La tragedia de la cultura
En los años más duros de la URSS, los creadores que se resistieron a colaborar con el poder sufrieron las más variadas formas de represión: la expulsión, el confinamiento,la muerte o el silencio truncaron la vida y la obra de muchos escritores y, con ellos, una cultura. La revisión de esta etapa constituye una necesidad, un imperativo ético, una responsabilidad cultural. En esta página web vamos a hablar de uno de los escritores rusos más destacados del siglo XX, Mijaíl Bulgákov.
Mijail Bulgákov nació en Kiev en 1891. Cursó estudios de medicina y ejerció esta profesión hasta 1920, año en que tomó la decisión de dedicarse de lleno a la literatura. A pesar de ser nombrado consejero del Teatro Artístico de la Academia de Moscú y publicar algunos de sus relatos, a partir de 1922, con el inicio de la NEP (Nueva Política Económica), su obra, en gran parte de marcado carácter satírico, encontró la firme y constante oposición de la censura del régimen soviético, que le impidió desarrollar con normalidad su carrera literaria. A lo largo de dos décadas sufrió la vigilancia y los interrogatorios de la policía estalinista, se prohibió el estreno de muchas de sus obras teatrales y en diversas ocasiones fue acusado de contrarrevolucionario. Entre sus obras destacan: Corazón de perro, La Isla Púrpura, La guardia blanca, El apartamento de Zoia, La huida, Molière, Don Quijote, Pushkin y Maestro y Margarita, considerada su obra maestra.
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El 7 de mayo de 1926, el apartamento de Mijaíl Bulgákov en Moscú fue visitado por agentes de la policía política. Durante algunas horas revisaron libros y papeles; al final, requisaron dos carpetas cuyos manuscritos les parecieron sospechosos.
Bulgákov era entonces un hombre de treinta y cuatro años, un ruso de Ucrania, como Gogol. Constaban en su pasado unos estudios de medicina en Kíev y varios años de práctica como médico rural en aldeas de escasa importancia, y luego en pequeñas ciudades del Cáucaso, donde comenzó a escribir obras dramáticas de las que apenas quedan noticias, y algunos relatos. En 1921 logró establecerse en Moscú, donde trocó la medicina por el periodismo y la literatura. Sus primeros años moscovitas coinciden con la sorda lucha interna entre Trotski y Stalin. Para él Moscú es la ciudad trepidante de la NEP. Fue un breve lapso de enriquecimiento frenético. Había algo delirante en la coexistencia forzada de los nuevos ricos y la estricta ortodoxia comunista. De ese conflicto entre tendencias opuestas se alimentan algunos de los primeros relatos y obras teatrales de Bulgákov. Sus crónicas periodísticas acentúan humorísticamente esa intensa comedia de errores y celebran de forma grotesca la vida cotidiana de los moscovitas. Eso le gana un público muy amplio, y la amistad de mucha gente, pero también suscita la desconfianza de los organismos de seguridad del Estado. Se corre un rumor que en su estudio oculta documentos comprometedores y manuscritos peligrosos. De ahí, ese cateo, cuyos resultados fueron el secuestro de un diario escrito desde su llegada a Moscú, y el anuscrito El corazón de perro, una novela satírica escrita en 1924 que hasta entonces le había sido imposible publicar y cuya aparición en ruso tuvo que esperar hasta 1969, y no en Moscú sino en París.
En diciembre de 1928, el Teatro de Cámara de Moscú estrenó una comedia cercana a la de Sheridan: La Isla Púrpura, de Mijaíl Bulgákov, un dramaturgo que al mismo tiempo de gozar de una inmensa popularidad era vapuleado con inaudita violencia por la prensa y en toda asamblea donde participara algún miembro de la temible RAPP (Asociación Rusa de Escritores Proletarios). Si es cierto que la vida de los grandes escritores rusos de la época comenzaba a moverse entre la alucinación y la pesadilla, y la vida y la muerte parecían decidirse por una lotería secreta, también es cierto que el destino de Bulgákov, a partir de esa obra, fue regido por designios más que inescrutables.
En los dias del estreno de la Isla Púrpura, era el autor teatral más exitoso en la URSS. Con esa comedia, tenía tres obras en cartelera. Los días de los Turbín, su primer drama, se representaba desde hacía cuatro años en el Teatro Artístico de Moscú, dirigida por Konstantin Stanislavski. Si estrenar una obra en ese recinto constituía un gran logro, hacerlo con la primera pieza de un autor desconocido equivalía a un milagro. El apartamento de Zoia, una comedia satírica sobre la vida clandestina en el período de la NEP se mantenía en escena con el teatro lleno desde tres años atrás. La Isla Púrpura refrendó desde su aparición el triunfo de las otras piezas. La pieza se mantuvo en el repertorio durante tres meses con una extraordianaria afluencia de público, aunque cercada por una enardecida marea de críticas rabiosas en la prensa, en diversos organismos del Partido Comunista y en las asociaciones de escritores y trabajadores teatrales. La presión fue excepcional; comenzó a convertirse en un llamado al linchamiento moral del autor. Al comenzar la primavera de 1929, un decreto oficial ordenó la supresión definitiva de La Isla Púrpura del repertorio del Teatro de Cámara de Moscú. Poco tiempo después, Los días de Turbín y El apartamento de Zoia fueron retiradas de los escenarios donde se representaban. Se hizo el vacio entorno a Bulgákov. Ningún director permitió que se le acercara, las revistas literarias no aceptaron sus escritos, en las editoriales no los recibían, nadie se atrevía a darle trabajo.
