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No puedo comprender lo que me atraía tanto de ella. [...]
Estoy seguro que no me amaba. No había razón para desearla en esa forma descomedida y brutal que me sumía en la desesperación y el ridículo. Pero no podía evitarlo. Sus gestos menudos, su tenue olor a ropa limpia y jabón, la luz de sus ojos, la grava de su nuca delgada coronada por sus rizos rebeldes, todo en ella me gustaba. Su fragilidad me producía una ternura insoportable. Quería protegerla, abrazarla, hacerla reir [...]
La casa de los espiritus
Isabel Allende
Me acerqué y me senté encima de él, encajando mis piernas entre su cuerpo y los brazos del sillón. Antes, instintivamente, nunca he llegado a saber por qué, ni tampoco importa, me levanté hacia atrás la falda, que quedó colgando sobre sus rodillas, mientras la parte posterior de mis muslos rozaba directamente la tela de sus pantalones.
Aquel gesto le sorprendió mucho.
- ¿Dónde has aprendido eso? - su cara reflejaba nuevamente una especie de asombro complacido.
- ¿El qué? - no entendía, no era consciente de haber hecho nada en especial
- A levantarte la falda antes de sentarte en las rodillas de un tío. No es un gesto natural.
Las edades de Lulú
Almudena Grandes
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