No puedo comprender lo que me atraía tanto de ella. [...]
Estoy seguro que no me amaba. No había razón para desearla en esa forma descomedida y brutal que me sumía en la desesperación y el ridículo. Pero no podía evitarlo. Sus gestos menudos, su tenue olor a ropa limpia y jabón, la luz de sus ojos, la grava de su nuca delgada coronada por sus rizos rebeldes, todo en ella me gustaba. Su fragilidad me producía una ternura insoportable. Quería protegerla, abrazarla, hacerla reir [...]


La casa de los espiritus
Isabel Allende


  Me acerqué y me senté encima de él, encajando mis piernas entre su cuerpo y los brazos del sillón. Antes, instintivamente, nunca he llegado a saber por qué, ni tampoco importa, me levanté hacia atrás la falda, que quedó colgando sobre sus rodillas, mientras la parte posterior de mis muslos rozaba directamente la tela de sus pantalones.
  Aquel gesto le sorprendió mucho.
- ¿Dónde has aprendido eso? - su cara reflejaba nuevamente una especie de asombro complacido.
- ¿El qué? - no entendía, no era consciente de haber hecho nada en especial
- A levantarte la falda antes de sentarte en las rodillas de un tío. No es un gesto natural.

Las edades de Lulú
Almudena Grandes

  En el muerto silencio de la casa sólo el viejo partisano vela.

  De pronto su oído alerta percibe los pasitos menudos. Se sienta en la cama. Sorpresa: no se alejan hacia el dormitorio de los padres. El viejo saca las piernas de las sábanas y coge sus zapatillas con manos estremecidas: «¡Bravo, Brunettino; el mío es tu camino!» Se calza, se echa encima la manta y aguarda.

  Aunque ya esperada, la aparición le conmociona. No es un niño en su pelele blanco, sino un luminoso angelito abriendo los brazos como alas en la noche. El viejo se deja caer de rodillas y el niño se entrega a los nervudos brazos, que estrechan el cuerpecito tibio y dulcemente oloroso.

La sonrisa etrusca
Jose Luis Sampedro

franmar@alumni.uv.es