Escueta vista del salón de mi casa, con la puerta del dormitorio al fondo, tal como era cuando
mi madre y sus hermanas escuchaban al "marinero".
Esa misma vista en la actualidad, con la puerta que el fantasma no ve.
La casa de los espíritus
Creo en los fantasmas. Creo en los fantasmas. Creo, creo, creo en los fantasmas. El León Cobarde.
A diferencia del León Cobarde, yo no creo en los fantasmas ni recuerdo haber creído nunca, a pesar de lo cual me he llevado sustos morrocotudos y, en una ocasión, fui uno de los diez o doce que vieron uno (un fantasma, no un León Cobarde)... por lo menos hasta que amaneció y descubrimos que las sombras que proyecta la Luna son mucho más divertidas que las del Sol.
No creer en los fantasmas es algo que viene muy bien cuando se vive en una casa de tres habitaciones, salón, cocina, baño y fantasma, que es precisamente lo que sucede en mi caso. Lo que quiero decir con esto es que, de ser yo una persona crédula, hace años que me hubiera mudado y, además, iría contando a todo el mundo espeluznantes historias vividas en una casa encantada. Las historias las cuento igual, claro, porque son muy entretenidas y dan para un rato largo de amena conversación, pero en cambio sí puedo vivir aquí.
Por si alguien no se ha enterado todavía, vivo en el segundo apartamento de mis abuelos (el primero en la calle Visitación, donde nació mi madre), en el que fue uno de los primeros edificios construidos en la Avenida del Puerto (también conocida brevemente como "Avenida del Doncel Luis Felipe García Sanchís" y, más brevemente todavía, "Avenida Lenin", durante los días en que Valencia fue capital de España). Edificio que, según las crónicas, fue levantado con intención de albergar un consulado, pero acabó siendo el Casino Republicano hasta que, tras la guerra incivil, se le añadió un tercer piso (que es el mío, aunque en la escritura diga que vivo en el primero) y, tras un buen expolio de todo aquello de valor, convertida en apartamentos.
Mi abuelo Pascual fue el primer comprador, pagando cuarenta mil pesetas de la época (algo menos de 250€) y trasladándose al edificio, todavía vacío, con su mujer, cuatro hijos y una criada. Los cuatro hijos eran realmente un hijo y tres hijas, y estas últimas compartían habitación. Precisamente la misma habitación que convertí en mi dormitorio al instalarme aquí casi cuarenta años después.
Al poco de empezar a dormir regularmente en esta casa (antes lo había hecho de forma intermitente y raramente solo), ya entrado el invierno, empecé a notar que, algunas noches y a altas horas, alguien caminaba por el salón en dirección a mi dormitorio, contra cuya puerta cerrada chocaba con un ruido característico, como el que produciría una persona que llevara una chaqueta con grandes botones metálicos. De ser propenso a creer en fantasmas supongo que habría salido corriendo (y muerto de sueño) a la mañana siguiente para no volver más, pero como soy bastante raro (cosa que advierto aquí por si alguien no se había dado cuenta) me dediqué a buscar alguna explicación lógica al asunto... hasta que un día se me ocurrió comentar en casa de mis padres lo que sucedía en la mía y, no bien hube comenzado el relato, fui interrumpido por mi madre y una de mis tías que completaron lo que faltaba sin olvidar ningún detalle: pasos en el salón, dirección dormitorio, topetazo con la puerta y ruido de "chaqueta de marinero", como la describieron ellas. Y es que, al parecer, el asunto llevaba muchos años sucediendo y ellas ya lo escuchaban de pequeñas.
Esta confirmación, lejos de aumentar miedos (que difícilmente podrían aumentarse, porque repito que soy difícil de asustar con espíritus y fantasmas), tuvieron el efecto de multiplicar mi curiosidad... Intenté dormir con la puerta abierta, para ver si el fantasma entraba directamente en la habitación pero, siendo mi casa una sucursal del Polo Norte en aquellos días, hube de renunciar y cerrar la puerta en mi intento de salir vivo del experimento o, por lo menos, sin sufrir varias pulmonías múltiples. Salté de la cama cuando volví a escuchar los pasos y el repiqueteo en la puerta, para abrirla y descubrir al Caminante Nocturno, que dirían Os Mutantes, pero sólo conseguí dejar entrar una buena porción de aire gélido del salón. Intenté quedarme despierto para poder actuar con premura, pero como el suceso no era diario ni regular la cosa se presentaba difícil, por lo menos para alguien como yo, acostumbrado desde pequeño a dormir todos los días. Con el paso del tiempo, y el fracaso de mis intentos de tener un encuentro con mi poltergeist particular, llegué a la única conclusión posible: los "pasos" por el salón (cuyas baldosas tenían complejo de teclas de piano y sonaban melodiosamente cuando las pisabas) eran debidos, con toda seguridad, a la contracción de las vigas que sostenían (y todavía lo hacen) el suelo, lo que originaría la redisposición de las teclas, esto... las baldosas; por su parte, el repiqueteo en la puerta se originaría en la misma contracción de la madera, también producida por las temperaturas glaciales del exterior de mi dormitorio. Todo ello era agradablemente racional y proporcionaba un cálido sentimiento de regocijo científico.
