FÁBULAS
El Cabrito y El Lobo
Al
salir la cabra de su establo encargó a su hijo el cuidado de la casa,
advirtiéndole el peligro de los animales que rondaban por los alrededores con
intención de entrar a los establos y devorar los ganados.
No tardó mucho en llegar el enemigo: ¡Un lobo horrible,
amiguitos míos, un lobo!, que imitando la voz de cabra llamó cortésmente a la
puerta para entrar.
Al mirar el cabrito por una rendija vio al feroz carnicero
y, sin intimidarse le dirigió el siguiente discurso:
- Bien sé que eres nuestro mayor adversario y que, imitando
la voz de mi madre, pretendes entrar para devorarme. Puedes marcharte, odiado
animal, que no seré yo quien te abra la puerta. Sigue el consejo de tus
padres
y vivirás feliz toda la vida.
Fin.
La Gallina de los huevos de Oro
Erase
una Gallina que ponía un huevo de oro al dueño cada día. Aun con tanta ganancia,
malcontento quiso el rico avariento descubrir de una vez la mina de oro y hallar
en menos tiempo más tesoro.
Matóla; abrióle el vientre de
contado; pero después de haberla registrado, ¿qué sucedió? Que. Muerta la
Gallina, perdió su huevo de oro, y no halló mina.
¡Cuántos hay que, teniendo lo
bastante,
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos
a veces de tan rápidos efectos,
que sólo en pocos meses,
cuando se contemplaban ya marqueses,
contando sus millones
se vieron en la calle sin calzones!
Fin
El Perro del Hortelano
Un
labriego tenía un enorme perro como guardián de sus extensos cultivos. El animal
era tan bravo que jamás ladrón alguno se atrevió a escalar la cerca de los
sembrados.
El amo, cuidadoso de su can, lo alimentaba lo mejor que
podía, y el perro, para mostrar su agradecimiento, redoblaba el cuidado de los
campos.
Cierto día, el buey del establo quiso probar un bocado de la
alfalfa que su amo le guardaba, pero el perro, poniéndose furioso y enseñándole
los dientes, trató de ahuyentarlo.
El buey, reprochando su equivocada conducta, le dijo:
- Eres un tonto, perro envidioso. Ni comes ni dejas comer.
Y añadió: - Si el amo destina a cada
cual lo que le aprovecha y la alfalfa es mi alimento, no veo que tengas razón
para inmiscuirte en negocio ajeno.
Agua que no has de beber,
amigo, déjala correr.
Fin
El Camello y La Pulga
Al
que ostenta valimiento cuando su poder es tal que ni influye en bien ni en mal,
le quiero contar un cuento.
En una larga jornada, un camello muy cargado exclamó ya fatigado: -¡Oh, que
carga tan pesada!
Doña Pulga, que montada iba sobre él, al instante se apea y dice arrogante:
-¡Del peso te libro yo!
El Camello respondió: -¡Gracias, señor elefante!
FIN
La Serpiente y La Lima
En
casa de un cerrajero entró la Serpiente un día, y la insensata mordía en una
Lima de acero.
Díjole la Lima: - El mal, necia, será
para ti: ¿Cómo has de hacer mella en mí, que hago polvos el metal?
Quien pretende sin razón
al más fuerte derribar,
no consigue sino dar
coces contra el aguijón.
Fin