Tolerancia
Ustedes sin duda ya estarán informados: un joven estadounidense de 22 años, Mathew Shepard, murió asesinado hace unas semanas a manos de dos vecinos de su ciudad.Asesinado con saña, después de haber sido torturado, atado a una cerca, golpeado con la culata de una pistola, quemado, arañado...Mathew mereció semejante muerte por ser homosexual.
A la mayor parte de gente de bien nos estremece un crimen de estas características. Tanta brutalidad con un pobre chico cuyo único pecado era ser mariquita...Temblamos sólo de pensarlo, clamamos justicia y luego, a la primera de cambio, en cuanto queremos señalar a alguien cuyos gustos sexuales son diferentes de los nuestros, lo llamamps así, mariquita, o maricón, o loca, o tortillera o bollera si nos referimos a una mujer. Adjetivos que usamos con desprecio, que utilizamos como insulto, que lanzamos como un arama arrojadiza. Ése es maricón, decimos, y de paso golpeamos con la culata de una pistola su cráneo.
Por mucho que queramos negarlo, la homosexualidad sigue siendo un pecado nefando. Hasta tal punto que Tom Cruise y su mujer acaban de ganar una demanda contra un periódico británico que los acusó, justamente, de homosexualidad. Atentado contra el honor. Me alegro del palo al periódico, que seguramente actuó con toda la mala intención del mundo. Pero lamento que llamar a alguien homosexual siga siendo considerado un atentado contra el honor. Siempre he pensado que ese odio, ese desprecio hacia una opción sexual distinta de la habitual no es más que una vieja reminiscencia de tiempos tribales y guerreros, en los que multiplicarse todo lo posible era garantía de supervivencia en territorios siempre disputados, tiempos duros en los que negarse a la procreación era considerado un ataque contra el grupo social en su conjunto. Pero lo cierto es que ese atavismo hace daño, mucho daño. Conozco a homosexuales que viven torturados, ocultando su condición incluso a sus seres más cercanos por miedo a verse humillados, sometidos a burla, rechazados... He visto llorar a algunos preguntándose qué pensarán de ellos sus amigos cuando al fin se enteren. Y los comprendo, y, aunque desearía que no fuera necesario, defiendo su silencio, su engaño. Porque también he visto las miradas de asco o de mofa ante la valentía de la exhibición, he oído los murmullos y las risas, he constatado el lamentable gesto de las caras -"ya sabía yo que ése iba a acabar así"- ante la información de un conocido afectado por el sida...
¿Que estoy exagerando, dicen ustedes, que las cosas han cambiado mucho...? Pues, hombre, para ser sinceros ,algo sí. No hace tanto tiempo que metieron al pobre y magnífico Oscar Wilde -y a muchos otros- en la cárcel por ser homosexual. Es cierto que eso ya no ocurre, al menos en nuestros países occidentales. Es cierto que nos hemos acostumbrado a que algunas personas exhiban y defiendan públicamente su opción sexual diferente, aunque sigue molestándonos que hagan de ella una bandera. Es cierto que aceptamos con naturalidad aquel actor famoso que tan bien luce la pluma, la cantante ésa de voz tan grave ( que por algo la tiene grave, claro) o ese escritor que tanto nos gusta ( a pesar de ser homosexual, así somos de modernos). Y es cierto que todos repetimos que somos tolerantes, y hasta nos llenamos la boca con esa palabra tan contemporánea, tan bonita y tan progresista, tolerancia...Una palabra cargada de veneno y de hipocresía: somos tolerantes porque, desde las alturas de nuestra perfección, nos rebajamos generosos a asumir que hay seres distintos de nosotros, imperfectos, y no los condenamos por ello a muerte. Pero seguimos sin aceptar que ser homosexual -igual que ser magrebí o budista- es tan normal como no serlo. Y mientras no lo aceptemos, podemos estar seguros de que habrá muchas culatas de pistola golpeando muchos cráneos.