Religión y ejército.

Las causas de la grandeza y el mantenimiento del poder EN LA ROMA ANTIGUA

 

La inserción de lo divino en la guerra es una característica que comparten todos los pueblos de la Antigüedad, todos ellos contaban con dioses específicos, divinidades guerreras que presidían los actos bélicos.

La base de las relaciones guerreras entre lo sagrado y lo humano parte de la necesidad de una garantía de la protección divina. Cuando los ejércitos entraban en campaña se procedía a la purificación de la tropa y de las armas, se hacían sacrificios, declaraciones, acuerdos y actos simbólicos religiosos con el objeto de afirmar su carácter oficial y atraerse el favor de los dioses que, simbolizados en los estandartes, encabezaban siempre el ejército y guiaban a las columnas. El papel de lo divino alcanzaba  su punto álgido en la batalla, esta se ganaba o perdía por la voluntad de los dioses. Esta concepción le proporcionaba, además, un carácter de ordalía o juicio del cielo y justificaba el trato a los vencidos.

Para conocer la voluntad de estos dioses era fundamental la observación de presagios. Las tropas no se ponían en marcha sin la presencia de adivinos que hacían sus augurios leyendo las entrañas de las víctimas sacrificadas, observando fenómenos meteorológicos o astrológicos, el vuelo de las aves…  Desde el apetito de las aves hasta el comportamiento de los portaestandartes, todas las formas de presagio tuvieron éxito en la vida militar romana, donde la integración de lo sagrado en la técnica militar fue completa.

 

Orígenes y evolución de la religión en Roma

El sustrato de los mitos romanos tiene un origen indoeuropeo. Lo esencial de este legado se conservó de forma historizada. Cuando los eruditos de la República romana construyeron su historia no dejaron que se perdiera la mitología ancestral que había subsistido transmitiéndose de generación en generación. Gran parte de los relatos “históricos” romanos, como el mismo origen de la ciudad, serían sólo una adaptación de los mitos indoeuropeos e incluso del sustrato original itálico antes de su aparición. Tito Livio quiso dar al relato del nacimiento de su nación la autoridad y veracidad de la Historia, así como justificar los ritos y las costumbres por su proyección al pasado. De esta forma, los representantes de los más antigua Triada romana eran: Júpiter, cuya función principal era la soberanía mágica y jurídica; Marte, que representaba la fuerza guerrera; y, Quirino, divinidad de la fecundidad y de la prosperidad económica. Estos dioses se metamorfosearon en personajes históricos, concretamente en los tres primeros reyes romanos: Rómulo, Numa Pompilio y Tulio Hostilio.

Por otro lado, esta Triada funcional, que constituye el modelo ideal de la división de las sociedades indoeuropeas en tres clases: sacerdotes, guerreros y pastores-agricultores, sirvió para justificar la originaria jerarquía social romana, aunque pronto dislocada.

Antes de sentir el influjo etrusco o griego, la religión romana tenía infinidad de deidades. Eran dioses desdibujados, sin configuración humana, espíritus que residían en todos los lugares en que el hombre habría de actuar. Sí tenían símbolos que les representaban como la piedra a Júpiter, la lanza a Marte o el fuego a Vesta.

Los romanos concebían a sus dioses en un aspecto estrictamente funcional y por ello se veían obligados a multiplicarlos; toda cosa existente: grupo de edad, cada individuo, momento o expresión de la vida humana, cada acto social, tenía su dios tutelar. Esta concepción funcional dio lugar a uno de los rasgos más notables de la religión romana: la temprana asimilación o identificación de elementos y divinidades de los pueblos con los que entraba en contacto. Cuando la primitiva organización social dio origen al Estado, éste absorbió la administración litúrgica y estableció una religión oficial cuyos principales elementos procedían del mundo mítico etrusco y griego. Bajo dominación etrusca la arcaica Triada fue sustituida por Júpiter, Juno y Minerva. La religión etrusca también se caracteriza por una precoz asimilación de elementos itálicos y griegos produciéndose una mezcla de dioses latinos, sabinos, griegos…

Cuando se vio en peligro la existencia misma del Estado romano, a causa de la II Guerra Púnica, la religión experimentó transformaciones profundas, se apeló a todos los dioses, cualquiera que fuese su procedencia, y se introdujo a Cibeles, la primera divinidad asiática en Roma. Un impacto mayor sufrió cuando entraron en contacto con las colonias griegas de la Italia meridional, aunque el conservadurismo romano aseguraba la originalidad de su culto lo cierto es que se sumergieron en el océano de la imaginación griega. Bajo su influencia adoptaron gran parte de sus dioses y aceptaron también su jerarquía y su forma plástica ya consagrada por el arte griego. Los dioses romanos encontraron su figura correspondiente en el patrimonio religioso y artístico griego. Así Júpiter se identificó con Zeus, Marte con Ares, Minerva con Atenea, Juno con Hera, Saturno con Cronos, Vulcano con Hefestos, Venus con Afrodita… La religión se mitificó por influencia y a semejanza de la griega. La mayor parte de las leyendas romanas fueron un calco de los mitos griegos.

