Subject : # 14231 Traducció de Textos Literaris Anglesos Gr.A
Student´s name : Harsulescu, Gabriela
Abstract : My translation into Spanish of a fragment of the first
chapter of James Joyce’s “Ulysses”.
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for the original text.
El
rechoncho de Buck Mulligan apareció majestuoso en lo alto de la
escalera,
llevando un cuenco de espuma de afeitar sobre el que estaban apoyados un
espejo
y una cuchilla. Una bata amarilla, sin atar, ondeaba a sus espaldas,
movida por
la suave brisa matinal. Sujetando el cuenco en el aire,
entonó:
--Introibo ad altare Dei.
Sin
moverse,
miró hacia abajo por la oscura escalera de caracol y gritó con voz
ronca:
--¡Sube, Kinch! ¡Sube aquí, cobarde
jesuita!
Avanzó
con solemnidad y se subió a la cureña. Giró su cara a un lado y a otro y
bendijo con gravedad tres veces la torre, la tierra de su alrededor y
las
montañas en su despertar. Entonces, viendo llegar a Stephen Dedalus, se
inclinó
hacia él haciendo febriles cruces en el aire, carraspeando y sacudiendo
la cabeza.
Stephen Dedalus, de mala gana y con sueño, apoyó los brazos en la
barandilla de
la escalera y miró gélido el tembloroso rostro equino gorgoteante que
le
bendecía y su pelo escaso sin tonsurar, veteado de color pálido
roble.
Buck
Mulligan
echó una mirada furtiva debajo del espejo y enseguida volvió a tapar el
cuenco
hábilmente.
--
¡A los
barracones! Dijo con contundencia.
Después
añadió en tono de prédica:
--
¡Oh!, mis bien amados, este es el
cuerpo de
Cristina: cuerpo y alma, sangre y heridas. ¡Música lenta! , maestro.
!Cierren los
ojos¡
señores. ¡Un momentito!. Tengo un pequeño problema con esos corpúsculos
blancos. ¡Silencio!
Miró de
soslayo y
llamó con un silbido largo y lento, después paró embelesado. Sus
igualados
dientes blancos brillaban aquí y allá con tintes de oro. Crisóstomo. Dos
silbidos fuertes y agudos cortaron la calma en
respuesta.
--Gracias,
fiel
amigo – contestó vivamente. Eso será suficiente. Apaga la corriente
¿quieres?
Bajó de la cureña de un salto y miró
con gravedad a su espectador, juntando los amplios pliegues de su bata
alrededor de las piernas. La cara redonda y sombreada y el áspero oval
de
la papada recordaban a un prelado, patrón de las artes en la Edad
Media. Una
sonrisa agradable nació silenciosa en sus
labios.
--Parece
de broma
- dijo alegremente - tu absurdo nombre. ¡Un griego de la
antigüedad!
Le
señaló amistosamente con el dedo y se dirigió al murete riéndose solo.
Stephen
Dedalus subió, le siguió cansado medio camino y se sentó en el borde de
la
cureña, observándole quieto cómo apoyaba el espejo en el murete, mojaba
la
brocha en el cuenco y se cubría de espuma mejillas y
cuello.
La
voz alegre de Buck Mulligan siguió:
-- Mi
nombre
también es absurdo: Malachi Mulligan, dos dáctilos. Pero suena helénico
¿verdad? Saltarín y juguetón como el ciervo mismo. Tenemos que ir a
Atenas.
¿Vendrás si consigo que mi tía suelte 20 libras?
Dejó la
brocha a
un lado y riéndose a gusto
gritó:
--
¿Vendrá? ¿El
insípido jesuita?
Parando
se dispuso a afeitarse con cuidado.
--¡Dime, Mulligan! – dijo Stephen
pausadamente.
--¡Sí, mi
amor!
--¿Cuánto
tiempo
permanecerá Haines aquí en la torre?
Buck
Mulligan mostró una afeitada mejilla por encima del hombro
derecho.
--Dios,
¡qué espanto! ¿no? – dijo con
franqueza. Un
sajón de los grandes. No te considera un caballero. ¡Dios!, estos
jodidos
ingleses. A reventar de dinero e indigestión. Porque es de Oxford.
Sabes,
Dedalus, tú tienes el verdadero porte de Oxford. Él no te comprende.
!Ah¡, mi nombre para tí es la leche:
Kinch, hoja
de cuchillo.
Se
afeitó con cuidado la barbilla.
--Estuvo
delirando toda la noche con una pantera negra – dijo Stephen. ¿Dónde
está su
arma?
--¡Un
pobre
lunático! - dijo Mulligan. ¿Te measte encima?
-- Pues sí
– dijo
Stephen enérgicamente y cada vez más asustado - . Aquí en la oscuridad
con un
hombre que no conozco delirando y lamentándose de dispararle a una
pantera
negra. Tú salvaste a hombres de morir ahogados. Yo en cambio no soy
ningún
héroe. Si sigue aquí, yo me largo.
Buck
Mulligan frunció el ceño mirando a la espuma de su cuchilla de afeitar.
Bajó de
un salto de su pedestal y se puso a buscar en los bolsillos de su
pantalón con
prisa.
--¡Joder!
– gritó
con voz ronca.
Se
acercó a la cureña y clavando su mano en el bolsillo de arriba de
Stephen,
dijo:
--¿Nos
dejas
prestado tu moquero para limpiar mi cuchilla?
Stephen
le consintió sacar y sujetar en el aire, cogido de una esquina, un
sucio y
arrugado pañuelo. Buck Muligan limpió la cuchilla con esmero. Después,
mirando
fijamente el pañuelo, dijo:
--¡El
moquero del
bardo! Un nuevo tinte artístico para nuestros poetas irlandeses: verde
moco.
Casi se puede paladear ¿verdad?
Se
subió al murete de nuevo y contempló la bahía de Dublín, su pelo claro,
color
pálido roble, moviéndose ligeramente.
-- !Dios¡ – dijo en voz baja – ¿no es el mar lo que Algy llama: una gran dulce madre? La mar verde moco. La acojonante mar. “Epi oinopa ponton.” !Ah¡, Dedalus, los griegos... Tengo que enseñarte. Debes leerlos en original. “Thalatta! Thalatta!” Ella es nuestra gran dulce madre. Ven y mira.
Academic
year 2007/2008
© a.r.e.a./Dr.Vicente Forés López
© Gabriela Harsulescu
gahar@alumni.uv.es
Universitat de València Press