Estaba claro que no podía durar, así que, a los años, un amigo egresado del hogar paterno por motivos de salud, por decirlo finamente, pasó una temporada en casa, compartiendo dormitorio con un servidor. Esta situación se prolongó durante meses, mientras se esperaba una solución para el problema. La solución no llegó, pero la estancia terminó de manera bastante poco satisfactoria. Tan poco satisfactoria que mi cabreo (por haber estado gastando tiempo, energía y dinero para resolver un problema que, de la noche a la mañana, soluciona una tercera parte con un soborno, una mentira y una claudicación) alcanzó proporciones volcánicas. El cabreo lo quemé bastante por el simple método de agotarme desmontando la cama supletoria y volviendo a organizar mi dormitorio como estaba antes de toda esa historia, así que, por la noche, yo estaba completamente rendido y caí dormido en cuanto me acerqué a mi cama... para despertarme sobresaltado por un ruido de cristales rotos. Lo primero que pensé fue que a algún vecino se le habría caído algún objeto de cristal a altas horas de la noche, pero entonces volvió a escucharse el mismo ruido... y esta vez estaba claro que había sido dentro de mi habitación. Encendí la luz, busqué mis gafas, me las puse y, cuando estaba a punto de poner un pie en el suelo, me di cuenta de que estaba lleno de cristales, lo que me ahorró un buen sangrado. Al mirar hacia arriba descubrí que dos de los tres adornos de cristal de la lámpara se habían soltado alegremente y el tercero acariciaba también ideas suicidas. En estos momentos, dicha lámpara no luce adorno ninguno, más que nada por que mi cama está ahora situada directamente debajo de la misma, y no me apetece que se le repita la depresión y me llene las sábanas de cristal molido.
Durante los meses en los que compartí casa con este individuo no recuerdo visitas del "marinero" pero, tan pronto se fue y se descuajeringó la lámpara del dormitorio, volvieron los paseos nocturnos y los tropezones contra la puerta.
Esto me llevó a pensar que, por alguna razón, el hecho de aumentar la temperatura del dormitorio contribuía a evitar la contracción de la puerta y que, al verme necesitado de "cerrar orejas" al dormir, para no despertarme cada cinco minutos con las vueltas y revueltas de mi compañero de cuarto en su cama desafinada, tampoco escuchaba los "pasos" por el salón. El otro durmiente, por su parte, hubiera sido incapaz de despertarse aunque un tren atravesara el dormitorio pitando desenfrenadamente, así que mucho menos por unos ruiditos en la habitación vecina.
Unos años después de esto volví a compartir casa, aunque esta vez tomé la precaución de habilitar una habitación como dormitorio para el niño de once años que iba a llegar inminentemente. El nuevo dormitorio está todo lo lejos de mi dormitorio que pueden estarlo dos habitaciones en un apartamento de sesenta y pocos metros cuadrados y, además, no se accede a él a través del salón, sino casi por el recibidor. No obstante esto, cuando el mencionado niño empezó por fin a hablar, una de las primeras cosas que me dijo fue que, por las noches, alguien caminaba por su dormitorio y hacía ruidos.
Poco después cambié puertas (incluida la de mi dormitorio) y suelos (incluido el del salón), y cesaron los pasos por el salón e intentos de atravesar la puerta de mi dormitorio, pero no así las incursiones en el nuevo dormitorio (también con puerta y suelo nuevos). La teoría de cierta amiga aterrorizada por el simple pensamiento de que yo viva tranquilamente en una casa en la que suceden tamaños acontecimientos paranormales es que, al cambiar el suelo (es tarima, así que resulta bastante silenciosa y, además, no se mueve, lo que hace que resulte menos melodioso caminar por la casa, pero es mucho más práctico), "el fantasma" ya no hace ruido al moverse y, al cambiar la puerta del dormitorio, lo que he hecho ha sido dejarla siempre abierta, porque "el fantasma" no reconoce la nueva puerta como un obstáculo. Por mucho que me parezca enormemente más sugerente y romántica esta explicación que la mía, no puedo compartirla, sobre todo porque me resulta más coherente el hecho de que la tarima flotante no produzca los mismos ruidos que un montón de ladrillos sueltos al moverse por las contracciones de las vigas que los soportan, la nueva puerta no tenga los mismos límites de contracción o dilatación que la vieja y, además, al cambiar ventanas y acondicionar el resto de la casa, los cambios de temperatura son mucho menos bruscos y las temperaturas alcanzadas no son tan extremas como antes.
Además del relato anterior, está la queja de los vecinos del piso inferior en los pocos meses que mi casa quedó vacía, entre la mudanza de mi abuela a casa de mis padres y mi traslado definitivo aquí.
Durante esos meses en los que permaneció desocupada (se puso en venta, pero sólo se interesaron una vez por el piso y no hubo acuerdo por los numerosos arreglos que necesitaba para hacerlo habitable por una familia joven y con hijos) en dos ocasiones fue mi madre abordada en la calle por la vecina con quejas por las "fiestas nocturnas" que se organizaban en la casa: golpes, arrastrar de muebles, gente corriendo... Las dos veces fuimos a comprobar si había algo de cierto, puesto que sólo mi madre y sus dos hermanas tenían llave, y en ambas ocasiones encontramos la casa exactamente igual que la habíamos dejado la última vez que estuvimos en ella, con el mismo polvo acumulado y sin ninguna huella de haber acogido una "fiesta" en su interior: muebles en su sitio, ventanas cerradas y las únicas marcas en el polvo del suelo eran las nuestras. Dado que no había edificios anejos y el resto de vecinos del inmueble llevaban viviendo en él desde siempre y, a su edad, no eran muy dados a fiestas ni trabajos nocturnos, queda en el aire qué pudo ocasionar todos esos ruidos y molestias.