Después de conocer tiempos de gloria, Bulgákov encontró desesperante vivir fuera del teatro. Parecía necesitar la escena como el morfinómano la morfina, dice un contemporáneo suyo. Al año de haberse iniciado su forzado ostracismo despertó del marasmo. El 28 de marzo de 1930 dirigió una carta al gobierno de la URSS, un documento excepcional por su audacia y sinceridad y, de algún modo, por su responsabilidad. Enviar esa carta parecía un acto desesperado, con nulas posibilidades de vencer e inmensas de estropear aún más su situación. En ella reconoce que La Isla Púrpura es un llamado a la libertad en la URSS. Señala que para cualquier escritor, que se respete la libertad es algo esencial, que sin ella no hay literatura posible, a menos de convertirse en una torpe caricatura de sí misma.
El documento, encontrado por Vitali Shentalinski en los archivos literarios de la KGB, de ninguna manera trata de ser un mea culpa, ni el habitual ejercicio de autocrítica con que los sospechosos de herejía acostumbraban flagelarse para obtener un desdeñoso perdón. Por el contrario, no solo no se autoculpaba, sino acusaba a las instituciones gubernamentales, en especial al Comité Superior de Repertorios, el poderoso organismo de censura teatral, de aniquilar el pensamiento creador, de destruir la dramaturgia soviética.
La secuela resultó asombrosa. Stalin llamó por teléfono a Bulgákov para prometerle la solución de sus problemas. En esa conversación, el escritor desechó tácitamente la posibilidad de emigrar y ciñó su petición a la obtención de un trabajo. A los pocos días el Teatro Artístico de Moscú lo incorporó a su plantilla. Trabajó en una adaptación de Las almas muertas, de Gogol, fue ayudante de director y actor en algunas obras. En su tiempo libre preparaba para el Bolshói libretos de ópera, argumentos cinematográficos, uno de ellos sobre El inspector general, de Gógol también. A partir de 1932, Stanislavski repone Los días de los Turbín, cuyos derechos de autor le proporcionarían cierta holgura durante los años venideros. Ocupaba la posición incómoda de ser alguien que alguna vez fue algo , un personaje misterioso que en cierta ocasión habló con el Padre de los Pueblos. A fin de cuentas, polvo del pasado.
Con los años se volvió cauto, prudente, temeroso de los comentarios que se suscitaran en su entorno. Escribió una biografía novelada de Molière y dos obras narrativas: Novela Teatral y El Maestro y Margarita. En los años cincuenta, durante el deshielo jruschoviano, se fue conociendo paulatinamente su obra y se inició el culto a Bulgákov. La versión íntegra de El Maestro y Margarita solo pudo publicarse en Rusia en 1973, treinta y tres años después de la muerte del autor.
Bulgákov inició El Maestro y Margarita poco después del desastre de La Isla Púrpura. Diez años le llevó construirla. Se permitía algunas treguas para escribir sus dramas. Los protagonistas de esta tardía fase teatral fueron Molière, Pushkin, Don Quijote, tres defensores de la dignidad humana, tres adversarios de la verdad absoluta. Su último drama lo escribió en 1939, sobre un personaje diferente. Se cumplían los sesenta años de Stalin y el Teatro Artístico de Moscú decidió representar en los festejos una obra sobre él. La selección del autor recayó nada menos que en Bulgákov, el dramaturgo proscrito, el paria, el defensor de los guardias blancos, el contrarrevolucionario. Era imposible que tal elección hubiera sido hecha por la dirección del teatro. La decisión debió haber sido tomada en las alturas. Se le reprocha haber aceptado aquella encomienda. Basta pensar en la monstruosidad de los arrestos y ejecuciones de escritores y artistas durante las grandes purgas de 1936 a 1939 para tener idea del terror imperante. Solo un suicida podría haber rechazado tal proposición. Bulgákov escibió con rapidez Batum, un drama formado con episodios de la juventud de Stalin: su expulsión del seminario eclesiástico, su participación en la huelga obrera de 1902 en Batum, su encarcelamiento en Siberia, su huida, el milagroso regreso. La obra fue aprobada. Bulgákov, el director y los actores emprendieron un viaje a Batum para fammiliarizarse con los usos y costumbres locales. En una estación cercana a Moscú, los esperaba un telegrama. El viaje ya no era necesario; la representación había sido cancelada.
Vivió un año más; perdió la vista, su salud decayó. Con ayuda de su esposa siguió corrigiendo el libro por el que pasaría a la historia, una prodigiosa novela que por sí sola podría acreditar la grandeza literaria del siglo XX: El Maestro y Margarita.