El programa de Augusto para la regeneración de Roma contó con la restauración de los sentimientos religiosos y morales para el inicio de una nueva época de grandeza, una vuelta al antiguo e íntimo culto a los dioses. La reforma religiosa supuso un muro de contención para impedir la introducción de nuevos cultos o ritos. Pero Augusto fue más condescendiente en lo relativo a la divinización de Roma y de los príncipes del Imperio a partir de César con el objetivo de consagrar y canonizar su obra política y social, considerándola la obra de un dios. Sin embargo la evolución religiosa continuó con el Imperio adoptando creencias orientales que aseguraban la paz de espíritu, la felicidad y la vida eterna.

“Llega con todo ello la época de un sincretismo religioso en que subsisten en la misma ciudad los cultos más variados y en ocasiones opuestos entre sí, con lo cual el panteón romano viene a ser un inmenso museo donde se han recogido todas las piezas conocidas en todos los pueblos dominados. El genio práctico de los romanos ha querido jerarquizarlo todo, relacionar y unificar todo lo semejante. Ha encontrado muchas piezas que puede identificar de la religión romana, itálica, griega y oriental; escapando algunas difíciles de clasificar, y aún de aquellas, que han asimilado, hay tantos aditamentos que resulta difícil reducir a una unidad, como le sucede a Cicerón cuando analiza el carácter de cada dios.” (Guillem, 1994:16)

 

Características de la religión romana

La religión romana carecía de doctrina dogmática y de especulaciones filosóficas. Consistía en pequeñas creencias basadas en la transmisión de los mayores y en la estricta observancia de ritos, ceremonias y actos de culto puramente exteriores.

Los romanos tenían un concepto de sus dioses estrictamente funcional o práctico, para que respondieran a todas las necesidades de su existencia se veían obligados a multiplicarlos y especificarlos. Las emociones y afectos no tenían cabida aunque sí el temor a la cólera de los dioses. Toda la religión estaba reducida a un ceremonial fijado hasta el último detalle y no exento de cierto carácter mágico que obligaba al poder al que iba destinado.

Los dioses eran venerados en tres estamentos: sacra doméstica (familia), sacra gentilicia (gentes) y sacra pública (República). La religión impregnaba de tal modo la vida privada y pública que el fiel se hallaba siempre inmerso en el ámbito de lo divino. Los dioses intervenían en todos los actos y horas de su vida. Para comunicarse con la divinidad el hombre romano utilizaba principalmente la plegaria, el himno, la promesa o el voto, el sacrificio, la ofrenda, el banquete sagrado, las técnicas adivinatorias y los ritos de purificación, agradecimiento o expiación. Sin la comunicación constante con sus dioses, para asegurarse su benevolencia y su amistad, el fiel se sentía perdido. En este sentido se inscribe la gran importancia que los romanos atribuían a los prodigios, fenómenos insólitos interpretados como presagios. El diálogo entre dioses y hombres se entablaba a través de esas manifestaciones.

Los romanos concebían la relación con sus dioses como un tratado bilateral, de su cumplimiento no se podía dudar ya que Júpiter como guardián de los pactos jurados era el garante de la fides romana, una fidelidad a los compromisos que impregnaban el espíritu del hombre romano. Todas las acciones del hombre se iniciaban y concluían en el nombre de dios, nada se emprendía sin consultar la voluntad de los dioses. La pietas o justicia para con los dioses era la observancia escrupulosa de los ritos y de todo lo que les es debido o de su agrado con el fin de predisponerlos a que les correspondan con lo que de ellos esperan. En la sumisión y en la piedad para con los dioses radicaba la causa de la grandeza de Roma.

La oración y el sacrificio eran los dos principios esenciales de toda ceremonia de culto. El sacrificio en el ritual doméstico era incruento, el pater familias ofrecía a sus dioses trigo, fruta y vino. En cambio en el culto público eran cruentos, animales sacrificados mediante ceremonias rígidamente establecidas que se mantuvieron invariables a lo largo de los siglos. Cada divinidad mostraba su predilección por una clase de ofrendas, en circunstancias especiales parece ser que los sacrificios fueron los Suovetaurilla que consistían en la inmolación de un cerdo, una oveja y un toro. Frecuentemente oración y sacrificio iban acompañados de un voto que en realidad era un contrato en el que el fiel exponía claramente a los dioses lo que esperaba de ellos y lo que se comprometía a realizar una vez obtenido lo que deseaba. Se demuestra así el carácter práctico y jurídico con el que se concebía la religión romana.

 

Dioses protectores de las actividades bélicas

Los soldados, que al igual que los generales eran libres de ofrecer sus votos al dios de su mayor devoción, invocaban antes de entrar en batalla a sus dioses, les ofrecían sacrificios, templos, aras, despojos o armas del enemigo vencido. Entre estas divinidades estaban:

Marte

 Según la leyenda el padre natural de Rómulo, y por extensión el de todos los romanos. Dios primitivamente agrario que evolucionó por la influencia helénica a Dios de la Guerra. El pueblo romano era militar y fundamentaba su supervivencia en la fuerza de las armas y en la protección de Marte, que además era también el símbolo del genio conquistador de SPQR. En el mes a él consagrado, marzo, se daba inicio a las actividades  militares. En el combate favorecía a su pueblo actuando como un legionario perfecto.

