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1.3. La delimitación de lo rural:

 

   Hasta mediados del siglo XX en la interpretación de lo rural y lo urbano predominó un enfoque dicotómico, ambos eran contrapuestos, a modo de antónimo. Así se caía en definiciones circulares: el espacio rural era el no urbano y viceversa, entre uno y otro había una delimitación clara, una ruptura nítida; piénsese que las murallas medievales de muchas ciudades europeas no se derribaron hasta bien entrado el siglo XIX. Marx establecía la ruptura basándose en la división del trabajo, el material (físico) en el campo y el espiritual (intelectual) en la ciudad, incluso apuntaba este hecho como causa de la primera diferenciación de las clases sociales. Otros autores han definido el antagonismo entre lo rural y lo urbano apoyándose en los géneros de vida que se dan sobre cada uno de estos espacios, como si de dos «civilizaciones» distintas se tratara.

 

   Tras la Segunda Guerra Mundial los procesos de urbanización y de industrialización primero y más tarde los fenómenos de descentralización de usos urbanos y de difusión de la información han afectado a los espacios rurales en sus dimensiones espacial, social, económica, cultural y, por supuesto, también ambiental. El conjunto de transformaciones ha sido un proceso en el que lo urbano como modo de vida y ocupación del espacio se generaliza.

 

En este orden de cosas la teoría del Continuum Rural-Urbano de los sociólogos Sorokin y Zimmerman intentó dar una explicación negando la existencia de una ruptura cualitativa apoyándose en la idea de un cambio gradual. Un modelo en el que entre los dos extremos, rural y urbano, lo que tenemos son, como dice Mendras en 1959, «... diferencias de intensidad más que contrastes». Moss, desde el Consejo de Europa, decía en 1980: «Los términos rural y urbano designan modos de utilización del territorio y se aplican tanto a la tierra como al hombre. Juntos constituyen lo que se considera hoy como un sistema continuo [rural-urbano] dentro del cual no hay una ruptura o distinción neta, habiendo diversos niveles de actividad social y económica, más altos en el extremo urbano y más bajos en el extremo rural. Hacia el urbano la actividad humana y la producción de manufacturas predominan y se intensifican, y hacia el rural son los procesos ecológicos y los recursos naturales los que lo hacen.» (Kayser, 1990: 16)

 

   Tampoco esta teoría ha escapado a la crítica por parte de otros autores, aunque lo han hecho desde distintas ópticas, a veces claramente enfrentadas:

 

·        Pahl, por ejemplo, de forma prematura, en 1968, rechazaba la simpleza del gradualismo en su aspecto social, pues para él ya no podía hablarse de una sociedad rural y otra urbana. Señalaba que «ligar los modelos de relaciones sociales con los medios geográficos resulta un ejercicio estéril». El estilo de vida de los individuos no tiene que ver con su localización, rural o urbana, sino con tres factores que por orden de importancia son:  la clase social a la que pertenecen, la edad o posición en el ciclo familiar y el grupo local o nacional  de los que forman parte. Lewis y Maund, en 1976 sintonizaban con Palh, pues a su entender, el proceso de urbanización es un fenómeno global que incluye a toda la sociedad, con independencia de la ubicación geográfica, y son los rasgos sociales y de estilo de vida los que caracterizan los lugares y no al revés. (Kayser, 1990: 16)

 

·        Chamboredon, en 1985, se movía entre dos aguas, ya que según él, las recientes mutaciones en los intercambios entre el mundo rural y el urbano, la creciente integración social y económica de ambos mundos, hacen pensar en lo que tiene de excesivo un planteamiento dicotómico, el cual sólo sirve para determinar los dos polos, rural y urbano, entre los que se manifiesta un continuo de situaciones. Sin embargo también decía que el mundo rural se ha convertido en una «escena social secundaria, complementaria de la urbana [dominio urbano], en la que uno de los rasgos de los individuos es la doble pertenencia», para terminar afirmando que por su función cultural y simbólica, enraizada en el territorio, la sociedad rural ha reforzado su identidad propia.

 

·        Una nueva corriente ruralista se reafirmaba en la existencia de un mundo rural con rasgos diferenciados respecto al mundo urbano. H. Mendras, partidario de la idea del continuo y de la sociedad única en 1959, se sorprende en 1988 cuando dice que «curiosamente la trashumancia semanal [o estacional] de las poblaciones urbanas [sobre el mundo rural] que habría debido contribuir a difuminar las diferencias, ha acarreado, al contrario, un fortalecimiento  de los contrastes.» (Kayser, 1990:17)

 

·        Camarero, ya en los noventa, piensa que el modelo del Continuum servía para los procesos de urbanización y de industrialización, pero no para los procesos actuales (difusión y descentralización) pues la base sobre la que se sustentaba este modelo ha cambiado, ya que el volumen demográfico ha dejado de ser determinante en la interacción o interdependencia entre las sociedades, y todo debido a una menor fricción de la distancia. Para él el espacio rural ya no es homogéneo, existen zonas en las que continúan los procesos del reciente pasado urbanizador y otras que se han desprendido de esas tendencias en relación con su calidad ambiental, paisajística y de esparcimiento, también residencial. Por ello, dice, estamos asistiendo a un renacer rural selectivo o lo que él mismo llama la fragmentación de lo rural. (Camarero, 1993)

 

Los cambios operados en las últimas décadas, y no sólo los que han afectado al mundo rural, han producido una variación en el marco hipotético sobre los espacios rurales. Actualmente los esfuerzos para delimitar la ruralidad como objeto de estudio no tienen mucho sentido, pues los mismos geógrafos rurales admiten que el medio rural ya no puede ser analizado como un universo cerrado, sino dentro de un sistema nacional o internacional. Como dice Bonnamour en 1993, la geografía rural debe ser parte de una geografía total que integre en su estudio todos los aspectos del espacio rural desde una óptica más global. Lo cual no quiere decir que no se aborden trabajos sobre el medio rural con un carácter más o menos exclusivo, pero situados la mayoría de las veces dentro del estudio de otros temas más generales. Hay espacios, como los periurbanos, cuya adscripción a una determinada rama de la disciplina geográfica es cuanto menos dudosa, y es impensable abordar su estudio sin analizar previamente lo que ocurre en el espacio urbano que los produce.

