ST.

Quien me diría que solo era necesario entrar a la universidad para conocer a dos personas que iban a convertirse en unas de las más importantes de mi vida.
Estas dos personajas, señoras y señores, se llaman Carmen Rosa y Tania Sanchis.


Os presento a Carmen.

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Es la reina de la tecnología y los aparatos electrónicos. (NO) No hay día que no se pelee con la máquina de café, y soy de las que piensan que el ordenador que usa en la sala de prácticas debería estar acolchado por si algún día sale volando por la ventana, yo no digo nada. Muchas veces se ofusca y se pone nerviosa por nada, y en esos momentos da un poquito de miedo hablar con ella, pero no es demasiado difícil hacer que se le pase el cabreo. Tiene cosquillas en la barriga y cuando le apetece tener ropa nueva se va de excursión al armario de sus padres, así que ya sabeis, si algún día la veis con ropa grande, no es que se la haya comprado de mil tallas más de la suya. Adora la música, tocar la guitarra, dibujar en sus apuntes y verme llegar a clase con cara de sueño. El año que viene vamos a ser compañeras de piso, y creo que engordaremos mil kilos, porque las guarradas que comemos cuando estamos juntas no tienen nombre.

Y este bicho de aquí es Tania.

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Es la pequeña de la clase, a veces nos cuesta llevarla al parque para que juegue con sus amigos mientras los mayores hablamos de nuestras cosas. Es tan tonta que cada dos por tres le da por fingir que se ha enfadado conmigo y al final acaba creyéndoselo y se enfada de verdad, pero luego siempre acaba pidiendo perdón. Es la persona más rara del mundo, no le gusta el queso, y por eso Carmen y yo pensamos que no es humana, pero no se lo digais. Cuando Carmen y yo vivamos juntas será nuestra mascotita, la tendremos de okupa todos los días, pero ya se sabe las normas, tiene que traernos comida a cambio (Ehé, sí, comida). Juntas somos las relaciones públicas del grupo; yo busco las fiestas, y ella organiza las cenas. El problema es que todas las semanas encontramos sitios a los que ir, y creo que la cosa ya se nos va de las manos.

Hay veces en las que las mataría un poco, pero sé que sin ellas ahora nada sería lo mismo. Son las típicas personas a las que no hace falta que les digas que estás mal para que lo noten y se sienten a hablar contigo, o te alegran el día con cualquier tontería, aunque a ti ese día ni siquiera te apetezca sonreir o salir de la cama. De alguna forma, creo que me obligan a ser feliz, y nunca voy a dejar de dar gracias por ello. Por tenerlas a mi lado, que no es fácil, simplemente por haber llegado a mí y saber quedarse.

LAS ADORO.
(Pero solo un poquito, no os emocioneis).