Marte está unido a todas las grandes empresas de SPQR, cuando se declaraba la guerra el general movía la lanza que simbolizaba a Marte diciéndole: «¡Mars, vigila!»; porque además era quien proféticamente avisaba cuando se avecinaba algún peligro moviendo las lanzas de la regia –residencia del pontífice máximo- y los escudos de los salios –cofrades religiosos que realizan rituales guerreros. En la batalla, y luego en la victoria, le ofrecían sacrificios y los altares y templos a Marte se llenaban de despojos y de armas del enemigo.

Júpiter

Rey de los dioses todopoderoso. El culto que se le rendía era sobre todo político, personificando la idea del Estado. Aunque no era un guerrero, como Marte, asistía al luchador de forma invisible y mágica; a él se le atribuían los presagios obtenidos observando el vuelo de las aves y las “señales” aparecidas en el cielo.

En el templo de Júpiter Capitolino se guardaban los Libros Sibilinos[1], leyes, tratados de paz y diplomas militares, y en él se reunía el Senado cuando se trataba de discutir sobre los asuntos de la guerra. Allí acudían los generales antes de partir de la ciudad para dirigir al ejército y también cuando volvían triunfantes, celebrando la victoria de las armas y adornándose con las insignias del propio Júpiter. Durante esta ceremonia, el general vencedor se convertía en su doble, avanzaba sobre un carro coronado de laurel y vestido de rojo, dotándose así del Imperium, el máximo galardón militar y político.

Juno

Diosa principal del pueblo romano. Su culto por los pueblos itálicos, latinos y etruscos se remonta a la más remota antigüedad. Juno formaba parte de la Triada Capitolina, junto a Júpiter y Minerva, que debían vigilar de manera especial por la salvación de SPQR.

Asumía las tres funciones, reina (esposa y hermana de Júpiter), guerrera y madre (de Minerva), de las viejas ideas indoeuropeas. En su templo los gansos, a ella consagrados, avisaron con sus excitados graznidos del asalto galo a la ciudadela del Capitolio, la fortaleza sagrada,  tras la batalla de Allia (387 a. C.) donde se refugió y resistió la población con sus tesoros.

Minerva

Diosa de toda actividad de la mente. Posteriormente se identificó con la Atenea helénica, diosa de la guerra.

Vulcano

Su labor en la guerra estaba relacionada con el fuego devastador que asola el territorio enemigo.

 Bellona

Patrona de la guerra. Algunas veces aparecía como compañera-esposa de Marte. Se representaba en el carro del dios con rasgos aterradores evocando la furia; en su mano flameaba una antorcha, con intención de incendiarlo todo, o también una lanza o espada para matar a quien se interpusiera en su camino.

Lares

Eran los dioses domésticos, los genios tutelares de cada casa y familia. Se distinguían muchas especies de lares, entre ellos los que se ocupaban de alejar a los enemigos o de proteger las naves. A los Lares se les atribuyó el que Aníbal se alejara de Roma, considerándoles por tanto defensores de la ciudad y del imperio.

Fauno y Silvano

Dioses con un don profético, a los que se atribuían las voces misteriosas que se escuchaban en el silencio de la noche o dominando el fragor de la batalla ante la proximidad de un grave acontecimiento.

Victoria

Herencia indoeuropea también es el fenómeno de la divinización de cualidades humanas e ideas abstractas como el honor, la gloria, la fortuna, el valor, la fidelidad o la victoria, que fueron objeto de culto en Roma. Los generales ofrecían votos en su honor si vencían y la divinidad nunca podía faltar en los campamentos militares. La Victoria, protectora de SPQR en general, será en el Imperio la divinidad que coronará al emperador triunfante acabando por convertirse en la personificación de la potencia vencedora del emperador. Augusto la declaró divinidad tutelar del nuevo orden de la ciudad con la pretensión de renovar el espíritu guerrero y heroico de ésta. La victoria ha fundado el imperio y élla lo conserva.

Tranquilitas

Divinidad relacionada con Neptuno y con los vientos, representa la calma o la bonanza del mar. Augusto le ofreció un sacrificio cuando en el 36 a.C. disponía su flota para combatir la armada de Sexto Pompeyo.

Castor y Polux

Héroes divinizados que actuaban en las incontables guerras como jinetes al servicio de Roma. Los dioscuros aparecían al frente de la caballería interviniendo para que las arma romanas obtuvieran el triunfo. Eran también protectores de los marineros.

Hércules

Divinidad protectora de las armas y por ello era invocado junto con Marte y la Victoria. Los generales victoriosos le ofrecían un diezmo de sus bienes para garantizar su protección.

