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Quien diga que el
mundo va bien tendrá algunos números que le avalen: desde 1990 (primera
publicación del IDH), 130 millones de personas han salido de la pobreza
extrema; la esperanza de vida ha crecido 7 años desde 1975, y mueren
tres millones de niños y niñas menos. Pero quien afirme que el mundo va
mal también dispone de otros datos en los que apoyarse: el 40% de la
población mundial vive con menos de 2 dólares/día; la esperanza de vida
en África Subsahariana es 31 años menos que en la OCDE, y cada año
siguen muriendo 10,7 millones de niños y niñas por causa de la pobreza.
Además, pese a algunos avances, la distancia entre los países ricos y
pobres aumenta día a día, por lo que la miseria aparece de forma más
cruel al compararla con la riqueza de una minoría.
La utilidad de los datos y de las encuestas es evidente para conocer la
realidad; las cifras nos ayudan, nos dan pistas, diseños de la realidad.
Pero las respuestas están condicionadas por las preguntas, y estas no
son ociosas. Es tan importante lo que se mide como lo que no se mide.
¿Qué no se mide?. Por ejemplo, el IDH no mide las horas trabajadas
(pueden ser 7 o 14), las personas encarceladas, las que tienen pensiones
o no, la persecución de homosexuales… No se puede investigar sobre todo,
pero hay aspectos que podrían ser mejorados. Volviendo a las horas
trabajadas, no es lo mismo ganar 1.000 euros con una jornada de 10 horas
o de 6.
Las estadísticas nos dan unos conocimientos de la realidad que pueden
cambiar nuestras ideas. El caso de la delincuencia en EEUU, Canadá y
Francia es un buen ejemplo. Si analizamos el número de robos, Francia
casi duplica los casos de EEUU, mientras que Canadá tiene un 50% más que
su vecino ¿Por qué tenemos una percepción diferente?. Porque lo que
pensamos sobre realidades lejanas se hace sobre la base de las novelas,
la prensa, revistas, el cine, la televisión,… Indudablemente es
diferente el conocimiento de la realidad a través de un estudio
sociológico, un ensayo, la prensa o del cine y la televisión. Es lógico
que quien funde su conocimiento de EEUU en el cine de acción o las
series policíacas de la televisión concluya que la inseguridad es
terrible y su corolario de más policía y leyes más duras entendible; o
quizás podamos pensar que precisamente esa imagen de inseguridad es una
realidad prefabricada para legitimar que haya más policía y leyes más
duras.
La clave para explicar la desigualdad en el mundo.
La pobreza es el elemento más significativo para explicar y entender las
desigualdades en el mundo; por ejemplo, la esperanza de vida en los
países ricos es veinte años mayor que en los pobres, y la alfabetización
que es casi del 100% en los primeros es el 60,8% en los segundos. A las
desigualdades Norte/Sur hay que añadir las diferencias entre mujeres y
hombres, grupos étnicos, la marginación de minorías o la persistencia de
dictaduras.
La mayoría de la población mundial es pobre. La pobreza se mide en tres
niveles; en el primer nivel está la extrema, con menos de 1 dólar/día, y
la sufren 1.000 millones de personas; en el nivel moderada, con menos de
2 dólares/día, hay 1.500 millones de personas; y en la pobreza relativa
2.500 millones de personas. Es decir, poco más de 1.000 millones de
personas viven al margen de la pobreza: el 16% de la población mundial.
No parece exagerado decir que el sistema económico capitalista ha sido y
es ineficaz para acabar con las desigualdades económicas. Esa ineficacia
es todavía más angustiosa cuando sabemos que el coste para terminar con
la pobreza extrema sería sólo el 2% de los ingresos del 10 % más rico.
En algunos países de África, la gran mayoría de la población vive con
menos de dos dólares al día; en países como Nigeria o Malí, llega al 90%
de la gente.
Otro elemento a considerar es si la calidad de vida de un campesino que
duerme en una casa de paja y trabaja el campo ganando 1,95 dólares
aumenta cuando va a la ciudad, gana 2,50 dólares trabajando más tiempo y
durmiendo en la calle o en un cuarto con otras seis personas.
Cuando analizamos las potencias emergentes comprobamos que una gran
parte de su población sigue en la miseria: en Brasil la cuarta parte, en
China la mitad, y en la India las tres cuartas partes de las personas
viven con menos de 2 dólares/día; es evidente que la distribución de la
riqueza no es algo automático. Las desigualdades internas responden a
muchos factores: las tradiciones democráticas, la fuerza de las
organizaciones obreras y campesinas, el desarrollo del movimiento
feminista, las revoluciones, ...
Estas desigualdades internas dan una foto todavía más dura de la
situación en los países pobres. Mientras que la relación de los ingresos
entre el 10% más rico y el 10% más pobre es 5 a 10 veces en la UE, en
otros países como los latinoamericanos, donde han imperado las
dictaduras y la división de clases ha sido muy profunda, las
desigualdades son enormes. En Brasil, por cada euro ingresado por el 10%
más pobre, el 10% más rico recibe 68; en Venezuela, 62,9; y en
Argentina, 39,1. En el caso de los países donde ha habido segregación
racial, como Sudáfrica, la relación es de 33,1. Allí donde se dieron las
revoluciones comunistas, la desigualdad ha aumentado en los últimos
años: en Rusia, por cada euro ingresado por el 10% más pobre, el 10% más
rico recibe 7,1; y en China, 18,4 euros.
