En España, uno de cada dos varones adultos y una de cada cuatro mujeres son fumadores. De las múltiples estadísticas que estudian el hábito de fumar en nuestro país resulta el siguiente perfil de la persona fumadora más habitual.
Pese a que en la actualidad nuestro fumador típico está representado por un varón de 25 a 44 años, la tendencia hará que la franja de edad disminuya hasta los 16 años y que no haya distinción entre hombres y mujeres.
Nuestro "fumador tipo" es un varón de 25 a 44 años, perteneciente a una clase social alta o media-alta, con alto nivel cultural y económico, y que vive en una población de más de cien mil habitantes.
Sin embargo, las estadísticas parecen señalar también que este perfil puede cambiar en unos años, ya que el porcentaje de jóvenes y de mujeres que fuman está creciendo llamativamente, y el grupo de estas últimas es el que presenta un mayor incremento del número de cigarrillos diarios. Si la tendencia sigue igual que hasta ahora, la franja de edad empezará en los 16 años y no habrá distinción ninguna entre hombres y mujeres.
Consume casi exclusivamente cigarrillos (preferentemente rubios) en una cantidad que oscila entre los 11 y los 20 al día, lo que al cabo de 20 años le habrá llevado a dar más de un millón de caladas, cada una de las cuales le harán depender aún más de su hábito.
Ha estado desde siempre en contacto con el humo del tabaco, ya que en su familia (y también en cualquier ambiente de relaciones sociales) se fumaba en su presencia. él mismo fuma en todas partes, ya que no encuentra prácticamente ninguna limitación para hacerlo. Incluso en espacios cerrados, donde también se le permite, pese a que con su humo está exponiendo al resto de personas a riesgos tan graves como los que a él le origina su hábito.
Sus primeros "escarceos" con el tabaco fueron durante su infancia, a los 13 o 14 años, época en la que no tuvo excesivas dificultades para adquirido y en la que ya conocía bien las diversas marcas y sabía identificar sus anuncios en los medios de comunicación. A los 20 años ya era un fumador habitual.
Sin embargo, pese a que ha intentado dejar de fumar alguna vez por motivos de salud, curiosamente sus conocimientos en cuanto a los efectos del tabaco son muy bajos, y no relaciona su consumo con el cáncer de pulmón, el de laringe y la bronquitis crónica, ni con las enfermedades cardiocirculatorias. Seguramente, en este hecho influye no sólo la escasa educación sanitaria recibida, sino también el que el fumar sea legal y algo aceptado socialmente, y que la tercera parte de sus maestros y médicos fumen.
Pese a que conoce que existen leyes dictadas para prevenir y regular el consumo del tabaco, y que las acepta de buen grado, mostrándose partidario en la gran mayoría de casos (siempre que no lleguen a pasar por un aumento de los impuestos del tabaco), las conoce sólo parcialmente y no sabe concretar cuáles son.
A partir de los 45 años, con la evidencia de las repercusiones físicas de su consumo prolongado, y tras haber realizado ya alguno (o varios) intentos, habrá madurado su propio proceso de dejar el tabaco, y uno de cada dos conseguirá abandonarlo definitivamente antes de los 65 años. Sin embargo, y desgraciadamente, también uno de cada dos morirá prematuramente (unos 20 años antes de su momento biológico) a causa de una enfermedad relacionada con el tabaco