Venus 

Antes de convertirse, bajo influencia griega, en la diosa de la belleza y del amor, era objeto de n culto propiciatorio. Sila, Pompeyo y Cesar la invocaron para asegurarse su benevolencia. Cesar le prometió un templo antes de la batalla de Farsalia y la convirtió en madre de Eneas, el sobreviviente de la guerra de Troya, que por voluntad de los dioses emigró al Lacio para fundar una dinastía que, por supuesto, era la Julia. Venus, convertida en madre de la dinastía Julia unida a Marte padre de los romanos presidirán eternamente los destinos de la ciudad de Roma.

Salvo contadas excepciones como los templos de Minerva, los Dioscuros o Hércules, que se justifican por la importancia de los servicios prestados a Roma, la mayor parte de los dioses importados no fueron establecidos dentro del Pomerium, recinto místico de la población civil que señalaba los límites de la ciudad. La entrada del ejército en el interior del Pomerium no estaba permitida, por ello muchas fiestas se realizaban en el Campo de Marte, un espacio abierto entre la ciudad y el río Tiber que no estaba incluido dentro de los límites sagrados de la ciudad. En tiempos de Sila este espacio sagrado, y por tanto la prohibición del ejército, se amplió hasta el Rubicón. Cuando Cesar lo cruzó con sus legiones violó este espacio dando inicio a las Guerras Civiles.                                                                                       

Colegios Sacerdotales

Los sacerdotes romanos nunca formaron una casta cerrada, cualquier patricio, y con el tiempo también los plebeyos, podía formar parte de cualquier sacerdocio. Los sacerdotes no eran muy numerosos porque cualquier persona con autoridad tenía también atribuciones religiosas. El culto familiar era realizado por el pater familias, en su domus y con sus ritos privados; mientras que el culto público, que contaba con dioses más poderosos, era presidido por los magistrados. Además el jefe del estado era también el sacerdote del estado, pero las funciones religiosas eran confiadas a colegios sacerdotales que eran independientes entre sí.

Dado el gran número de divinidades a las que se rendía culto, había sacerdotes para cada dios, flamines para algunas divinidades en concreto y  pontífices para todas en general. Cada uno de los colegios sacerdotales tenía una especialidad, sus técnicas y saberes especiales eran transmitidos dentro de cada colegio de generación en generación.

 Pontificex

Colegio que protegía los ritos nacionales y velaba por el buen funcionamiento de la religión en general. Más por cuestiones de poder político que religioso, con el paso del tiempo se fue imponiendo sobre los demás colegios, sobre todo la figura del Pontificex Maximo jefe de su colegio sacerdotal y escalón más alto de la jerarquía sacerdotal, que actuaba como árbitro supremo de todos los colegios sometidos a su influencia y vigilancia. Éste era un cargo reservado para las familias patricias más influyentes, César y Augusto lo fueron. Regulador de la religión y del culto, tanto público como privado, entre sus amplias atribuciones tenía además potestad legislativa e interpretativa de la ley y el derecho, era también el administrador de todos los bienes de los dioses y elaboraba el calendario fijando claramente todas las ceremonias y festividades señalado además los días hábiles (fastus) o no hábiles (nefastus) que eran los días en que no se podía llevar a cabo acciones de carácter público. El Pontificex Maximo junto al Rex Sacrificulus (jefe de sacrificios) celebraba las ceremonias extraordinarias del culto a Jano, que antes era privilegio del rey.  Elaboraba también la indigitamenta: lista que contenía el nombre de las diferentes fuerzas divinas, la manera de invocarlas y sus respectivas funciones.

Augures

Dedicados a la adivinación, fueron de los primeros en aparecer en la historia de Roma, ya que para la fundación de la ciudad, Rómulo consultó los auspicios (respuestas de los augures), y nombró un augur por cada tribu para que le ayudaran en la ordenación de los quehaceres públicos.

Los augures custodiaban e interpretaban los oráculos y las profecías, observaban los augurios en los signos celestes, en el canto y el vuelo de los pájaros o en la comida de los pollos, para saber si los dioses aprobaban o no el negocio público, de paz o de guerra, que se pretendía emprender, pidiendo, en caso positivo que se enviara tal o cual signo.

Arúspices

Adivinos de origen etrusco, pretendían escudriñar el futuro por la observación de las entrañas de los animales sacrificados. Se acudía a ellos en momentos de peligro y asistían  a los generales en los sacrificios antes de las batallas.

Decenviros

Interpretaban y guardaban los Libros Sibilinos (rito griego). Con Sila sus miembros se elevan a quince y reciben el nombre Quindecimviri Sacris Facundis. Su principal función era investigar en los libros citados fórmulas para aplacar la cólera de los dioses cuando se mostraban airados a través de algún prodigio o fenómeno anormal. Se les consultaba sobre todo tras los desastres de la guerra para que descubrieran las causas de las derrotas militares.

