillas, que caen sobre las clavículas, un tirante de extremos abiertos pasa sobre la cabeza, sujeto a los discos, para impedir que se abrieran más de lo conveniente. Pero lo más atrayente de esta Dama son, sin duda, sus ojos almendrados, frente a los redondos del resto de las Damas ibéricas, un tratamiento completamente diferente que nos recuerda a las korai griegas. Las cejas apenas marcadas y la pupila que debería de ser de otro material. Los detalles llegan hasta sus últimas consecuencias en este busto tanto, que incluso encontramos restos de policromía en los labios.

En la parte posterior del busto encontramos una oquedad cuya función ha sido definida como contenedora de las cenizas y restos quemados del difunto, hecho este que no se ha podido comprobar realmente ya que el busto se encontró en descontextualizado en 1897 por el Dr.Campello, pero que no dudamos de que ésa era su función. Según Langlotz, sus facciones recuerdan los de las figuras femeninas del templo de Hera en Selinunte, en particular los de la misma Hera de una de las metopas.

A.blanco la suposición de que pudiera ser obra de un griego o un ibero formado en los talleres sicilianos de Siracusa o la misma Selinunte. Su fecha de realización puede situarse en la primera mitad del siglo V a.c. ya se ha dicho que el tocado de la Dama no es del todo insólito: más mesurado, o más humano, se documenta a menudo en las esculturas de orantes del Cerro de los Santos o en las figuritas broncíneas de los santuarios.