 

Los efectos de las transformaciones experimentadas por los espacios rurales han suscitado también un debate social y político en el que predominan las posiciones en defensa de lo rural como símbolo, como marco de vida o como reserva de naturaleza. De este modo, en los noventa, aparece una idea de la ruralidad, nacida de la reciente evolución de los espacios rurales y de la evolución ideológica de la sociedad global, con una referencia medioambiental que va más allá del nivel local y que se centra en la ordenación territorial y del uso y gestión de los recursos naturales, en la búsqueda de un desarrollo rural integrado y más sostenible, a modo de barrera entre sociedad y naturaleza, «en un momento en el que la actividad humana es capaz de explotar la totalidad de la esfera natural».(Jollivet, 1997b; 363)

 

Según Frouws (1997) todo esto supone una nueva concepción de lo rural, de inspiración urbana, que responde más a las necesidades y demandas de la ciudad que a las de la población rural (agraria) y que según Jollivet (1997b) reaviva el antagonismo ciudad-campo, en relación con la utilización del espacio. Así la agricultura industrial, productivista y comercial, en definitiva, intensiva, deja de estar considerada como una actividad rural. El espacio rural deviene un espacio disponible para la localización de usos, urbanos o no, en función de su calidad ambiental y de la reglamentación de uso preestablecida.

 

 

 

1.4. Variables y umbrales de la ruralidad. Indicadores:

 

   El espacio rural viene definido por un uso particular del espacio que se caracteriza básicamente por:

 

·       Una baja densidad demográfica y de edificaciones.

·       Una hegemonía espacial de las actividades primarias.

·       La relación peculiar e íntima con el entorno.

·       El arraigo de sus pobladores y su identificación con el paisaje.

 

   Si estos son los rasgos que lo diferencian del espacio urbano es obvio que los dos primeros son los más fácilmente mensurables y por tanto más objetivos. Los que nos van a permitir establecer comparaciones. Por supuesto que los otros dos también pueden trabajarse a través del trabajo de campo, con encuestas y entrevistas, aunque estaríamos más en el ámbito de lo subjetivo en relación con el investigador. En cualquier caso la heterogeneidad de los espacios rurales será un inconveniente a la hora de la generalización de los métodos empleados en las variables a considerar, en el establecimiento de umbrales y en los cálculos estadísticos a realizar.

 

   Entre los indicadores sencillos que más se utilizan tenemos:

 

·        La actividad primaria: Porcentaje de agricultores: Es una variable que pierde consistencia en relación directa con el descenso relativo de los activos agrarios en el mundo rural aunque en relación con el urbano las diferencias sigan siendo notables.

 

·        El uso económico del territorio: Referido a la intensidad de los usos por lo general más extensivos que en el espacio urbano. Pero también podemos encontrar obstáculos para establecer el grado de ocupación (umbral), ya que en la actualidad podemos encontrarnos con muchos espacios mixtos en zonas rurales, donde la coexistencia de usos extensivos e intensivos aportan mayor dificultad.

 

·        Tamaño demográfico de los asentamientos: Es el indicador más sencillo y utilizado, sobre todo  por las instituciones públicas. El problema es la disparidad de criterios para adoptar la cifra de población límite, así cada estado aplica umbrales diferentes aunque casi todos coinciden en los diez mil habitantes como el límite inferior urbano y los cinco mil como el límite superior rural. Entre los 5.000 y los 10.000 habitantes están las diferencias. Camarero piensa que este indicador debería combinarse con la distancia a los centros urbanos y que la heterogeneidad de los espacios rurales haría necesario el establecimiento de distintos umbrales demográficos. (Camarero, 1993)

 

·        Densidad demográfica: Aunque es muy utilizado y evidente como criterio diferenciador tropieza con los mismos problemas de generalización.

 

«La cuestión del establecimiento de los umbrales de la ruralidad escapa al rigor estadístico, si no científico. Se comprende así que los ruralistas no se acomplejen por “rastrillar largo” [manga ancha].» (Kayser, 1990:22)

 

También se emplean indicadores múltiples que miden el grado de cumplimiento de varios criterios a la vez, e indicadores complejos obtenidos con técnicas de análisis factorial teniendo en cuenta muchas variables.

 

Algunos autores han empleado indicadores basados en variables sociales como la renta familiar, el consumo, las prácticas sociales, culturales y religiosas, etc., pero más que remarcar las diferencias éstas tienden a desaparecer con respecto al mundo urbano, lo cual puede ser una prueba de que el modo o estilo de vida urbano se ha generalizado entre la población del campo y de que las disimilitudes que existan sean más evidentes entre las clases sociales. Quizá una de las diferencias más evidentes entre el mundo rural y el urbano tenga que ver con la evolución cualitativa y cuantitativa de la población, con la estructura por edades y por género,...  En el fondo están los recientes procesos que han afectado al mundo rural aunque hay que señalar que éstos no han tenido una incidencia homogénea dentro de él.

 

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