Su actuación se ve claramente en el contexto de la II Guerra Púnica. Ante las continuas derrotas que las legiones romanas sufrían frente al ejército de Aníbal, el Senado, siguiendo las indicaciones de los Libros Sibilinos, promulgó ceremonias, sacrificios, lustraciones y procesiones especiales. El desastre de Cannas (216 a. C.) aún resultó más inquietante por la gran cantidad de prodigios observados y por el incesto (violación del voto de castidad) de dos vestales, cuando esto último sucedía era signo de que se había roto la ansiada Pax Deorum, que era la concordia necesaria entre dioses y hombres que constituye uno de los principales objetivos de la actividad religiosa romana. Ante esta situación el Senado envió a Fabio Pictor con la misión de consultar el Oráculo de Delfos sobre qué debían de hacer los romanos para volver propicios a los dioses. Mientras tanto se ordenan sacrificios humanos al modo griego siguiendo igualmente las profecías de la Sibila de Cumas. Tito Livio dice:

“se hicieron sacrificios extraordinarios, entre ellos un galo y una gala, un griego y una griega fueron enterrados vivos en el Foro Boario en el lugar cercado por unas piedras, que ya antes habían recibido otras víctimas humanas, pero no romanos ni según rito romano.” (Guillem, 1994:374)

Este tipo de sacrificio humano se dio repetidas veces en los momentos de máximo peligro para la ciudad. Los sacrificios humanos o muertes rituales eran frecuentes en los inicios de SPQR, como se deduce de la práctica de la Devotio o del combate de gladiadores introducido en el s. III a. C. como sacrificio funerario. La muerte pública del jefe de los vencidos por Roma en la ceremonia del triunfo podría considerarse como uno de estos sacrificios, tal fue el caso de Vercingetórix. Los sacrificios humanos no se suprimieron hasta el año 97 después de Cristo.

Siguiendo también las indicaciones de los Libros Sibilinos, se realizaron ofrendas, entre ellas el Ver Sacrum Facere, el verdadero voto heredado de los sabinos que consistía en ofrecer a Júpiter todo ser animado que naciera entre ellos durante la primavera si el dios a cambio salvaba al pueblo romano. Los niños, de no estar expresamente excluidos, también entraban en el voto, pero no eran sacrificados sino consagrados a Marte o una vez adultos se les velaba la cabeza y eran desterrados al modo de una muerte simbólica. Finalmente, en el año 205 a. C., la Sibila aconseja para arrojar a Aníbal de Italia introducir en Roma la primera divinidad asiática: la Cibeles frigia.

El colegio de los Quindecimviri, cuyo cometido era la protección y procuración de cultos extranjeros en Roma, influyó decisivamente en la evolución de la religión romana helenizándola, indicando que era necesario introducir en el culto algunos de los dioses de los otros pueblos itálicos primero, luego griegos y más tarde orientales.

Saliares

Celebraban los ritos religiosos del mes de marzo alabando a Marte. Etimológicamente su nombre proviene del verbo salitare (saltar), lo cual hacen en sus ceremonias mientras cantan sus himnos. Numa eligió a doce salios en honor a Marte Gradivo, dios de la batalla, como guardianes de los doce escudos sagrados, uno de estos escudos había caído milagrosamente del cielo como prueba solicitada por Numa a Júpiter de la permanencia del imperio romano.

Feciales

Agentes de la diplomacia romana. Encargados de la fides (fidelidad) pública entre los pueblos. Los feciales eran los encargados de establecer y conservar pactos de paz. La paz realizada sin su intervención era considerada nula y el general que la firmaba era entregado al enemigo.

Su principal función era preparar el inicio de las hostilidades, justificar la guerra consiguiendo a cualquier precio que formalmente al menos la legalidad estuviera al lado de SPQR, mediante la cuidadosa elección del casus belli y el escrupuloso respeto de los ritos tradicionales de la declaración de guerra para no enojar a los dioses. La causa de la guerra siempre resultaba ser la legítima defensa, la agresión se camuflaba con motivos honorables como la defensa de los dioses, de la colectividad o de los aliados. Se traba en definitiva de un procedimiento de culpabilización del adversario, desplegando para ello todos los recursos del espíritu legalista de la religión.

Una vez establecido el casus belli solían asegurarse de que el enemigo se negara a reconocer y reparar sus faltas, para seguidamente proceder a las declaraciones oficiales y a los actos simbólicos con valor religiosos que autorizaban el inicio de las operaciones guerreras. El ceremonial de la declaración de guerra lo describe Tito Livio:

