Artículos sobre Thomas De Quincey
El hombre al que le ardía la cabeza

EDUARDO CHAMORRO

No es el escritor al que los profesores de literatura pondrían como ejemplo. Sobre todo porque los profesores suelen pensar que los escritores son gente distinta a la que este hombre fue, y la literatura algo diferente al arte practicado por Thomas De Quincey (1785, Manchester-1859, Edimburgo). Habría que inventar una disciplina académica cercana a la disipación, al candor y a la inopia para que este escritor fuera ejemplo de algo.

Con la disipación no me refiero a nada mental, sino a la de su fortuna. Tenía 20 años cuando entró en la posesión de una herencia de 2.000 libras esterlinas que se fundió en 10 años. Como salía a 200 libras por año, y le prestó a Coleridge 300 que jamás recuperó, hay que entender que no tenía inconveniente en prestar a sus amigos año y medio de su vida financiera.

A partir de ahí, anduvo a salto de mata, acosado por los acreedores en una época infame en la que las deudas podían ponerle a uno de patitas en la cárcel. En cierta ocasión dio con él uno de sus acreedores más patibularios, y ya estaba a punto de lograr que los alguaciles lo encarrilaran a la mazmorra, cuando apareció un director de la Enciclopedia Británica que allí mismo le encargó unos artículos con cuyo adelanto pudo solventar el lío de sus deudas.

En cuanto a la inopia, basta con atender a lo que cuenta una de sus hijas: «No era un hombre con quien pudiesen vivir tranquilamente las personas nerviosas, ya que la noche en que no le prendía fuego a algo era la excepción. Lo más frecuente era que una de nosotras le dijese, como quien no quiere la cosa: "Papá, se te está quemando el pelo", a lo que él contestaba, sin perder la calma, "¿De veras, mi amor?", mientras que se apagaba con la mano la hoguera».

Hombres así son excepcionales, sea lo que sea con lo que se ganen la vida. Este logró ganársela con la literatura, y lo hizo bastante bien. Desperdigó en varias revistas una obra que, recopilada, alcanza los 19 volúmenes, siempre en busca de una temática romántica, alejándose de lo que denominaba «novelerías» y sin abandonar del todo ciertos refinamientos en el relato de las truculencias características de las historias criminales que nunca dejaron de interesarle.

La rebelión de los tártaros es un ejemplo excelente de los asuntos que le encantaba abordar. Para De Quincey la imaginación era muy útil en el sostenimiento y desarrollo de la narración, pero poco aconsejable en su arranque y planteamiento. Fiel a ese principio, todos los elementos de este relato son verídicos, y lo único que cabe poner en duda es que los hechos sucedieran tal y como los relata el autor, con la misma trepidación romántica, con el mismo carácter suntuoso de su desolación, con la magnificencia dramática de sus memorables escenas.


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