- La pobreza
significa hambre: 850 millones de personas pasan hambre con su
corolario de enfermedades, sufrimiento y muertes prematuras. Incluso
en las potencias emergentes este problema se mantiene constante: el
9% de las personas en Brasil, el 11% en China y el 21% en la India
siguen pasando hambre. Es bien conocido que las hambrunas no se dan
por falta de alimentos, sino porque la gente no tiene dinero para
comprarlos. Evidentemente, ni los ricos de los países pobres ni los
turistas que los visitan padecen hambre.
- La pobreza
significa analfabetismo: 800 millones de personas no saben leer ni
escribir. En lugares como Asia Meridional o el África subsahariana,
4 de cada diez personas son analfabetas. Destacan las diferencias de
género: mientras que la alfabetización es similar en la OCDE, Europa
del Este, Argentina, Chile, Uruguay, Brasil o Cuba, en algunos
países latinoamericanos la diferencia entre hombres y mujeres se
sitúa sobre los 10 puntos porcentuales (Perú o Bolivia) a favor de
los primeros. En la mayoría de países musulmanes, va desde el 13% de
Irán al 26% de Marruecos. En los países más pobres, las diferencias
todavía son mayores: 27,9% en Congo o 28,3% en Angola de diferencia
entre hombres y mujeres.
- Los gastos en
salud per capita (PPA en dólares) son un ejemplo paradigmático de
las desigualdades Norte/Sur e internas. Quien más gasta es EEUU
(5.274 dólares), muy por encima de estados de la UE como Francia
(2.736 dólares) o el Estado español (1.640 dólares). Ahora bien,
estas cifras encubren las desigualdades internas de cada país; así
EEUU está situado, según la Organización Mundial de la Salud en el
puesto 37, por detrás de países como Marruecos (puesto 29 y con sólo
186 dólares de gasto), el Estado español (el 7º) o Francia (la 1ª).
EEUU esta sólo dos puestos por delante de Cuba (que tiene un gasto
de 236 dólares). La razón, entre otras, es que en EEUU, el país que
más gasta, más de cuarenta millones de personas no tienen ninguna
cobertura sanitaria.
- La esperanza de
vida ha aumentado en las tres últimas décadas en el mundo de 59,9 a
67,1 años. Por zonas, la variación ha ido desde los 14,8 años en los
estados árabes a los 8,6 en la OCDE. Hay dos excepciones a este
crecimiento: África subsahariana, en la que sólo ha crecido 0,3
años, y Europa del Este, única zona del mundo que ha descendido en
0,9 años, algo inédito en una zona sin guerras, hambrunas o
pandemias. No es ninguna temeridad decir que ése ha sido el precio
por liberalizar la sanidad pública. Si miramos las tasas de
mortalidad infantil (menores de 5 años) vemos que al año mueren 10
millones de niñ@s, el 98% en los países pobres. La malnutrición es
la causa principal y produce el 50 % de estas muertes.
En África, la correlación padecer sida y estar sin tratamiento con
respecto a la esperanza de vida es evidente. Hay que partir de que
sólo el 4% de las personas enfermas en ese continente reciben
tratamiento. En países donde la incidencia del SIDA es mayor del 15%
entre la población de 15 a 49 años, el impacto ha sido terrible; en
Botswana, la esperanza de vida ha descendido en 19,5 años, en
Zimbabwe 18,4 y en Zambia 16,6.
- La mortalidad materna por cada 100.000
nacimientos es un ejemplo del efecto de las desigualdades, más
terrible cuando se sabe que acabar con esas muertes sería fácil y
barato. De las 530.000 mujeres muertas al año durante el embarazo o
parto, la mayoría (3/4) se podrían evitar con intervenciones de bajo
coste. Por ejemplo, por cada caso de mortalidad materna en el Estado
español, fallecen 182 mujeres en Camerún, 200 en Nigeria o 425 en
Angola.
Los fríos números continúan: 1.000 millones de personas sin agua, 2.600
millones sin saneamiento adecuado y miles de datos que muestran un mundo
tan rico y con tantas posibilidades como desigual. Lo más terrible no es
el número de personas que sufren, sino lo fácil que sería acabar con ese
sufrimiento si hubiese voluntad política para hacerlo. Porque,
efectivamente es terrible morirse de hambre si no hay comida, pero lo es
mucho más cuando los supermercados están llenos.
Evidentemente el fundamentalismo de mercado decide sólo en función de
los beneficios. Si hay beneficios, el sufrimiento es un efecto
colateral, desagradable, pero asumible. Pero sabemos que ese
determinismo de mercado es falso; quienes deciden que no haya medicinas
baratas son personas (dueñas de las farmacéuticas); quienes privatizan
la enseñanza o la sanidad son personas (los políticos); quienes marcan
las directrices macroeconómicas son personas (del Fondo Monetario
Internacional, del Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio).
No hay unas leyes de mercado al margen de las personas; hay voluntad
política y es ahí donde podemos incidir y transformar la realidad.
La historia no está ni escrita ni determinada, las condiciones de vida
logradas en Occidente y otros países no han sido consecuencia del
desarrollo del capitalismo como les gusta decir a sus apologistas, sino
de un duro y desigual proceso de luchas y conflictos, de victorias,
derrotas y negociaciones.
Acabar con el hambre, la miseria y la muerte, es necesario y es posible,
es cuestión de voluntad política. Esa es la esperanza y el reto.
NOTAS:
1.
® Los datos de este artículo son del Informe
sobre el Desarrollo Humano de 2005.
2.
® Estratificación social y desigualdad. Harold
R. Kerbo. 2004. |