“Dado que Numa había reglamentado las prácticas religiosas de la paz, también quiso instituir las de la guerra; hacer: la, guerra no bastaba, era necesario declararla ritualmente: De modo que, de la antigua nación de los equícolas, se apropió de la regla que todavía siguen los feriales para presentar una reclamación. Al llegar a la frontera del país al que se dirige una reclamación, el enviado se cubre la cabeza con el filum (un velo de lana) y dice: «Escucha, Júpiter; escuchad fronteras de tal o tal pueblo (aquí menciona el nombre del pueblo), y que el Derecho Sagrado me escuche también. Soy el representante oficial' del pueblo romano; vengo encargado de una misión justa y santa; que se' tenga confianza en mis palabras. Entonces expone sus demandas. Después toma a Júpiter por testigo: «Si falto a lo que es justo y santo al reclamar que sume devuelvan, a mí, esos hombres y esos objetos como propiedad del pueblo romano; no permitas que regrese jamás a mi patria. » Al franquear-la frontera repite la misma fórmula; se la repite al primer hombre con el que se encuentra; la repite al entrar en la ciudad; y la repite al penetrar en el foro, con alguna ligera modificación en la invocación y en la fórmula del juramento. Si no se le concede lo que reclama, declara la guerra con un plazo de treinta y tres días (la cifra consagrada) y con estos términos: «Escucha, Júpiter; y tú, Jano Quirino; todos vosotros, dioses del cielo, y  vosotros, dioses de la tierra, y vosotros, dioses de los infiernos, ¡escuchad! Os tomo por testigos de que tal o tal pueblo (lo nombra) es injusto y no paga lo que debe. A este respecto, deliberamos en nuestra patria con los ancianos sobre los medios para obtener lo que g nos debe.» Después informa a Roma para que se delibere: Enseguida el rey consultaba a los senadores aproximadamente en estos términos: «En relación a los objetos, conflictos y quejas de los que sé ha ocupado el pater patratus del pueblo romano de los quirites con el pater patratus del antiguo Lacio y de los antiguos latinos en persona, a propósito de lo que debían dar y pagar, y que no han dado ni pagado, dime (dirigiéndose a quien consultaba el primero) ¿cuál es tu opinión?». Entonces, éste decía: «Hacer una guerra justa y santa para obtener lo que se nos debe; esa es mi opinión y mi propuesta:» Después, por turno, consultaba a otros. Cuando la mayoría de la asamblea tenía esa opinión, su acuerdo decidía la guerra. Por lo general, el ferial, con una jabalina con punta de hierro, o de cornejo con la punta endurecida al fuego, se dirigía a la frontera enemiga; allí, en presencia de, al menos, tres hombres adultos, decía: «Dado que los pueblos de los antiguos latinos, o de ciudadanos antiguos latinos, han cometido acciones y faltas perjudiciales para el pueblo romano de los quirites; dado que el pueblo romano de los quirites ha decidido entrar en guerra contra los antiguos latinos, o que el Senado del pueblo romano de los quirites ha, propuesto, votado y decretado que se haga la guerra a los antiguos latinos; por esos motivos, yo, así como el pueblo romano, declaro la guerra a los' pueblos de los antiguos latinos o á los ciudadanos antiguos latinos, y lo hago.» Con esas palabras, lanzaba la jabalina a su territorio.” (Garlan, 2003:33)

Tras el dardo fecial entraban las legiones romanas.

Flamines

Sacerdotes públicos, quince en total y cada uno de ellos dedicado al servicio de una divinidad, de lo cual dependía su nombre. Los principales eran los dedicados a Júpiter y Marte, los Flamines Maiores.

 

El ritmo sacro de la guerra

La guerra era una actividad que implicaba a todos los varones actos para el servicio militar, era el principal deber y honor del ciudadano romano. El ciclo guerrero se iniciaba en marzo y concluía en octubre. En estos dos meses se concentraba la mayor parte de las ceremonias religiosas para proteger el ejército, purificarlo y propiciarse la ayuda divina.

Marzo era el mes consagrado a Marte con toda una serie de fiestas y de ceremonias de lustración colectivas que consistían en ritos de purificación sacramental o simbólica para limpiar las impurezas del hombre y que buscaban preventivamente la voluntad y el favor de los dioses, así como despertar la conciencia cívica de la sociedad, sobre todo la de los varones, con vistas a la campaña bélica que se iniciaba. En las calendas (día uno) de marzo se celebraba la ancestral ceremonia de sacralización guerrera realizada en el Campo de Marte. Los salios iban en procesión saltando, danzando y cantando letanías para despertar las fuerzas sobrenaturales y el espíritu guerrero de la ciudad. Estos jóvenes sacerdotes-guerreros esgrimían también sus espadas y golpeaban los ancilia o escudos sagrados. La procesión terminaba en un banquete ritual. El 27 de febrero y el catorce de marzo en el Campo de Marte se celebraban las llamadas esquirria, carreras para la purificación de los caballos. El 19 de marzo se procedía al armilustrum, la purificación de las armas y demás instrumentos de guerra por medio de sacrificios en el Aventino, colina situada fuera del Pomerium. Finalmente el 29 de marzo se festejaba el tubilustrium o la purificación de las trompetas de guerra.

Un ejército o una flota no se exponía a combatir sin haber ofrecido los sacrificios y lustraciones oportunas. Preparadas ya para salir a campaña se sometían a un nuevo rito de lustración, quinquatrus, mientras que el general incitaba a dioses y hombres sacudiendo la lanza que simbolizaba a Marte y los Escudos Sagrados. Paralelamente se abrían las dos puertas del templo de Jano, dios de las puertas y las entradas así como de los principios de toda actividad. Siguiendo la tradición del rey latino Numa las puertas abiertas o cerradas significaban respectivamente que había guerra o paz. Algunos autores interpretan que se abrían las puertas para que el poder mágico del dios librara al ejército de las trampas de las gargantas y desfiladeros. Cuando un general partía para la guerra tomaba los auspicios para llenarse de numen, una fuerza de origen sobrenatural considerada divina. El sacrificio aumentaba el numen de los dioses protectores y en el análisis de las entrañas de los animales sacrificados se leían los signos de que los dioses se mostraban propicios. Además, durante la campaña, siempre estaban pendientes de presagios que dejaran ver su voluntad, y en circunstancias especiales, si faltaban los presagios, se les preguntaba directamente mediante sacrificios o consultando auspicios que predecían la ira de los dioses y aconsejaban sobre qué hacer para protegerse de esa ira. El general dotado con el Imperium, estaba capacitado para hacerlo, aunque lo normal es que lo hicieran los augures.

