Silencio. Todo se para. Y, por unas milésimas de segundo, da la impresión de que el mundo no se mueve.
No es mucho tiempo, pero es el suficiente para replantearte tu vida.
Quizá no cosas superficiales, como que no te deberías haber puesto esa ropa o que habría en ese lugar al que nunca fuiste.
No. Valoras lo que has sido. Si realmente comprendiste que en la vida vale más el verbo ser que el estar. Si supiste amar. Si supiste hablar. Si supiste vivir. Vivir de verdad. Vivir la realidad.
Mil cosas más se pasan por tu mente. Todo lo que dejaste por decir o hacer, porque pensaste que la vida es muy larga y que ya llegaría “su momento”. Te das cuenta, de una vez por todas, de lo efímera que es nuestra existencia. De lo estúpido de aferrarte a ella.
En ese momento, te acuerdas de Dios. Si…ese del que todos hablan. Te das cuenta de que eso también lo dejaste para más tarde. Para otro momento. Para la madurez… como si fuese un plan de pensiones.
Piensas que quizá ya es tarde para todo. Que se te pasó el tiempo. Te das cuenta de que es demasiado pronto para todo y para nada.
Prometes que cuando el ruido vuelva, todo cambiará. Que no volverás a dejar nada para mañana. Que aprenderás todo eso que te falta por saber. Esas cosas que no se aprenden de los libros, sino que se comprenden con el corazón.
Que intentarás conocer a ese Dios, no para obtener recompensas, sino para poder tener el mejor amigo que imaginaste.
Que no correrás por la vida, sino que pasearás por ella. Como si paseases por la playa. Prometes, prometes y prometes…
Entonces, es cuando vuelve el ruido. No ha tardado, pero a ti te ha parecido una eternidad. Y así, como si nada, poco a poco reanudas lo que se le suele llamar “existencia”. Sin darte cuenta, te olvidas de todo aquello que te propusiste. Lo dejas en un rincón de tu mente. Esperando.
Esperando, a que de nuevo se produzca el silencio. Todo se pare. Y, por milésimas de segundo, tengas la impresión de que el mundo no se mueve.