La estación bélica finalizaba hacia el mes de octubre. Cuando las tropas regresaban para invernar era obligatorio someterse a un nuevo proceso de purificación y sacrificios con el objetivo de salvaguardar y proteger la potencia bélica de la ciudad, así como preservarla hasta la próxima campaña. Las fiestas bélicas del mes de octubre eran el October Equus en la que se sacrificaba a Marte el caballo situado a la derecha del carro vencedor en la carrera celebrada en el Campo de Marte. Y el armilustrium en la que se realizaban sacrificios con la finalidad de limpiar las armas de impurezas para evitar que éstas manchadas de sangre de los enemigos contaminaran la ciudad. Finalmente los salios plantaban los escudos dando fin a la estación de las acciones guerreras y se cerraban las puertas de Jano.

En momentos de máximo peligro los generales podían proceder a ritos como la evocatio o la devotio, en los que el factor magia era muy poderoso. Ni por el objeto ni por sus formas pueden distinguirse los ritos mágicos de las ceremonias religiosas, pero jurídicamente la magia en Roma era ilícita, aunque la magia desbordaba la legislación y no faltaron emperadores que consultaron a magos.

Evocatio

“El romano estaba convencido de que todas las ciudades vivían bajo la tutela de algún dios, y por eso, cuando al final de un asedio se disponía a dar el asalto definitivo, se dirigía a los dioses tutelares de la plaza enemiga invitándolos a que la abandonaran y favorecieran en cambio al pueblo romano que les rendiría los mismos honores y aún mayores” (Guillem, 1994:145)

Seguidamente se ofrecía un sacrificio y se examinaban las vísceras para ver si la evocatio había sido aceptada para proceder al asalto definitivo de la ciudad. Entre los ejemplos de evocatio destacamos el que Mario realizó en el asedio de Veyes invitando a Juno Regina; el de Escipión en el asedio de Cartago a la diosa fenicia Astarte que en Roma se identificó con Juno; o la de Castor y Pólux, divinidades  veneradas en Túsculo, ciudad latina enemiga de Roma.

Devotio

“… acto por el que una persona, a la vista de gravísimos peligros que amenazaban a la ciudad, se ofrecían como victima propiciatoria a los dioses, que debían descargar sobre él todas sus iras y venganzas, y mostrarse en cambio propicios con la ciudad o el Estado. Inmediatamente después de expresada la fórmula de la devotio, él públicamente se lanzaba al peligro, en el que estaba seguro de perder la vida, pero también de que su inmolación sería la causa de la ruina de los enemigos de la patria.” (Guillem, 1994:128)

Los Decios, padre, hijo y nieto se sacrificaron en sus respectivos consulados para lograr la victoria de las armas romanas.

 

La religion romana: una religión política e imperialista

La religión romana apuntó tempranamente hacia la vida real del derecho y del estado, los primeros abogados fueron los sacerdotes, la vida política en Roma no puede separarse de la religiosa ya que las mismas personas que presiden la religión gobiernan el Estado. La mitología romana fue una recreación del hombre, su carácter era nacional e histórico. Roma pretendió reconstruir sus propios orígenes, su fundación y sus progresos en relatos míticos que al tiempo que distraían a los hijos de la loba les conferían también autoestima y una gran confianza en sus destinos. La mitología se ordenará a una religión ciudadana y de la política con lo cual la Historia misma tendió a convertirse en mito, el mito de la misión política poetizada por Virgilio y Horacio.

Cuando Rómulo estaba trazando el surco del pomerium de la naciente Roma invoca a los dioses protectores de la ciudad:

“Júpiter, padre Marte, y Vesta, madre mía, acompañadme, y dioses todos a los que yo deba invocar, asistidme propicios en esta obra que emprendo. Que esta ciudad viva siglos enteros como señora del mundo, y que su imperio se extienda desde donde  el Sol aparece hasta donde se oculta” (Guillem, 1994:263)

El poder público se sustentaba sobre una ideología y una mística que lo fortalecían y lo legitimaban. El mito y la leyenda se asociaban a la esfera pública revistiéndola de un aura de misterio mágica y divina que la convertía en inviolable  a los ojos del pueblo. Algunos dignatarios, como Escipion el Africano, Sila, Pompeyo, Julio Cesar o Augusto, por su actuación hacia la colectividad fueron investidos con una misión divina y superaron el carácter de humanos. El culto o divinización imperial constituía   la mejor manera de lograr la cohesión social y política del Imperio.

Al ciudadano romano lo único que le importaba era la marcha de la ciudad, concibiéndolo todo a través del prisma de la grandeza de Roma y de su noble misión de regir al mundo, lo cual obtenía gracias a su pietas  y su reverencia para con los dioses patrios.

La religión romana se caracteriza por la búsqueda de eficacia, por su pragmatismo y sobre todo por la sacralización de la comunidad orgánica: familia, gens, patria. El vínculo religioso, tanto público como privado, unía a la ciudad, no existía el concepto de individuo sino de ciudadano romano. El fuerte sentimiento religioso favorecía tanto la entrega al Estado como la famosa disciplina romana y la fidelidad a los compromisos, la fides debida sobre todo al emperador por parte del ejército.

El culto que se rendía a Júpiter era predominantemente político, personificación divina de la idea de estado. Júpiter, dios tutelar de la ciudad y del Imperio, estaba vinculado a la misión de poder y conquista de SPQR. Mientras que  Marte era el dios que había conducido a la formación del Imperio y otras divinidades, como Juno y Minerva, vigilaban especialmente para su salvación. Roma siempre acogía en su panteón a los dioses de los pueblos sometidos con la pretensión de que la buena acogida favorezca la coalición de los pueblos  bajo su égida.

La intimidad de la religión y la política se ve claramente en la labor de los augures que siempre buscaban la voluntad de los dioses para objetivos o propaganda del Estado y sobre todo en la consulta de los  Libros Sibilinos:

“Cicerón se queja de que se juegue con los libros sibilinos acomodando al gusto de cada cual sus vaticinios, de forma que se les haga decir lo que convenga a los poderosos, como sucedió con Cesar. L. Cota, uno de los quindecimviros; propaló la especie de que en la próxima reunión del senado L. Cota expondría que según los libros sibilinos era preciso que el senado diera a Cesar el título de rey, si quería vencer a los Partos” (Guillem, 1994: 344-345)

 

Epílogo

Los hombres crean a los dioses para dar una explicación a las preguntas para las que no tenían respuestas y la religión servía para explicar metafóricamente el origen del hombre y su organización social y política. Los hombres que se declaraban descendientes de los dioses conformaban la élite que detentaba el poder, entre ellos los sacerdotes que definían los preceptos y principios religiosos que los perpetuaba en el poder. La ignorancia, el miedo y la necesidad real de protección mantenían a la mayoría del pueblo bajo su yugo.

La religión se encuentra en toda sociedad humana y es uno de los aspectos más importantes de cualquier cultura ya que, interactúa de forma significativa en todos los ámbitos culturales, económicos, de la ley, de la política y de la ciencia; se manifiesta en el comportamiento humano en su sistema de valores en su moral y en su ética, sin olvidar que también ha conducido a rebeliones y guerras, temores, represión y sufrimientos, desorden y desintegración social. El mundo occidental ha experimentado, en los últimos dos siglos, un proceso de secularización que ha relegado, no sin resistencias, a la religión al ámbito privado, sin embargo el hombre moderno no está libre de creencias heredadas desde tiempos ancestrales y asumidas como propias. No hay momentos de peligro en el que no se invoque la protección de algún dios, aunque sea inconscientemente o por ese por si acaso que manda la superstición.

 

“No tengo consejos para vosotros, o al menos no tengo nada distinto a lo que ya dijeron en su día Epicuro, Séneca, Spinoza o Schopenhauer. Agradecedme que no os lo repita. Me permitiré, sin embargo, algunos modestos desengaños. No creáis que la vida que os ha tocado vivir es más difícil o el mundo más oscuro que en otras épocas. Tampoco creáis que es más fácil o más luminosa. No os engañéis: es la misma vida humana de siempre, atroz, hechicera, esmaltada de sabiduría y manchada de supersticiones. No perdáis el tiempo riéndoos de las supersticiones del pasado: identificad y pelead contra las de vuestro presente. No os entretengáis tampoco añorando la sabiduría que otros tuvieron, porque en lo esencial aún está a vuestro alcance y porque sólo vosotros -en vuestro día a día- podréis hacerla realmente sabia. A la vida que vivís no le falta nada, pero tampoco tiene nada nuevo realmente importante que antes no hubiera. Estáis donde el hombre siempre ha estado y respondéis al mismo desafío que nosotros o nuestros tatarabuelos: os enfrentáis a la extrañeza fatal del aquí y ahora. Cambia el decorado, el atrezo y la puesta en escena, pero el viejo drama continúa.” (Fernando Savater, El País semanal, 12-9-99, p. 8)

 

Juana SÁEZ JUÁREZ

Volver a Página de Historia

 

Bibliografía:

eliade, m. 1999: Historia de las creencias y de las ideas religiosas. Tomo ii. Editorial Paidós Ibérica S.A. Barcelona

garland, Yvon 2003: La guerra en la antigüedad. Alderabán Ediciones

guillem, josé 1994: Urbs Roma Vida y costumbres de los romanos iii. Religión y ejército. Ediciones Sígueme, Salamanca

Harmand, Jacques 1976: La guerra antigua. De Sumer a Roma. EDAF, Madrid



[1] Libros de las Profecías que según la leyenda obtuvo Tarquinio de la Sibila  de Cumas en el s. VI a. C.